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LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2: LA NOVIA ACUSADA

El grito del policía todavía resonaba entre las columnas de mármol de la iglesia de San Rafael cuando Camila sintió que las piernas le fallaban.

—¿Qué está diciendo? —susurró, girándose hacia Sebastián, buscando en su rostro algo que la anclara a la realidad—. Sebastián, ¿qué está pasando?

Pero Sebastián no la miraba a ella. Miraba al oficial que avanzaba por el pasillo con la mano en el cinturón, y en sus ojos había algo que Camila tardaría años en identificar con precisión: no era sorpresa. Era el terror específico de alguien que ya sabía, de antemano, exactamente lo que estaba a punto de ocurrir.

—Mi padre... —murmuró Sebastián, y esa sola frase quedó suspendida, incompleta, porque en ese momento dos oficiales más entraron por las puertas laterales de la iglesia y el murmullo de doscientos cincuenta invitados se convirtió en un caos de preguntas superpuestas.

Doña Perla se abrió paso entre la gente con una serenidad que, vista después, a la luz de todo lo que Camila llegaría a descubrir, resultaba obscena.

—Oficial, esto es una boda —dijo, con la voz firme de quien está acostumbrada a que el mundo se ordene según sus instrucciones—. Sea lo que sea que necesite informar, puede esperar.

—Señora, lo lamento, pero no puede esperar. —El oficial al mando, un hombre de bigote gris y expresión cansada que se presentó como Inspector Molina, sacó una libreta del bolsillo interior de su chaqueta—. Ernesto Roig fue encontrado sin vida hace cuarenta minutos en su oficina privada, en el piso veintitrés del edificio Roig. Todo indica que fue un homicidio.

Un grito ahogado recorrió la iglesia. Alguien —Camila nunca supo quién, en medio de la conmoción no logró identificar la voz— empezó a llorar histéricamente cerca del segundo banco, probablemente algún familiar cercano de Ernesto. Sebastián se llevó las manos a la cabeza y se dejó caer sobre el primer escalón del altar, y por un instante, un instante que a Camila le pareció eterno, todo lo demás dejó de importar. Su prometido acababa de perder a su padre. Nada de lo que había sentido esa mañana —esas seis palabras en su teléfono, esa sombra de duda— tenía ya cabida frente a semejante tragedia.

Se acercó a él. Puso una mano en su hombro.

—Sebastián, lo siento tanto...

Fue entonces cuando el Inspector Molina se giró hacia ella. Y algo en su mirada cambió.

—¿Usted es Camila Duarte?

—Sí. —La pregunta la desconcertó—. Soy yo.

—Camila Duarte, necesito que me acompañe.

Las palabras cayeron sobre la iglesia como una piedra en un estanque congelado. Por un segundo nadie se movió. Ni siquiera Camila, que sintió que su cuerpo entero se había convertido en un bloque de hielo, incapaz de procesar lo que estaba escuchando.

—¿Yo? —logró articular finalmente—. ¿Por qué habría de acompañarlo?

—Tenemos evidencia que la vincula directamente con la escena del crimen.

—Eso es absurdo. —La voz de Camila salió más aguda de lo que hubiera querido—. Yo he estado aquí toda la mañana. Con mi madre, con la modista, con doscientas personas que pueden confirmarlo. No he salido de esta iglesia ni del hotel en ningún momento.

—Señorita Duarte, encontramos su teléfono en la escena del crimen.

Camila sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—Eso es imposible. Mi teléfono está aquí. —Buscó en el pequeño bolso de mano que llevaba sujeto a la muñeca, el mismo que había cargado toda la mañana, el mismo desde el cual había leído, catorce veces, un mensaje que ahora le parecía provenir de otra vida—. Miren, aquí está...

Pero cuando abrió el bolso, el teléfono no estaba.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. Más denso. Más definitivo. Camila revisó el bolso una segunda vez, una tercera, con las manos temblando tanto que las perlas cosidas al puño de su vestido se enredaban entre sus dedos, y en algún lugar de su mente, muy al fondo, muy lejos de donde quería mirar, empezó a formarse una pregunta que no se atrevía a completar: ¿quién había tenido acceso a su bolso esa mañana?

—Además —continuó el Inspector Molina, con la calma profesional de quien ha dado cientos de noticias como esta y ha aprendido a blindarse de ellas—, encontramos en la escena una nota manuscrita, firmada con sus iniciales, en la que se hacía referencia a un desacuerdo financiero entre usted y el señor Roig respecto a los términos de la fusión empresarial.

—Yo nunca he escrito una nota así. Nunca he tenido ningún desacuerdo con Ernesto. Él era como un segundo padre para mí.

—Eso lo determinará la investigación, señorita.

—¡Esto es un error! —La voz de Camila se quebró, y por primera vez desde que había bajado del auto blanco decorado con azahar, sintió que el pánico le subía por la garganta como agua hirviendo—. ¡Alguien está mintiendo! ¡Alguien plantó eso ahí!

Buscó a su madre entre la multitud, esperando encontrar en su rostro la misma indignación, la misma furia protectora que Doña Perla desplegaba cada vez que alguien amenazaba a su familia. Pero lo que encontró la dejó más helada que las palabras del inspector.

Su madre no decía nada.

No corría a defenderla, no exigía explicaciones, no llamaba a gritos al abogado de la familia como Camila hubiera esperado en cualquier otra circunstancia. Doña Perla Duarte se quedó absolutamente quieta, con las manos entrelazadas frente a ella, mirando la escena con una expresión que Camila, en su desesperación, interpretó como shock.

Solo mucho después, en la soledad de una celda que olía a desinfectante barato, Camila entendería que no era shock. Era cálculo.

—Gabriel —dijo Camila, girándose hacia el único rostro en toda la iglesia que parecía tan confundido y horrorizado como ella misma—. Gabriel, diles que esto es absurdo. Diles que yo no...

Gabriel Salazar dio un paso al frente, la mandíbula tensa, los puños cerrados a los costados de su cuerpo.

—Inspector, con todo respeto, esto necesita hacerse conforme a derecho. La señorita Duarte tiene derecho a un abogado, a...

—Por supuesto —cortó Molina, sin alterarse—. Y lo tendrá, en la comisaría. Pero ahora mismo, necesito que me acompañe.

Dos oficiales se acercaron a Camila, uno a cada lado, y ella sintió las manos frías de uno de ellos cerrarse alrededor de su muñeca, todavía envuelta en encaje de novia, todavía con el anillo que Sebastián le había puesto apenas unos minutos antes de que el mundo entero se derrumbara.

—Sebastián —suplicó, girándose hacia él por última vez—. Diles que esto no tiene sentido. Diles que estuve contigo toda la mañana.

Sebastián Roig, todavía sentado en el escalón del altar, con el rostro hundido entre las manos, no levantó la mirada.

Y ese silencio —ese silencio de su prometido, el hombre que le había jurado hacía apenas minutos amarla el resto de su vida— fue lo último que Camila sintió antes de que las esposas se cerraran alrededor de sus muñecas frente a doscientos cincuenta invitados, frente a las cámaras que ya empezaban a disparar flashes sin parar, frente a una madre que no decía una sola palabra.

Nadie en esa iglesia sabía todavía que la verdadera historia —la historia que explicaba por qué su teléfono había desaparecido, por qué existía una nota que ella jamás había escrito, por qué Ernesto Roig había muerto justo esa mañana— apenas empezaba a escribirse.

Y que la mujer que salía escoltada por la puerta principal de la iglesia de San Rafael, todavía vestida de novia, con las manos esposadas a la espalda, regresaría un día. Distinta. Irreconocible. Y ninguno de los que hoy le daban la espalda estaría preparado para lo que traería consigo.

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Cecilia Hoyos Serna
excelente narrativa , da al lector el poder de ir encajando los sucesos y acomodando la trama perfectamente.
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