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Renací y me casé con el bombero que me salvó

Renací y me casé con el bombero que me salvó

Status: Terminada
Genre:Reencarnación(época moderna) / Multi-reencarnación / Mujer despreciada / Venganza / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16 — La tesis robada

El campus de la Universidad de Puerto del Sol huele a pasto recién cortado y a café de máquina expendedora. Los estudiantes cruzan los jardines con mochilas sobrecargadas y audífonos puestos, ajenos a todo lo que no sea la siguiente clase o el siguiente examen. Los árboles del paseo central están en plena floración y las jacarandas pintan el suelo de púrpura.

Camino por los pasillos de la Facultad de Farmacia como si nunca me hubiera ido. Mis pies recuerdan cada baldosa, cada escalón desnivelado, cada puerta que rechina. Este lugar fue mi hogar durante siete años de estudio ininterrumpido. Aquí aprendí a leer cromatografías, a diseñar protocolos de ensayo clínico, a calcular la biodisponibilidad de un compuesto a partir de su estructura molecular. Aquí descubrí que mi mente podía hacer cosas que otros solo soñaban.

Y aquí, en mi vida anterior, me lo robaron todo. Mi trabajo. Mi nombre. Mi futuro.

Envié un mensaje al doctor Ricardo Navarro hace dos días. Mi antiguo mentor, el director del programa de investigación farmacéutica, el hombre que creyó en mí cuando los demás me veían solo como la hija adoptiva de los Solares. No respondió al mensaje, pero su asistente me confirmó que hoy estaría en su oficina a partir de las diez.

También contacté a Daniel Torres, mi compañero de investigación durante la maestría. Un tipo serio, con lentes de montura gruesa y una obsesión por los datos que solo los investigadores entienden. Daniel me respondió en menos de cinco minutos con un texto que decía exactamente cuatro palabras: «¿Cuándo te veo, compañera?»

Estoy caminando hacia el edificio principal cuando lo veo.

Diego.

Está de pie junto a la entrada de Farmacia, con su traje a medida y sus gemelos de plata, sosteniéndole la puerta a Camila, que baja de un auto negro con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa de suficiencia que le ilumina el rostro con una luz artificial.

Diego le toca la espalda baja con la palma abierta. Un gesto de posesión que él debe creer discreto y que es tan obvio como un letrero luminoso. Camila lo mira con esos ojos grandes que sabe usar como arma de distracción masiva. Le dice algo al oído. Él sonríe con esa sonrisa practicada que nunca le llega a los ojos.

Me ven.

Diego recompone la expresión de inmediato. Su espalda se endereza. Su mandíbula se tensa. Camila se pega a su brazo y levanta la barbilla.

—Valentina —dice Diego, con ese tono grandilocuente que reserva para los momentos en que necesita controlar una situación—. ¿Qué haces aquí?

—Estudio aquí. ¿Recuerdas?

—Creí que habías dejado la universidad.

—Creíste mal. Es un patrón tuyo.

Camila interviene con su voz de terciopelo empapado en almíbar.

—Qué sorpresa verte, Valen. ¿Vienes a retomar tus clases? Si necesitas ayuda con algo, sabes que puedes contar conmigo.

La miro. Dejo que el silencio se estire hasta que se vuelva incómodo. Tres segundos. Cinco. Ocho. Camila parpadea.

—Camila, dime una cosa. ¿Diego sabe lo que haces cuando él no está? ¿O solo le cuentas la mitad?

El rostro de Camila se endurece una fracción de segundo. Luego la máscara regresa, tan rápida que alguien que no la conociera bien podría haberlo perdido. Pero yo la conozco. La conozco mejor de lo que ella se conoce a sí misma.

—No sé de qué hablas, Valen. No me malinterpretes.

Diego frunce el ceño. Me mira a mí, luego a Camila, con esa expresión de hombre que intuye que algo se le escapa pero cuyo orgullo le impide preguntar qué.

—Valentina, no empieces con tus provocaciones.

—Diego —lo interrumpo con voz tranquila, casi clínica—. Tú y yo necesitamos hablar. A solas. Ahora.

—No tengo nada que hablar contigo. Esto no ha terminado, Valentina, pero no es el lugar...

—Es sobre la gestación subrogada.

El efecto es inmediato. Diego se queda inmóvil. Su mano cae del brazo de Camila como si alguien le hubiera cortado los tendones. El color le abandona la cara en una ola descendente que le va del cuello a las mejillas.

—¿Qué dijiste?

—El plan que Camila y mis hermanos tenían para mí. Someterme a una gestación subrogada sin mi consentimiento. Que yo llevara un embarazo para darles un heredero que no fuera mío. ¿No te lo contaron? Pensé que estabas al tanto de todo.

Diego me mira como si le hubiera hablado en un idioma que no conoce. Su boca se abre. Se cierra. Se abre otra vez. Puedo ver los engranajes girando detrás de sus ojos.

—Eso es... eso es ridículo. Camila jamás sería capaz de...

—Pregúntale a ella.

Camila palidece. Sus labios se mueven sin emitir sonido. Sus ojos van de mí a Diego y de Diego a mí, buscando una salida que no existe.

—Valen, yo jamás... eso es una mentira completa, yo solo quiero lo mejor para la familia...

—Correcto —digo—. Pregúntale a Rodrigo, entonces. Aunque me imagino que estos días está un poco ocupado con sus problemas legales. Y reputacionales. Y hospitalarios.

Diego me mira fijamente. Veo la duda abrirse paso en su expresión como una grieta que se propaga por un dique de concreto. Sabe que algo no encaja. Sabe que las piezas que yo le estoy mostrando completan un rompecabezas que él preferiría no ver.

Pero es cobarde. Siempre lo fue. Y la cobardía siempre gana contra la verdad.

—Valentina, escúchame...

—No he terminado.

Me doy la vuelta y camino hacia el edificio. Subo las escaleras hasta el segundo piso. La oficina del doctor Navarro está al fondo del pasillo, con la puerta abierta y la luz encendida. Diego y Camila me siguen, él con pasos rígidos y ella con esa forma de caminar que tiene cuando sabe que está entrando en territorio peligroso: rápida, con la cabeza baja.

La oficina está llena. Camila tiene aquí su reunión semanal con el grupo de investigación que adoptó en mi ausencia, rodeada de media docena de estudiantes que la miran con admiración. Los mismos que, en mi vida anterior, le atribuían méritos que eran míos y la citaban en sus tesis como si ella hubiera escrito cada palabra.

Seis pares de ojos levantan la vista cuando entro.

Camila entra detrás de mí, recompuesta con esa velocidad que tienen las mentirosas expertas, sosteniendo su carpeta contra el pecho como un escudo.

Diego se queda en el umbral, con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada.

Camino hasta el centro de la oficina. Me planto frente al escritorio del doctor Navarro, que está vacío. Miro a los presentes uno por uno. Espero a que el silencio sea total.

—Tengo algo que decir —anuncio con voz clara, proyectada, sin levantar el volumen pero llenando cada rincón de la habitación—. La tesis que obtuvo el premio de investigación del año pasado. La que lleva el nombre de Camila Vega Solares. La que fue publicada en el Journal de Farmacología Clínica y le abrió las puertas del hospital más importante de Puerto del Sol.

Pausa. Los estudiantes me miran.

—Fue escrita por mí. Cada palabra. Cada fórmula. Cada análisis de datos. Cada conclusión. Los hice yo.

El silencio es tan absoluto que escucho el zumbido del fluorescente sobre nuestras cabezas.

Camila abre la boca. Ningún sonido sale. Su cara es un mapa de pánico contenido: los ojos enormes, los labios entreabiertos, las manos temblando sobre la carpeta.

Diego da un paso adelante.

—Eso es absurdo. Valentina, estás delirando. Camila es perfectamente capaz de...

Una voz grave interrumpe desde la puerta. Profunda, autoritaria, con el tono de alguien que ha pasado cuarenta años silenciando aulas con una sola sílaba.

—¿Alguien dijo plagio en mi departamento?

El doctor Ricardo Navarro acaba de entrar.

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