Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 23: La cuna oculta y el peso de la sangre
^^^ (Narrado por Camila)^^^
El trueno que estalló con una potencia descomunal sobre la torre del corporativo no fue nada comparado con la tempestad silenciosa y devastadora que se desató dentro de mí semanas después de aquella madrugada universitaria.
El cuerpo comenzó a cambiar de una manera sutil al principio, y luego con una insistencia implacable que me robaba el aire. Cuando los resultados de la prueba médica confirmaron lo que mi intuición ya gritaba con terror, sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Estaba embarazada. Embarazada de Máximiliano, el chico al que había destruido en la adolescencia y a quien había arrastrado a una trampa sin retorno en una noche de alcohol y drogas sintéticas.
El verdadero infierno comenzó el día en que mi padre descubrió la verdad. En una familia donde la fachada social, el apellido impecable y el qué dirán son las únicas leyes sagradas, un embarazo sin padre conocido, sin boda de conveniencia y procedente de un desliz inconfesable fue recibido como una afrenta imperdonable. Las paredes de nuestra casa, que antes reflejaban una fría perfección, se convirtieron en las murallas de una prisión. Mi padre me miraba con una mezcla de desprecio y repulsión profunda, mientras mi madre, con los ojos anegados en lágrimas contenidas, repetía una y otra vez que habíamos quedado arruinados ante la alta sociedad.
—¿De quién es este bastardo, Camila? —me exigió mi padre con voz glacial, golpeando el escritorio de su despacho con la palma abierta la tarde en que la noticia estalló—. ¿Qué clase de escoria callejera te dejó en este estado? Dímelo ahora mismo para limpiar este fango antes de que la prensa o los socios se enteren.
Me negué a hablar. A pesar de los gritos, de los insultos, de las semanas de encierro absoluto en mi habitación y del desprecio helado con el que me trataban en cada comida, cerré los labios con una determinación férrea.
Jamás diría que el hijo era de Máximiliano. No iba a permitir que mi padre, con sus influencias y su dinero, destruyera lo poco que le quedaba de vida o fuera tras él. Soporté el castigo en silencio, tragándome las lágrimas y acariciando mi vientre abultado en la oscuridad, encontrando en esa pequeña vida que crecía dentro de mí el único refugio frente a la crueldad de mi propia sangre.
Pero el verdadero castigo, el golpe más desgarrador y perverso que una madre puede sufrir, llegó el día del nacimiento.
Tras las contracciones interminables en una clínica privada donde se ocultó mi identidad, me desperté en una habitación blanca y fría, con el cuerpo destrozado y los brazos vacíos. Cuando exigí ver a mi hijo, mis padres entraron con los rostros endurecidos por una fría e implacable resolución. No hubo espacio para la clemencia ni para los ruegos. Me informaron, con la fría autoridad de quienes compran y venden destinos, que el niño no sería mío. Para el mundo, para los socios, para los tíos, los amigos y la alta sociedad, el bebé que acababa de nacer no llevaría mi apellido como madre; sería adoptado oficialmente por ellos, registrado ante la ley como el fruto tardío de su propio matrimonio. Sería criado como mi hermano menor.
—Es la única forma de salvar lo poco que queda del prestigio de esta familia, Camila —me sentenció mi madre con una frialdad que me heló el alma, mientras yo lloraba de rodillas suplicando que me dejaran criarlo—. Si te niegas, el niño irá a un centro de adopción anónimo y jamás volverás a saber de él. Tú elegiste este camino con tu irresponsabilidad; ahora atente a las consecuencias.
Desde entonces, mi existencia se convirtió en una condena perpetua. Vivo en la misma casa, respiro el mismo aire, escucho su risa infantil resonando en el pasillo y veo sus pequeños juguetes tirados en la sala, pero no puedo llamarlo hijo. Para él, para el mundo y para las leyes, soy simplemente su hermana mayor, una presencia distante que debe mantener las formas.
Cada vez que lo veo correr hacia mis padres llamándolos "mamá" y "papá", siento que me arrancan el corazón a jirones. Tengo que morderme los labios hasta sangrar, tragarme el llanto amargo que me quema la garganta y sonreír con una máscara de perfecta indiferencia ante la cuna ajena. Lo amo con una intensidad desesperada que me consume las entrañas, pero debo cargar en absoluto silencio con el peso de este secreto, sabiendo que mi propio hijo vive bajo el mismo techo, ignorando por completo que la chica de los ojos tristes que lo observa desde la distancia es, en realidad, la madre a la que la vida le prohibió amarle.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto