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El Trono De Sangre Y Espinas

El Trono De Sangre Y Espinas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía
Popularitas:740
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

¡Que escuchen los hombres, que escuchen los reyes y que escuchen los cielos! ¡Si la moralidad del mundo exige que renuncie a ti, destruiré el mundo! ¡Y si el cielo mismo intenta separarnos, le declararé la guerra a los mismos dioses! ¡Mi único reino es tu corazón, Elysian!

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL DESPERTAR EN LAS SOMBRAS

A pesar de la justicia impartida, las secuelas psicológicas en Lyra fueron devastadoras.

​Las semanas siguientes fueron un tormento silencioso. Lyra se aisló por completo en la torre este. La joven alegre que solía tararear mientras preparaba medicinas había desaparecido; en su lugar quedó una muchacha pálida, con profundas ojeras y una mirada asustadiza que se sobresaltaba con cualquier ruido repentino.

​Las noches eran lo peor. Casi todas las madrugadas, los gritos desgarradores de Lyra resonaban por los pasillos del palacio. Despertaba empapada en sudor frío, luchando contra las sábanas, creyendo que las manos de Julian aún la sujetaban contra la mesa de madera.

​Elysian acudía corriendo a su habitación para sostenerla, aplicándole compresas de hierbas y canalizando su magia suave para calmar su ritmo cardíaco. Kaelen permanecía junto a la puerta, en silencio, masticando la impotencia de no poder masacrar al trauma como lo había hecho con los nobles.

​Pero había alguien más que nunca fallaba.

​Rhaed.

​El Comandante de la Guardia no intentaba invadir su espacio. Sabía que la presencia de un hombre fornido podía aterrorizarla. Por eso, Rhaed comenzó a transformar su rol. Pasó de ser una sombra distante a un amigo paciente.

​Cada noche, Rhaed se sentaba del lado de afuera de la puerta de su habitación. Cuando escuchaba que ella despertaba entre sollozos, no entraba sin permiso. Simplemente hablaba desde el pasillo con su voz profunda, grave y pausada.

​—Estoy aquí, Lady Lyra... —decía suavemente através de la madera—. Nadie va a cruzar esta puerta. El aire está limpio. Está a salvo.

​Escuchar la voz del hombre que la había salvado se convirtió en el único ancla de Lyra para regresar a la realidad. Poco a poco, Lyra le pedía que entrate y se sentara en la silla junto a la ventana.

​Rhaed descubrió un ritual silencioso para demostrarle su afecto sin abrumarla. Cada mañana, antes de que saliera el sol y de que Lyra despertara, Rhaed salía a los campos bajos del palacio a buscar rosas silvestres: flores pequeñas, delicadas, de un tono rosado pálido y pétalos frágiles.

​Entraba a la habitación en puntillas, colocaba un pequeño ramillete de rosas silvestres frescas en el jarrón junto a su cama y se retiraba sin decir una sola palabra.

​Cuando Lyra abría los ojos, lo primero que veía era el aroma fresco y la delicadeza de las rosas. Era el mensaje mudo de Rhaed: Sigo aquí. Eres delicada, pero sobreviviste. Te protejo.

Con el pasar de los meses, el gesto diario de las rosas silvestres fue abriendo el corazón de Lyra. La pequeña flor se convirtió en el símbolo de su recuperación.

​Un día, Lyra esperó despierta antes del amanecer. Cuando la puerta se abrió en silencio y la imponente figura de Rhaed entró con tres rositas en la mano, ella le habló desde la cama con una sonrisa tenue.

​—Son hermosas, Rhaed... Gracias.

​Rhaed se congeló, sorprendido por encontrarla despierta. Bajó la mirada, algo avergonzado por haber sido atrapado en su gesto cotidiano.

​—Pensé... pensé que le traían un poco de paz, Lady Lyra —murmuró el guerrero, colocando las flores en el frasco de cristal.

​—Se han convertido en lo único que espero cada mañana —confesó ella, incorporándose en la cama—. Siéntate, por favor.

​Rhaed tomó asiento en la silla de madera. A partir de esa mañana, sus interacciones dejaron de ser formales. Hablaban durante horas antes de que el palacio despertara. Lyra le preguntaba sobre su infancia en las montañas del norte, sobre cómo aprendió a luchar y sobre las cicatrices de sus manos. Rhaed, por su parte, escuchaba con devoción fascinada cada detalle sobre las plantas curativas que a ella le gustaban.

​El hombre que aterró a los nobles con su espada se mostraba dulce, torpe y sumamente cuidadoso con ella. Rhaed nunca intentaba tocarla sin su consentimiento; incluso para entregarle un vaso de agua, aseguraba sus movimientos para no rozar accidentalmente sus dedos si notaba que ella estaba nerviosa.

​Esa paciencia infinita hizo que el miedo de Lyra hacia los hombres se disipara por completo cuando se trataba de él. Rhaed ya no era una sombra de guerra; era su refugio, su amigo más leal y, muy pronto, el dueño de sus pensamientos más románticos.

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