En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.
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Capítulo 21
Capítulo 21 — Manos que curan
Isabella llega al departamento esa misma tarde, armada con bolsas de fruta, una pomada herbal y una sonrisa que no logra disimular la preocupación.
Deja las bolsas sobre la mesa, saca una mandarina y empieza a pelarla como si fuera lo más urgente del mundo. Se sienta en el borde de mi cama y me mira con esos ojos que siempre parecen ver más de lo que uno quisiera mostrar.
—Valen, te voy a ser sincera. Mi tío Seba no es de los que se meten en asuntos ajenos. Le fascina la tranquilidad. Odia los problemas. Si pudiera, viviría solo con un perro y un libro de finanzas hasta los ochenta años.
Parpadeo.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Que contigo se convirtió en otra persona. —Me pone un gajo de mandarina en la mano, como si estuviera sobornándome para que la escuchara—. Te llamó doce veces. Doce, Valen. Yo nunca lo he visto llamar a nadie más de dos. Condujo hasta la Casona Solares a medianoche. Entró por una ventana. Te cargó en brazos y salió por la puerta principal como si fuera el dueño del lugar. —Isabella alza una ceja—. ¿Eso te suena a un hombre que solo cumple un contrato?
Me quedo callada. Me llevo el gajo de mandarina a la boca para tener una excusa para no responder.
Porque no sé qué contestar.
En mi vida pasada, nadie corrió por mí. Nadie forzó una ventana. Nadie me cargó. Me acostumbré tanto a ser la última prioridad de todos que la sola idea de ser la primera de alguien me parece un idioma que no aprendí a hablar.
Isabella sonríe, satisfecha con mi silencio.
—En fin. No necesitas responderme ahora. Solo digo que mi tío, cuando quiere algo, no lo dice. Lo hace.
Cambia de tema antes de que yo pueda procesar sus palabras. Me enseña memes en su teléfono. Me cuenta el chisme de una compañera que se peleó con su novio en plena biblioteca. Imita al bibliotecario mandándolos a callar y me hace reír hasta que me duele el tobillo de tanto moverme.
Por un momento, el peso del mundo se aligera. Por un momento, soy solo una chica de veinticuatro años con una amiga y una bolsa de mandarinas.
Casi se me olvida que morí una vez.
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Sebastián vuelve del cuartel al caer la tarde. Trae el pelo húmedo y un olor tenue a humo pegado a la ropa, ese olor que ya empiezo a asociar con él sin darme cuenta.
Se remanga la camisa y cocina la cena sin preguntar qué quiero. Arroz, verduras asadas y una sopa de pollo con cilantro que huele a algo casero que no sé nombrar. Come de pie, apoyado en la encimera, mirando de reojo hacia mi habitación cada pocos minutos.
Después, camina hacia mí con una botella de linimento en la mano.
Se sienta en la silla giratoria junto a mi cama. Sin pedir permiso, toma mi pierna y la coloca sobre su rodilla.
Me hierve la cara.
—¿Qué... qué vas a hacer?
Su mirada es paciente, como si tratara con una paciente asustada y no con su esposa de papel.
—Ponerte la pomada. Tienes el tobillo del tamaño de una naranja.
Vierte un poco del líquido en su palma. Lo frota entre las manos para calentarlo primero —un detalle tan pequeño que me deja sin aire— y luego, con una presión exacta, ni suave ni fuerte, empieza a masajear la zona hinchada.
El calor se extiende desde sus dedos hasta mi piel. El dolor se transforma en algo tibio y pulsante. Sus manos son grandes, ásperas en los nudillos, marcadas por cicatrices de quemaduras viejas. Manos que han sacado gente del fuego. Manos que ahora se mueven sobre mi tobillo con una delicadeza que no cuadra con su tamaño.
Mi corazón late con fuerza. Rezo para que no lo escuche.
—La traje del cuartel —dice sin levantar la vista—. Es para lesiones musculares. Dos días con esto y deberías caminar sin cojear.
Muerdo el labio. Murmuro algo incoherente como respuesta. Tomo el plato de la mesita de noche y como sin prestar atención a lo que me llevo a la boca, solo para tener las manos ocupadas, solo para no mirarlo.
Entonces Sebastián baja la mirada. Sus ojos se detienen en algo.
Mi tobillo. La piel blanca. Y ahí, justo sobre el hueso, una pequeña marca de nacimiento roja. Redonda, como una gota de sangre caída sobre la nieve.
Veo cómo su nuez de Adán se mueve. Traga con dificultad. Sus dedos se detienen un instante sobre mi piel, como si algo lo hubiera golpeado por dentro.
—¿Pasa algo? —pregunto.
—No. —Su voz sale un poco ronca—. Nada.
Toma la venda. Envuelve mi tobillo con movimientos precisos, profesionales, los de un hombre que ha vendado heridas mil veces. Mete mi pierna bajo las sábanas con cuidado, como si temiera romperme.
—Come despacio.
Se pone de pie. Se da la vuelta. Y sale sin mirar atrás.
Miro su espalda ancha mientras se aleja. Me toco las mejillas ardientes.
La pomada funciona. Mi tobillo se siente mejor de verdad.
Pero la temperatura que sus manos dejaron grabada en mi piel parece haberse hundido hasta los huesos. Por más que me tape con la sábana, no puedo sacármela de encima.
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A las diez de la noche, Sebastián vuelve a entrar. Recoge los platos vacíos. Sus ojos negros me miran de reojo, una y otra vez, como si quisiera preguntarme algo y no encontrara las palabras.
La intensidad de su mirada es imposible de ignorar.
—¿Pasa algo? —pregunto finalmente.
Sebastián me observa un segundo.
—¿Necesitas que te lleve al baño? No deberías apoyar el pie todavía.
El calor me sube hasta las orejas. Todo mi cuerpo se tensa.
—¡No... no hace falta! ¡Puedo sola!
Me siento en la cama. Apoyo un pie en el suelo. Después de un día entero acostada, las piernas me fallan. Me tambaleo.
Sus brazos me atrapan antes de que caiga. Uno rodea mi espalda, el otro pasa bajo mis rodillas. Me levanta del suelo como si no pesara nada. Me lleva al baño a grandes pasos, y yo no tengo más remedio que aferrarme a su cuello.
Puedo oír su corazón. Late tan rápido como el mío.
Llena la bañera de agua caliente. Sale, regresa con un banco de madera y una toalla limpia doblada.
—¿De verdad puedes tú sola?
Me mira con expresión escéptica. Como evaluando si tengo la fuerza necesaria para trepar a la bañera sin ahogarme en el intento.
Murmuro con la cara ardiendo:
—Sí... puedo. Por favor, sal.
—Bien. Si necesitas algo, me llamas. Estaré del otro lado de la puerta.
Me coloca en el banco, dice «me voy» con voz plana, y cierra la puerta al salir.
Exhalo. El vapor me empaña la vista. Me quito la ropa despacio, con cuidado de no forzar el tobillo, y entro a la bañera con esfuerzo. El agua caliente me envuelve. Cierro los ojos un momento.
Toc, toc.
La voz grave desde afuera:
—¿Ya terminaste? Llevas rato callada.
Me envuelvo en la toalla a toda velocidad, con el corazón en la garganta.
—¡Ya... ya casi!
Cuando abro la puerta, Sebastián pasa la vista por mis piernas desnudas un instante. Solo un instante. Se le mueve la nuez. Aparta la mirada tan rápido que casi la oigo chasquear. Me carga de vuelta a la cama sin decir palabra.
Me deja sobre el colchón. Se yergue. Me mira una vez más desde arriba, con esos ojos oscuros que no logro descifrar.
—Buenas noches.
Se da la vuelta. Se va.
Me quedo mirando la puerta cerrada. Mi corazón todavía no se calma.
Este hombre, mi compañero de contrato, parece alguien decente. Demasiado decente para la vida que me tocó.
Pero la forma en que tragó saliva al ver la marca de nacimiento en mi tobillo... esa reacción no fue normal. No fue la de un hombre curando una herida.
Fue la de un hombre que reconoce algo.
¿Qué significó?
Me llevo la mano al tobillo, sobre la venda, sobre esa gotita roja que llevo desde que nací.
Y no encuentro respuesta.