Seis meses después de renunciar al poder de los Sellos para recuperar su vida, Min‑jun y Seo‑jun por fin viven en paz: son dos chicos normales, van al instituto, comparten meriendas de leche de plátano y disfrutan de un amor que sobrevivió a mentiras, olvidos y batallas contra la oscuridad. Los Sellos brillan ahora solo como una cicatriz tenue en sus muñecas, un recuerdo bonito, no un arma.
Pero la paz se rompe cuando la mitad rota del Ónix Negro —la que quedó perdida en las ruinas del Santuario Viejo— empieza a vibrar con una energía antigua, abriendo grietas entre universos. Gente ve dobles de sí mismos en las calles, recuerdos que no les pertenecen invaden sus mentes, y una figura enmascarada aparece de la nada: **el Guardián Olvidado**, un antiguo compañero de Dae‑ho y Yeo‑wol que fue traicionado hace veinte años y atrapado entre realidades. Su objetivo: demostrar que el sistema de los Sellos es injusto en cualquier mundo, y destruirlo en todas las realidades existentes… aunque es
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 9: El mundo donde nunca nos conocimos
El portal se cerró detrás de ellos con un suave zumbido, y el aire cambió de golpe. Ya no olía a ceniza ni a piedra fría. Ahora olía a lluvia, a tierra mojada y a algo quemado, como si un incendio hubiera pasado por allí hacía poco tiempo.
Min‑jun abrió los ojos despacio. Estaban en lo alto de una colina, igual que la vez anterior, pero esta vez la ciudad de abajo no estaba encerrada tras muros de piedra. Seúl seguía allí, reconocible al instante, pero las calles estaban desiertas y oscuras. Las farolas parpadeaban. Los escaparates estaban rotos. Y en el cielo, nubes negras y pesadas se arrastraban lentamente, como si estuvieran esperando algo.
—No hay nadie —susurró su Seo, escaneando las calles vacías con los brazaletes ya encendidos—. Es demasiado silencioso.
—Todos se esconden —dijo una voz desde la oscuridad, cansada y afilada como una hoja de cuchillo—. Cuando él anda por la calle, nadie se atreve a salir. Ni siquiera a mirar por la ventana.
Min se giró rápido.
Apoyado contra un árbol, limpiando manchas de sangre seca de una espada de luz blanca, había un chico. Era Seo‑jun. Pero no el suyo. Este Seo tenía el pelo más largo, despeinado, con una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda y bajaba hasta casi tocar el pómulo. Su ropa estaba desgastada, llena de rasgaduras y remiendos. Y en sus muñecas… brillaban siete Sellos. Todos. Los que en su mundo estaban divididos entre varias personas.
Su luz era deslumbrante, pero inestable. Parpadeaba como una llama que se apaga y se enciende una y otra vez, como si le costara mantenerlos todos bajo control.
—¿Tú eres…? —empezó Min, sin saber cómo llamarlo.
El otro Seo levantó la vista. Sus ojos eran del mismo color que los de su Seo, pero no había calidez en ellos. Solo fatiga. Una fatiga tan profunda que parecía pesarle más que el mundo entero.
—Soy quien mantiene este lugar en pie —dijo, y su voz no subió de tono, pero dolió al oído—. Soy quien carga con todo para que vosotros, los que venís de fuera, podáis mirar y juzgar sin entender nada.
—No venimos a juzgar —dijo Min, dando un paso adelante, despacio, como si se acercara a un animal herido que podría atacar en cualquier momento—. Venimos a entender. Rin dijo que aquí las cosas salieron distintas.
El otro Seo soltó una risa seca y amarga.
—Distintas. Qué palabra tan bonita. Aquí los Sellos no se dividieron. Aquí me eligieron a mí. A mí solo. Dijeron que era el más fuerte. Que no necesitaba a nadie. Que compartir el poder lo debilitaba. Así que me lo dieron todo. Los siete. Y me dijeron: protégelos a todos. Solo tú.
Hizo una pausa y apretó los dientes. Los Sellos en sus muñecas brillaron con fuerza, y él tembló un instante, como si le dolieran por dentro.
—Tenía dieciséis años. Dieciséis. Y de repente todo el mundo esperaba que yo fuera su escudo. Su espada. Su dios. No me quejé. Hice lo que me pidieron. Luché. Protegí. Y mientras yo me deshacía por dentro poco a poco… todos miraban hacia otro lado. Nadie me preguntó si estaba bien. Nadie se quedó a mi lado. Incluso él…
Se detuvo de golpe y apartó la mirada, como si hubiera dicho algo que no debía.
—¿Él? —preguntó Min suavemente—. ¿Te refieres a mí?
El otro Seo lo miró con dureza, pero esta vez no había odio. Había dolor. Mucho dolor.
—Tú eras el chico de la misma clase. El que se sentaba al fondo y nunca hablaba con nadie. El que miraba al suelo cuando pasaba por el pasillo. Yo quería hablarte. Varias veces me acerqué. Pero siempre te ibas asustado. Como si yo fuera algo peligroso. Y con el tiempo… dejé de intentarlo. Pensé que si yo era demasiado fuerte, demasiado distinto… asustaba a la gente como tú. Así que me alejé. Y me quedé solo. Igual que querían ellos.
Min sintió un nudo en la garganta. Aquí no había un tirano malvado. Aquí había un chico que había aceptado una carga demasiado grande, creyendo que tenía que hacerlo todo solo. Y el miedo de su propia versión le había quitado la única compañía que habría podido salvarlo.
—No te asustaba porque fueras fuerte —dijo Min, con la voz temblorosa pero sincera—. Te asustaba porque eras brillante. Y yo sabía que no merecía que alguien como tú se fijara en alguien como yo.
El otro Seo parpadeó, como si nadie le hubiera dicho algo así en años. Como si no supiera cómo responder a algo que no fuera miedo u obediencia.
—No sé qué buscáis aquí —dijo al final, volviendo a cerrarse, aunque ya no tan hermético como antes—. Pero no tenéis nada que hacer. Este mundo funciona así. Yo cargo. Ellos se esconden. Y nadie se acerca a nadie para que nadie salga herido. Es más seguro así.
—No es seguro estar solo —dijo su Seo, dando un paso al lado de Min—. He visto lo que le pasa a la gente cuando cree que tiene que hacerlo todo sola. Se rompe por dentro. Y tú ya estás roto.
El otro Seo agarró su espada con más fuerza. Los Sellos brillaron con inestabilidad, como si su propio cuerpo estuviera luchando contra el peso que llevaba.
—No estoy roto —escupió, aunque sus manos temblaban—. Soy fuerte. Soy suficiente. No necesito a nadie.
—Entonces ¿por qué tiemblas? —preguntó Min suavemente.
El silencio cayó entre ellos. La lluvia empezó a caer despacio, fina y fría, mojándoles el pelo y la ropa. El otro Seo no respondió. Solo miró sus propias muñecas, donde siete luces distintas luchaban por dominarse unas a otras. Y por un instante, la máscara de dureza se le resquebrajó.
—Me duele —susurró, tan bajito que casi se perdía bajo el sonido de la lluvia—. Todo el tiempo. Me duele por dentro. Y no sé cómo dejar de sentirlo.
Antes de que Min pudiera decir algo más, una alarma sonó en la distancia, aguda y desesperada. El otro Seo se giró de golpe hacia la ciudad. Sus ojos se ensombrecieron.
—Vienen —dijo—. Las sombras que se escapan de las grietas. Siempre vienen cuando llueve. Tengo que ir.
—Vamos contigo —dijo Min, y su Seo asintió a su lado.
El otro Seo los miró sorprendido. Nadie se había ofrecido a ir con él a una pelea en años. Nadie le había dicho *vamos contigo*.
—No necesito ayuda —dijo por costumbre.
—Lo sé —respondió Min—. Pero la aceptas de todos modos.
El otro Seo dudó un segundo. Luego asintió con la cabeza, casi imperceptible.
—No os quedéis atrás —dijo, y por primera vez, no sonó como una orden. Sonó como una petición—. Por favor.
Corrieron juntos hacia la ciudad. Y mientras corrían, Min pensó que esta vez la batalla no sería contra un tirano de piedra. Sería contra la soledad de un chico que creía que ser fuerte significaba no necesitar a nadie. Y esa batalla… sería la más difícil de todas.
---
📔 LIBRETA NUEVA · ESCRIBE CHOI MIN‑JUN
Primera noche en el segundo mundo
Aquí las cosas salieron distinto. No hay un tirano. Hay un héroe que se está rompiendo por llevar demasiado peso solo.
Todos los Sellos en él. Siete. Nadie para compartir. Nadie para sostenerle cuando las piernas le fallan. Y lo peor… aquí yo nunca le di la oportunidad de estar juntos. Yo me escondí. Yo le tuve miedo. Y él se quedó solo porque yo no fui capaz de dar un paso adelante.
Me duele en el pecho saber que en esta realidad, mi miedo le costó años de soledad. Pero ahora estamos aquí. Ahora sí podemos dar ese paso.
No vamos a pelear contra él. Vamos a pelear por él. Vamos a enseñarle que ser fuerte no significa cargar todo solo. Que pedir ayuda no es debilidad. Que… no está solo.
La lluvia cae. Las sombras vienen. Y por primera vez en mucho tiempo, él no va a enfrentarlas solo.