¡Que escuchen los hombres, que escuchen los reyes y que escuchen los cielos! ¡Si la moralidad del mundo exige que renuncie a ti, destruiré el mundo! ¡Y si el cielo mismo intenta separarnos, le declararé la guerra a los mismos dioses! ¡Mi único reino es tu corazón, Elysian!
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EL DÍA EN EL CAMPO Y LA PETICIÓN DE MANO
Seis meses después del inicio formal de su relación, la primavera pintó de verde los valles de Valdorian. Lyra se sentía fuerte, amada y radiante. Por sugerencia de Elysian, aceptó salir del palacio para un paseo a campo abierto junto a Rhaed, ya no como protegida y guardia, sino como prometidos de corazón.
Kaelen y Elysian los acompañaron a cierta distancia, montando a caballo para darles privacidad pero asegurándose de estar presentes si Lyra los necesitaba.
Rhaed llevó a Lyra a un prado escondido entre dos colinas, repleto de hierba alta y arbustos salvajes cargados de las mismas rosas pequeñas que él le llevaba al cuarto. El día era cálido, la brisa traía el aroma del pino y el cielo estaba despejado.
Desplegaron una manta sobre la hierba. Comieron pan de miel, fruta fresca y bebieron vino suave. Por primera vez en mucho tiempo, Lyra rió a carcajadas cuando Rhaed intentó hacer una corona de flores para ella y terminó rompiendo los tallos con sus dedos gruesos y acostumbrados a la espada.
—Déjame ayudarte, gigante torpe —dijo Lyra entre risas, acercándose a él y tomando sus manos para guiar sus dedos.
Rhaed se quedó mirándola. La luz del sol poniente se reflejaba en los ojos oscuros de Lyra, y no había rastro de sombra o miedo en su rostro; solo una belleza radiante.
—Te amo, Lyra —dijo Rhaed de repente, con una voz baja, rota por la emoción.
Lyra se detuvo. Miró las manos de Rhaed entrelazadas con las suyas.
—Lo sé... —susurró ella, sonriendo con ternura—. Y yo te amo a ti, Rhaed. Me devolviste la vida cuando pensé que estaba rota.
Rhaed respiró hondo. Se puso de pie y ayudó a Lyra a levantarse. Luego, el comandante miró hacia la colina donde Kaelen y Elysian observaban atentamente. Hizo un gesto con la mano, pidiéndoles que se acercaran.
Los reyes bajaron de sus monturas y caminaron hacia ellos en silencio.
Frente a sus dos hermanos mayores, Rhaed se hincó sobre una rodilla sobre la hierba del prado. Sacó de su bolsillo un pequeño anillo de plata con un grabado de espinas y una pequeña esmeralda verde en el centro que el mismo había echo durante las noches solo en la herrería, luego de varios intentos. la joya reflejaba la belleza que veía en Lyra y el esfuerzo torpe, romántico y hermoso de un soldado que había caído preso de un amor desenfrenado
—Lady Lyra Vane... —dijo Rhaed, mirando hacia arriba con toda la devoción de su alma—. No soy un príncipe, ni un noble de cuna. Solo soy un soldado que daría cada gota de su sangre por verte sonreír. Frente a tus hermanos, que son tus protectores y tus reyes, te pido que me hagas el hombre más afortunado del mundo. ¿Aceptas casarte conmigo?
Lyra se cubrió la boca con las manos. Miró a Elysian, quien sonreía con lágrimas en los ojos, y luego a Kaelen, quien asentía lentamente con una mirada de profundo respeto hacia el comandante.
—¡Sí! —exclamó Lyra, arrodillándose en la hierba para abrazar a Rhaed por el cuello y besando sus labios con pasión ante la mirada complacida de sus hermanos.