Rosa es una joven humana que intenta reconstruir su vida en la moderna e imponente metrópolis de Silverwood tras la misteriosa muerte de su familia. Buscando un momento de escape, se entrega a una ardiente e intensa aventura de una noche con un desconocido de magnetismo animal en el club más exclusivo de la ciudad. Lo que ella cree que fue un encuentro pasajero se convierte en una obsesión cuando despierta con una extraña quemadura en su clavícula en forma de rosa marchita.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
El beso de Rosa curó la herida de Ethan bajo la gigantesca luna llena, liberando un estallido de chispas doradas que envolvieron el bosque en un aura de protección divina. La luz se hizo carne alrededor de ellos: crujió en las hojas, serpenteó entre las raíces de los robles y se posó sobre la piel como si el propio cielo hubiera venido a comprobar que la vida continuaba. Rosa sintió un calor en la boca del estómago que no era solo el alivio de haber salvado a alguien; era la certeza de que algo antiguo y vasto, que se llamaba linaje, tradición y promesa, la reclamaba.
—¿Lo sientes? —preguntó Ethan en voz queda, con la mirada fija en la aurora de oro que parecía un latido pausado entre los dos—. Es... es como si el bosque respirara por nosotros.
Rosa asintió sin articular palabra porque no había palabras que pudieran abrazar aquello que se expandía en su interior. La marca en su clavícula ardía con un fulgor nuevo, más profundo: los pétalos parecían dibujarse como si alguien hubiera inspirado con un pincel invisible sobre su piel. La ceniza en el centro de la rosa ya no parecía muerta; vibraba.
—Es mi sangre —susurró ella, con la voz quebrada por la emoción—. Y también la tuya.
Ethan la contempló con una mezcla de reverencia y miedo. Habían pasado horas desde que la flecha había sido extraída; el tiempo había sido una membrana elástica en la que ambos se habían estirado hasta casi romperse. Ahora, en la calma que sigue a la tormenta, la realidad volvía con sus bordes nítidos y dolorosos.
—No entiendo cómo —dijo Ethan, y su confusión tenía la forma de una súplica—. ¿Cómo una mujer como tú, sin entrenamiento, sin ceremonias, pudo activar algo tan...?
—No lo sé —contestó Rosa, y la honestidad brilló como una luz cruda—. Nunca me enseñaron. Mi abuela me hablaba en metáforas y yo las tomaba por cuentos. Pero algo en mí se encendió. No fue solo por la flecha o por tu sangre; fue porque me exigió hacerlo. Como si mi cuerpo supiera lo que mi mente no.
A su alrededor, el claro parecía asentir. Un par de luciérnagas emergieron como si en ellas también hubiese despertado un entendimiento. Ethan se incorporó con la ayuda de Rosa y la observó con la atención de quien contempla un misterio que puede cambiarle la vida.
—Tenemos que volver —dijo con voz rasgada—. La manada debe saberlo. Si alguien está atacando con plata refinada y venenos creados para herirnos, no podemos ocultarlo. Y tú... tú debes conocer a mi gente.
La manera en que pronunció "mi gente" llevaba una gravedad que encendió en Rosa una mezcla de expectativa y temor. Volver significaba exponerse a juicios, a miradas que podrían rotularla, moldearla o romperla. Pero la última noche le había mostrado que huir ya no era una opción. Había tomado decisiones que habían puesto su nombre en los labios de muchos destinos.
—Vamos entonces —respondió—. Pero antes necesito algo: quiero saber quién soy en todo esto. Quiero respuestas, Ethan. Si tu clan depende de esta Rosa de las Cenizas, quiero saber qué papel juego además de ser una salvadora improvisada.
Ethan la miró y en su rostro se dibujó algo que no era semblante corporativo ni instinto bruto; era cuidado paternal, preocupado, y una llama de admiración.
—Te las daré —prometió—. Y si me quedo corto, lo diré. No puedo prometer sabiduría, pero sí sinceridad.
Regresaron a la ciudad al alba. El trayecto fue una lenta catástrofe de dudas y planes: evitar las rutas principales, usar capas para ocultar la marca que ahora brillaba bajo la blusa, y evitar a los ojos de los curiosos. Rosa notó que cada paso hacia la metrópolis era un viaje hacia la exposición. La Torre Vance apareció en el horizonte con su arrogancia habitual, una punta de vidrio que destilaba orden y amenaza. Las sombras de los edificios parecían haber crecido; las noticias de la noche anterior todavía burbujeaban en la memoria de la ciudad.
Al entrar en la ciudad, Ethan la condujo por calles intrincadas, por entradas traseras, por callejones que solo conocían aquellos que se movían entre clanes y contratos. Rosa lo seguía con un silencio que pesaba. No era solo el cansancio; era el peso de las confesiones que se avecinaban.
—¿No te importa? —preguntó ella en un momento, cuando pasaron por un mercado que olía a pan recién hecho y especias—. ¿Que me vean? ¿Que se sepa que salí con tu sangre en las manos?
Ethan la miró con una seriedad que le heló la espalda.
—No me importa —dijo—. Pero a la manada sí. Y debemos manejarlo con cuidado. Algunos te verán como un don; otros, como una amenaza.
Llegaron a una casa discreta en las afueras de la ciudad: una edificación baja, piedras grises y madera envejecida por la brisa marina. Era un lugar que respiraba historia y cuidado. A la puerta los esperaba una mujer mayor, rostro curtido y mirada sagaz: Cora, la matriarca que manejaba los asuntos domésticos de la manada y la guardiana de muchos secretos.
—Ethan —dijo con voz que combinaba autoridad y alivio—. Estás vivo. Y traes a la Rosa. —Su mirada se posó en Rosa, escrutadora—. Más hermosa en persona. Más peligrosa en silencio.
Rosa sintió las palabras como dedos que la clasificaban. No era hostilidad, sino cálculo; en esa mirada había la evaluación de quien sabe que las apariencias pueden ocultar armas.
—Gracias por aceptarme —murmuró Rosa—. No quiero problemas, solo respuestas.
Cora la midió un instante más, luego sonrió con una lentejuela de ironía.
—Nadie entra en la manada sin traer problemas, querida —dijo—. Pero si vienes por respuestas, te sentarás y las merecerás.
En el salón principal, la manada se reunió. No era una asamblea multitudinaria; eran personas marcadas por la vida, por la lealtad, por el cansancio que trae la responsabilidad. Había betas robustos, omegas con miradas cansadas, y caras jóvenes con el fuego en los ojos. Todos miraron a Rosa como si ella fuese a romper el equilibrio delicado que sostenía la manada desde tiempos inmemoriales.