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Los Hijos Secretos del Dueño del Morro

Los Hijos Secretos del Dueño del Morro

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Madre soltera / Grandes Curvas / Niñero / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: Lins

A los dieciocho años, Raquel era la chica gorda del morro: despreciada por su familia, echada de su casa en plena madrugada. Esa misma noche, en un cobertizo abandonado, encontró a un desconocido moribundo que le pidió que le salvara la vida sin verle jamás el rostro. Le pagó una fortuna. Le dijo que sus ojos eran hermosos. Y desapareció al amanecer.

Seis años después, Raquel vuelve a Río irreconocible: más delgada, más fuerte, madre soltera de dos gemelos. El empleo de sirvienta que consigue para sacarlos adelante la lleva a la cobertura de lujo del hombre más temido de la ciudad: Rafael Monteiro, El Dueño del Morro da Esperança.

El padre de sus hijos. El hombre que nunca supo que existían.

Ahora Raquel tiene que limpiar la casa de su secreto todos los días, mientras Rafael —frío, letal, incapaz de olvidar unos ojos que vio una sola vez en la oscuridad— empieza a sentir que esa empleada le remueve algo que creía muerto. Entre una suegra que la quiere lejos, una prima dispuesta a destruirla y una verdad que puede volarlo todo por los aires, Raquel deberá decidir hasta cuándo puede seguir escondiendo a los dos niños que llevan la sangre del Dueño.

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Capítulo 1 — La Noche que lo Cambió Todo

La puerta se cerró de un golpe tan fuerte que la casucha entera tembló.

Raquel se quedó parada en el callejón, descalza, con la camiseta holgada del pijama y el pantalón de chándal gastado que usaba para dormir. La chancleta izquierda se le había quedado adentro; la vio por la rendija antes de que Geraldo empujara la puerta por última vez.

—Fuera de mi casa, inútil. Comes la comida de los demás y encima te quejas. ¡Fuera!

La voz del padre atravesó la puerta de madera fina como si no existiera pared. Raquel oyó a su madre, Marlene, murmurar algo desde la cocina, pero ni una palabra en su defensa. Ningún "para ya, Geraldo". Ningún "es tu hija".

Nada.

Raquel se tragó el llanto y empezó a subir.

El Morro da Esperança de madrugada no era lugar para nadie, y menos para una muchacha de dieciocho años, gorda, torpe, con los dientes chuecos y los ojos hinchados de tanto llorar. Pero Raquel no tenía adónde ir. La tía Celia vivía al otro lado del morro y no contestaba el celular a esa hora. Fernanda estaba en São Cristóvão, demasiado lejos.

Subió por el sendero de tierra apisonada que cortaba el matorral detrás de la última fila de casuchas, donde la luz de los postes no llegaba y el suelo era piedra suelta y raíz al aire. La luna estaba tapada. Raquel tropezó dos veces, se raspó la rodilla en la segunda, y siguió.

La verdad era simple y fea: no servía para nada. Su padre tenía razón. Dieciocho años comiendo lo que no sembró, ocupando espacio, siendo demasiado fea hasta para conseguir un empleo de dependienta en la panadería de don Aílton, allá abajo. Jaque, su prima, ya trabajaba, ya tenía novio, ya tenía el cuerpo que los muchachos miraban. Raquel tenía noventa kilos y una vergüenza que no le cabía en el pecho.

Se sentó en una piedra ancha cerca del mirador abandonado —ese punto desde donde, de día, se alcanzaba a ver el brillo lejano de la Lagoa y los edificios iluminados de la Zona Sul. De noche solo se veía la oscuridad y las luces rojas de las antenas de celular parpadeando en el horizonte.

Raquel se abrazó las rodillas y dejó salir el llanto.

Fue ahí donde oyó el ruido.

Un gemido bajo, arrastrado, que venía de unos cinco metros más adelante, donde el matorral era más alto. Raquel se congeló. Podía ser un animal. Podía ser algo peor.

El gemido volvió. Era voz de hombre.

Se levantó despacio, con el corazón golpeándole la garganta, y fue acercándose. Detrás de un arbusto de pasto alto había un cuerpo tirado en el suelo. Un hombre. Camisa oscura empapada de sudor y de algo que brillaba con la poca luz: sangre. Respiraba corto, rápido, el pecho subiendo y bajando como si cada bocanada le costara.

—¿Señor? —Raquel se agachó—. Señor, ¿me oye?

Él abrió los ojos un segundo. Pupilas dilatadas, sin foco. La piel le ardía; cuando ella le tocó la frente, retiró la mano del susto. Fiebre altísima.

Raquel miró alrededor. Nadie. Solo el matorral, la oscuridad y el silencio de la madrugada en el morro. Podía salir corriendo. Podía bajar y pedir ayuda. Podía fingir que no había visto nada.

Pero el hombre le agarró la muñeca con una fuerza que no cuadraba con el estado en que estaba.

—Ayúdame. —La voz salió quebrada, ronca—. Te pago. Lo que quieras.

Raquel tiró del brazo para soltarse, pero él no la soltó.

—Señor, usted necesita un hospital, yo no...

—No puedo ir a un hospital. —Tosió. Un espasmo le sacudió el cuerpo entero—. Me envenenaron. El antídoto... tiene que salir del cuerpo. Necesita calor. Necesita...

No terminó la frase. Los dedos en la muñeca de ella se aflojaron y la cabeza se le cayó de lado.

Raquel se quedó ahí, agachada, con el corazón disparado, mirando a un desconocido que iba a morir si no hacía algo. No sabía de venenos, no sabía de antídotos, no sabía de nada. Pero sabía que no era capaz de levantarse y marcharse.

Lo arrastró hasta la casucha abandonada que quedaba a unos veinte metros del sendero: una estructura de bloque y zinc que había sido depósito de material de construcción, antes de que encarcelaran al dueño y nadie reclamara el terreno. Adentro había un colchón viejo tirado en un rincón, una lona en el suelo, olor a moho y tierra húmeda.

Lo acostó en el colchón. Él volvió a abrir los ojos.

—Toma esto. —Sacó una tira de tela negra del propio bolsillo y se la tendió—. Póntela sobre mis ojos. No quiero ver tu cara. Es mejor así... para ti.

Raquel tomó la venda negra con las manos temblando. No entendió por qué él quería quedarse a oscuras, pero obedeció. Le ató la tela sobre los ojos, sintiendo los dedos torpes en los nudos.

—Te pago —repitió él—. Quinientos mil. A tu cuenta. Mañana. Solo ayúdame a pasar esta noche.

Quinientos mil reales. Raquel tenía diecinueve reales en la cuenta y un padre que acababa de cerrarle la puerta en la cara. Quinientos mil era otra vida. Era São Paulo, era un apartamento alquilado, era un empleo, era no volver a oír nunca "fuera de mi casa".

Tragó saliva.

—Está bien.

Él respiró hondo: un alivio que le costó una mueca de dolor.

—Tu celular. Dámelo.

Raquel sacó el celular del bolsillo del pantalón de chándal y se lo puso en la mano. Los dedos del hombre tantearon la pantalla unos segundos, aun con los ojos vendados; escribió un número de teléfono, mandó un mensaje corto, se lo devolvió.

—La clave Pix —dijo—. Tu número de teléfono. Mañana por la mañana entra el dinero.

Raquel guardó el celular sin entender a quién le había mandado el mensaje. Solo después, cuando la transferencia llegó con un nombre de remitente que seguramente era el de un testaferro, lo entendió: él tenía un esquema montado. Alguien del otro lado que resolvía sin preguntar.

Él levantó la mano y le tocó la cara. Los dedos recorrieron la mejilla, el mentón, la curva de la mandíbula, todo con una delicadeza que no tenía sentido en un hombre medio muerto de fiebre. Cuando los dedos llegaron cerca de los ojos de ella, se detuvo.

—Tus ojos... —La voz era un hilo—. deben de ser hermosos.

Raquel sintió que el pecho se le apretaba de un modo que nunca había sentido. Nadie, en dieciocho años de vida, le había dicho que alguna parte de ella fuera bonita. Y ahí, en la oscuridad de una casucha abandonada en el morro, un hombre que ni siquiera podía verle la cara le dijo que sus ojos eran hermosos.

Ella no respondió. Solo dejó que las lágrimas cayeran en silencio mientras él le tiraba de la mano para acercarla más.

La mano de él subió por el brazo de ella despacio, los dedos trazando la piel como si leyeran algo en braille. Cuando llegó al hombro, corrió a un lado el tirante de la camiseta. Raquel contuvo la respiración. La boca de él encontró la curva de su cuello —labios calientes, resecos de fiebre— y aun así el roce le puso el cuerpo entero de piel de gallina de una manera que no esperaba.

—Quédate quieta —susurró él contra su piel—. No voy a hacerte daño.

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