Belleza Angelical, Inteligencia Peligrosa.
Desde niña, Haniel descubrió que una sonrisa podía abrir puertas y que una mirada podía hacer que los demás olvidaran sus propias intenciones. A los dieciséis años solo soñaba con vivir una vida extraordinaria junto a sus mejores amigas.
Pero crecer cambiaría las reglas.
Entre secretos, hombres, dinero, traiciones y poder, Haniel aprenderá que su mayor arma no es su belleza… Sino la facilidad con la que consigue que todos crean en su inocencia.
Porque hasta los ángeles pueden tener un lugar en el Averno.
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Cap15
Haniel llegó a casa poco antes del amanecer.
No había conseguido dormir durante el trayecto.
La fotografía permanecía sobre el asiento del copiloto.
Un hombre desconocido.
Una fecha de siete años atrás.
Y la reacción de su madre.
Eso era lo que más le inquietaba.
Doña Irina no se había sorprendido al ver la fotografía.
Se había asustado.
Y Haniel conocía demasiado bien a su madre para no reconocer la diferencia.
Entró en casa en silencio.
La encontró en la cocina, sentada frente a una taza de café que parecía llevar horas intacta.
—Mamá.
Irina levantó la mirada.
No preguntó dónde había estado.
No preguntó por qué había llegado tan tarde.
Solo miró la fotografía que Haniel sostenía entre los dedos.
—¿Quién te la dio?
—Eso no importa.
—Para mí sí.
Haniel dejó la fotografía sobre la mesa.
—¿Quién es él?
Irina permaneció callada.
—Mamá.
—Haniel, algunas cosas es mejor dejarlas enterradas.
—Pues alguien acaba de desenterrarlas.
Irina cerró los ojos.
Durante unos segundos pareció mucho más cansada de lo que Haniel la había visto jamás.
—Su nombre era Gabriel.
Haniel esperó.
—¿Era?
Su madre asintió.
—Hace años que no sé nada de él.
—¿Qué relación tenía contigo?
Irina bajó la mirada.
—Trabajaba con personas que no debían acercarse a nuestra familia.
—Eso no responde mi pregunta.
—Lo sé.
Haniel tomó asiento frente a ella.
—¿Era amigo de la familia?
—No.
—¿Un socio?
—Tampoco.
—Entonces, ¿qué era?
Irina tardó en contestar.
—Un intermediario.
La palabra hizo que Haniel frunciera el ceño.
—¿Intermediario de qué?
—Dinero. Negocios. Información.
Haniel recordó los documentos de Zamira.
Empresas.
Transferencias.
Zayd.
Su expresión cambió.
—¿Tenía relación con los Lekesis?
Irina levantó la mirada de golpe.
Aquella reacción fue suficiente.
—Sí.
Haniel sintió un escalofrío.
—¿Con Zayd?
—Con su familia.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Irina no respondió.
—Mamá, necesito saberlo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque cuanto menos sepas, más segura estarás.
Haniel se levantó.
—Eso me lo dijo Zayd.
Irina palideció.
—¿Lo viste?
Haniel guardó silencio.
—Haniel, ¿lo viste?
—Sí.
Su madre se llevó una mano al pecho.
—Dios mío...
—¿Qué pasa?
—Nada.
—¡No me digas que nada!
Por primera vez, Haniel levantó la voz.
—Todo el mundo sabe algo menos yo. Tú. Zayd. El padre de Zamira. Ese hombre que me dio la fotografía. ¿Qué demonios está pasando?
Irina permaneció en silencio.
Hasta que finalmente dijo:
—Zayd no es el hombre que debes temer.
Haniel se quedó quieta.
—Entonces dime quién.
Su madre la miró directamente.
—No lo sé.
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Horas después, Haniel se reunió con Olivia.
No le contó todo.
Todavía no.
Solo le habló de Gabriel.
—¿Tu madre conocía a un hombre relacionado con los Lekesis?
Olivia permaneció pensativa.
—Eso es demasiado específico para ser una coincidencia.
—Lo sé.
—¿Y qué vas a hacer?
Haniel tomó un sorbo de café.
—Encontrarlo.
Olivia la miró fijamente.
—¿Y si está muerto?
Haniel negó lentamente.
—Mi madre dijo que no sabía nada de él desde hacía años.
—Eso no significa que esté vivo.
—Tampoco significa que esté muerto.
Olivia suspiró.
—Haniel...
—Necesito respuestas.
—¿Y si las respuestas te hacen daño?
Haniel sonrió con tristeza.
—Entonces al menos serán respuestas.
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Esa misma tarde, Zamira volvió a llamar.
Esta vez parecía más tranquila.
—Encontré algo.
Haniel y Olivia intercambiaron una mirada.
—¿Qué encontraste? —preguntó Haniel.
—Un archivo antiguo de mi padre.
—¿Sobre Zayd?
—No exactamente.
Zamira hizo una pausa.
—Sobre una operación financiera que ocurrió hace siete años.
Haniel sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Siete años?
—Sí.
—¿Aparece el nombre de Gabriel?
Silencio.
—¿Cómo sabes ese nombre?
Haniel cerró los ojos.
—Lo acabo de descubrir.
Zamira respiró profundamente.
—Entonces estamos buscando lo mismo.
Olivia se inclinó hacia el teléfono.
—¿Qué significa eso?
—Que Gabriel aparece en los documentos de mi padre.
Haniel se quedó inmóvil.
—¿Y qué hacía?
—No lo sé todavía.
—¿Y Zayd?
—También aparece.
Las tres guardaron silencio.
Entonces Zamira dijo:
—Hay algo más.
—¿Qué?
—La operación no fue entre mi padre y Zayd.
Haniel frunció el ceño.
—¿Entonces entre quiénes?
Zamira tardó unos segundos.
—Entre Zayd, Gabriel...
Otra pausa.
—Y alguien más.
—¿Quién? —preguntó Olivia.
Zamira respondió:
—No aparece el nombre.
Solo una inicial.
H.
Haniel sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
H.
Una sola letra.
Pero era suficiente para que una idea horrible atravesara su mente.
Haniel.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Sí.
—¿Qué más dice el documento?
Zamira respondió lentamente:
—Que la persona identificada con la inicial H era responsable de entregar cierta información.
Haniel se levantó.
—¿Qué información?
—No lo sé.
—Busca.
—Haniel...
—¡Busca, Zamira!
Su amiga guardó silencio.
Después dijo:
—Hay una última línea.
—¿Cuál?
Zamira leyó:
—«Si H falla, el acuerdo queda expuesto.»
Haniel sintió un escalofrío.
—¿Qué fecha tiene?
Zamira respondió:
—Hace exactamente siete años.
Haniel miró hacia la ventana.
Siete años.
La misma fecha.
El mismo período.
El mismo secreto.
Y, por primera vez, una pregunta comenzó a tomar forma en su cabeza.
¿Qué había ocurrido siete años atrás para que tantas personas hubieran dedicado tanto tiempo a ocultarlo?
Su teléfono vibró.
Mensaje de un número desconocido.
Solo decía:
«Ahora entiendes por qué tu madre tenía miedo.»
Haniel lo leyó dos veces.
Después llegó otro.
«Pero todavía no sabes quién es H.»
Y finalmente:
«Cuando lo descubras, entenderás por qué Zayd nunca quiso hacerte daño.»
Haniel levantó lentamente la mirada.
Por primera vez, comenzó a preguntarse si había estado mirando al hombre equivocado.
Y eso era precisamente lo que alguien quería que pensara.