En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 7: Lo que duerme tras la puerta
Seraphina corrió por el corredor sin mirar atrás.
Las faldas de su vestido golpeaban sus piernas mientras avanzaba entre las sombras del ala oeste. Detrás de ella, el estruendo de la cadena rota seguía resonando por las paredes. El palacio parecía haberse despertado de repente: las lámparas temblaban, los retratos antiguos vibraban y una corriente helada recorría los pasillos.
No sabía qué había detrás de aquella puerta.
No sabía si había obedecido a Aurelius por miedo o porque, por primera vez, había escuchado desesperación en su voz.
Llegó a la galería principal y se detuvo junto a una columna. Intentó recuperar el aliento, pero el corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho.
—¡Lady Seraphina!
Dos guardias aparecieron al final del corredor. Al verla, corrieron hacia ella.
—¿Qué ocurrió? —preguntó uno.
—La puerta del ala oeste…
Un rugido profundo atravesó el palacio.
Los guardias se volvieron hacia el pasillo. El sonido no parecía pertenecer a ningún animal conocido. Era demasiado grave, demasiado antiguo. Las lámparas se apagaron una tras otra, dejando la galería iluminada únicamente por la luz azul de la luna.
Seraphina retrocedió.
—¿Qué fue eso?
Los guardias desenvainaron sus espadas.
—Regresad a vuestros aposentos, mi lady —ordenó uno.
—¿Qué hay detrás de esa puerta?
—No es asunto vuestro.
—Todo lo que ocurre en este palacio parece convertirse en asunto mío.
Antes de que el guardia pudiera responder, unas pisadas resonaron en el corredor.
Aurelius apareció entre las sombras.
Su rostro estaba pálido y su cabello, antes cuidadosamente peinado, caía sobre su frente. Una de sus manos se encontraba apoyada contra el pecho. La otra sujetaba la cadena rota que había arrancado de la puerta.
Seraphina observó una mancha oscura en su túnica.
—Está herido.
—No es nada —dijo él.
—Hay sangre.
Aurelius dirigió una mirada fría hacia los guardias.
—Todos fuera.
Los soldados vacilaron.
—Majestad, la criatura…
—He dicho que os marchéis.
Los guardias obedecieron, aunque ninguno guardó su espada. Cuando quedaron solos, Seraphina volvió a mirar el pecho del emperador.
—¿Qué había detrás de esa puerta?
—Nada que te concierna.
—Escuché algo.
—Escuchaste el eco de una habitación abandonada.
—Las habitaciones abandonadas no rugen.
Aurelius avanzó hacia ella. Cada paso parecía exigirle un esfuerzo. Seraphina notó que su respiración era irregular.
—Volverás a tus aposentos —dijo.
—¿Y usted?
—Tengo asuntos que resolver.
—Está sangrando.
—He sobrevivido a heridas peores.
—No parece que vaya a sobrevivir mucho si continúa ocultando lo que le sucede.
Aurelius se detuvo frente a ella. Sus ojos oscuros parecían contener una tormenta.
—No vuelvas al ala oeste.
—¿Por qué?
—Porque te lo ordeno.
—Eso no es suficiente.
—Tendrá que serlo.
Una nueva punzada atravesó su pecho. Aurelius apretó los dientes y se inclinó ligeramente. Seraphina vio cómo las venas de su cuello se tensaban.
—Siéntese —dijo ella.
—No necesito ayuda.
—No le estoy preguntando.
La expresión del emperador cambió. Durante un instante, pareció ofendido por el atrevimiento. Luego el dolor volvió a dominar sus facciones.
Aurelius apoyó una mano en la columna.
Seraphina se acercó.
—¿Qué puedo hacer?
—Nada.
—Entonces deje de actuar como si pudiera resolverlo todo.
Él levantó la mirada hacia ella. Había enojo en sus ojos, pero también algo más oscuro: vergüenza.
Aurelius odiaba que lo vieran débil.
Con un movimiento brusco, apartó la mano de la columna. La tela de su túnica se rasgó cerca del cuello y dejó al descubierto parte de su pecho.
Seraphina vio la marca.
Las espinas negras rodeaban una cicatriz dorada que se extendía desde el centro de su pecho hacia el hombro. Algunas líneas parecían moverse bajo la piel, como si estuvieran vivas. En el centro de la marca brillaba una luz rojiza.
Seraphina se quedó inmóvil.
—¿Eso es la maldición?
Aurelius cubrió la herida de inmediato.
—No la mires.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que lo hagas.
—No puede decidir lo que mis ojos ven.
—Puedo decidir lo que ocurre dentro de mi palacio.
—Entonces debería empezar por decirme la verdad.
Aurelius soltó una risa amarga.
—La verdad no te salvaría.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Seraphina sintió un escalofrío.
—¿Salvarme de qué?
Aurelius pareció darse cuenta de lo que había dicho. Su expresión se cerró otra vez.
—Vete.
—No.
—Seraphina.
—No me iré hasta saber qué hay detrás de esa puerta.
El emperador se acercó tanto que ella pudo sentir el calor de su cuerpo a pesar del frío del corredor.
—Hay cosas en este palacio que no deben ser despertadas.
—¿Y usted las despertó?
—Yo no hice nada.
—Entonces, ¿por qué la cadena se rompió cuando toqué la puerta?
Aurelius se quedó inmóvil.
Esa era la pregunta que no podía responder.
Seraphina recordó el resplandor dorado que había aparecido bajo su mano. También recordó la forma en que Aurelius había inhalado con violencia cuando la luz se encendió.
—¿Qué ocurrió cuando la toqué? —preguntó.
—Nada.
—Miente.
El emperador bajó la mirada hacia la medalla de plata que colgaba de su cuello. El símbolo de la luna y las espinas brillaba débilmente.
—¿Quién te dio eso?
—Mi madre.
—Quítatela.
Seraphina cerró la mano sobre la medalla.
—No.
—He dicho que te la quites.
—Y yo he dicho que no.
Aurelius la miró con dureza. Después dio un paso atrás, como si acercarse demasiado a ella fuera peligroso.
—No sabes lo que llevas.
—Entonces explíquelo.
—No puedo.
—¿No puede o no quiere?
Antes de que Aurelius respondiera, un golpe sacudió el palacio.
Desde el ala oeste llegó un sonido de madera quebrándose.
Los dos miraron hacia el corredor.
La puerta prohibida se había abierto.
Una oscuridad espesa comenzó a extenderse por el suelo, arrastrándose como humo vivo.
Aurelius tomó a Seraphina del brazo.
—Ahora sí vas a obedecerme.
—¡Suélteme!
—¡Corre!
La oscuridad avanzó detrás de ellos.
Seraphina corrió junto al emperador, pero antes de abandonar la galería miró por última vez hacia la puerta.
En medio de las sombras, dos ojos dorados se abrieron lentamente.