Hay amores que llegan demasiado tarde.
Y otros que nunca debieron llamarse amor.
***
Cinco años atrás, Lizzie cometió un error con James.
Una noche.
Un secreto.
Y una despedida antes de que él pudiera decirle que, para él, nunca había sido un error.
Ahora Lizzie tiene veinticinco años, un prometido perfecto y una boda esperándola. James debería ser solamente un recuerdo… hasta que la enfermedad de su padre lo convierte en el único hombre capaz de salvar el legado de su familia.
Trabajar juntos no estaba en sus planes.
Volver a desearse, mucho menos.
Porque James sigue siendo el hombre que no debería tocar.
Y Lizzie sigue perteneciendo a un futuro en el que él no tiene lugar.
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Capítulo 5. Las condiciones
No reaccioné inmediatamente.
Había esperado tanto escuchar aquello que, cuando finalmente ocurrió, mi cuerpo tardó en entenderlo.
Sentí cómo algo que llevaba apretándome el pecho cedía.
Papá.
La empresa.
La junta.
Adrián.
—Gracias.-dije muy sinceramente
James negó lentamente.
—Todavía no.
La tranquilidad me duró poco.
—¿Qué?
—Tengo condiciones.
Claro que las tenía.
Me recosté contra la silla.
—Te escucho.
—Si entro, dirijo.
—Eso suele hacer un presidente.
—No estoy bromeando, Elizabeth.
Su tono me hizo enderezarme.
—La junta no va a utilizarme para tranquilizar accionistas mientras las decisiones reales siguen pasando por tu familia. No voy a pedir autorización para cada movimiento y no voy a llamar a tu padre al hospital cada vez que alguien no esté de acuerdo conmigo.
La mención de papá borró cualquier respuesta sarcástica.
—Sigue siendo su empresa.
—Y volverá a dirigirla cuando esté en condiciones de hacerlo.
James apoyó una mano sobre la barra de la isla
—Hasta entonces necesita recuperarse.- dijo con firmeza
No pude discutir eso.
—Puede recibir información —continuó—. Puede preguntar lo que quiera. Pero no voy a permitir que intente trabajar desde una cama de hospital.
—No puedes impedirle que se preocupe.
—No. Pero puedo evitar darle cincuenta razones nuevas para hacerlo cada mañana.
Bajé la mirada.
Era lo que Mamá más le preocupa.
Papá necesita descansar.
—Está bien.
James pasó una hoja de la carpeta.
—Voy a revisar todas las áreas.
Lo miré.
—¿Todas?
—Contratos, gastos, proyectos, puestos directivos. Si algo no funciona, se cambia.
Supe inmediatamente adónde podía conducir aquello.
—Adrián.
—También.
Sentí que algo se endurecía dentro de mí.
—Es mi hermano.
—Lo sé.
—Y está intentando proteger la empresa igual que yo.
—Nunca he dicho lo contrario.
James cerró la carpeta.
—Pero si quieres que acepte porque crees que él no está preparado para ocupar la presidencia, no puedes pedirme después que finja que sí lo está cuando una decisión lo afecte.
La verdad dolió más porque yo misma había utilizado ese argumento para llegar hasta allí.
—No quiero que lo apartes.
—Yo tampoco.
Aquello me sorprendió.
James continuó antes de que pudiera decir algo.
—Quiero que aprenda. Que se equivoque donde un error todavía pueda corregirse. No voy a quitarle responsabilidades porque sea tu hermano, pero tampoco voy a darle más de las que puede manejar porque sea hijo de tu padre.
Eso era más razonable de lo que esperaba.
También sabía que Adrián no lo vería así.
—Va a odiarte.
—Sobreviviré.
No pude evitar una sonrisa pequeña.
James la vio.
La suya apareció apenas un instante.
Y desapareció.
—Hay otra condición.
—Por supuesto.
Su expresión cambió.
No miró la carpeta esta vez.
Me miró a mí.
—Tú no te vas.
Tardé unos segundos en comprender.
—James...
—No.- interrumpió
—Pero yo te dije que podía...
—Ya sé lo que dijiste.
Su voz se endureció.
—Y también te dije que no volvieras a decirlo.
El recuerdo de la lluvia regresó.
Su brazo debajo de mis rodillas.
Mis manos aferrándose a sus hombros.
Aquella expresión furiosa.
—Pensé que lo habías dicho porque estabas enfadado.
—Lo estaba.
—¿Y ahora?
James guardó silencio.
No necesitaba responder.
—No entiendo.- dije
Se reclinó contra la silla.
—No voy a aceptar un puesto que te obligue a renunciar al tuyo.
—No me estás obligando. Me ofrecí.
—Ese es precisamente el problema.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
James me observó durante unos segundos.
—Que sigues creyendo que la solución es apartarte.
Algo en su forma de decirlo hizo que dejara de pensar únicamente en la empresa.
Cinco años.
Sentí el recuerdo antes de poder detenerlo.
Una habitación.
Ropa recogida demasiado deprisa.
Una puerta cerrándose.
Aparté los ojos.
—Estamos hablando de trabajo.
—Entonces hablemos de trabajo.
Su voz volvió a ser fría.
Controlada.
—Tienes un puesto. Conoces la empresa. Llevas años preparándote para asumir más responsabilidades. No voy a entrar y permitir que desaparezcas porque crees que tu presencia puede incomodarme.
—Trabajaríamos juntos.
—Sí.
Lo dijo sin vacilar.
—Todos los días.
—Probablemente.
—¿Y eso no te parece un problema?
James sostuvo mi mirada.
—¿A ti sí?
No supe responder.
Miré mi mano.
El anillo seguía allí.
Maxton.
Mi boda.
Mi vida fuera de aquella casa.
—Estoy comprometida.
No sabía exactamente por qué lo había dicho.
James bajó la mirada hacia mi mano.
Algo cambió en su rostro.
Muy poco.
Pero lo suficiente.
—Lo sé.
—Entonces sabes que...
—Tu compromiso no tiene nada que ver con esto.
Su voz había perdido cualquier rastro de calidez.
Me arrepentí inmediatamente de haber mencionado a Maxton.
No porque tuviera algo que ocultar.
Precisamente porque no debería haber nada que explicar.
—No vas a irte de la empresa —continuó James—. No vas a cambiar tus responsabilidades para evitarme. Y no vas a volver a ofrecer desaparecer para facilitarme las cosas.
Lo miré.
—¿Esa es realmente una condición para aceptar la presidencia?
—Sí.
—Es ridículo.
—Entonces recházala.
Me quedé callada.
James también.
La lluvia golpeaba las ventanas.
—¿Y si no quiero trabajar contigo?
La pregunta salió más baja de lo que pretendía.
James se inclinó ligeramente hacia delante.
—Entonces dímelo.
No pude.
Porque ese nunca había sido el problema.
El problema era exactamente lo contrario.
James esperó unos segundos.
Después se levantó.
—Piénsalo esta noche.
Lo seguí con la mirada.
—¿No necesitas una respuesta ahora?
—No.
Recogió la carpeta.
—Descansa. Llama otra vez a tu familia si lo necesitas. Mañana temprano me das una respuesta.
—¿Y si acepto?
James se detuvo.
—Volvemos juntos a la ciudad.
—Mi camioneta...
—Se ocuparán de ella.
—Quiero ir al hospital primero.
Su expresión se suavizó.
—Por supuesto.
—Quiero ver a mi padre y a mi madre antes de enfrentarme a la junta.
James asintió.
Después de un momento añadió:
—Yo también quiero verlo.
Había olvidado aquello.
Por unos segundos había pensado únicamente en James como el hombre que la junta necesitaba.
No en el hombre que conocía a mi padre desde hacía años.
No en el hijo de unos amigos suyos.
No en alguien a quien papá había visto crecer.
—Está delicado —le advertí—. No quiero que hables de la empresa si está cansado.
—No voy por la empresa.
Lo miré.
James no explicó más.
Tampoco hacía falta.
Se dirigió hacia la puerta.
—Buenas noches, Lizzie.
—Buenas noches.
Esperé hasta escucharlo alejarse antes de subir.
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No me acosté inmediatamente.
Me senté junto a la ventana de la habitación y observé la lluvia.
Había conseguido lo que quería.
James había aceptado.
Mañana podía llamar a mamá y decirle que la junta tendría un candidato. Podía entrar a la habitación de papá y decirle que descansara, que nosotros nos ocuparíamos de todo.
Debería haber sentido alivio.
Lo sentía.
Solo que venía acompañado de algo más.
Miré mi mano izquierda.
El anillo brilló débilmente bajo la lámpara.
En unos meses me casaría con Maxton.
Esa era mi vida.
La que había elegido.
James pertenecía a una noche que había ocurrido cinco años atrás y que ambos habían tenido la sensatez de dejar donde estaba.
O eso había creído.
Me levanté y dejé el teléfono sobre la mesa.
Entonces recordé sus palabras.
Tú no te vas.
No entendía por qué había convertido mi permanencia en una condición.
No entendía por qué le había enfurecido tanto escucharme decir que podía desaparecer.
Y, sobre todo, no entendía por qué una parte de mí se sentía aliviada al saber que no quería que lo hiciera.
Me metí en la cama.
Mañana tendría que darle una respuesta.
La respuesta sensata era evidente.
Mi familia necesitaba a James.
La empresa necesitaba a James.
Y si para conseguirlo tenía que trabajar a su lado, podía hacerlo.
Éramos adultos.
Habían pasado cinco años.
Una noche no podía seguir teniendo poder sobre nosotros.
Cerré los ojos.
Por primera vez desde que llegué a la hacienda, me permití creerlo.
Al menos hasta que recordé la forma en que James me había mirado cuando le dije que estaba comprometida.