Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Pensamientos 1
Cuando Elia regresó a la mansión O'Neill tres días después, se encontró con una sorpresa.
No la llevaron al enorme despacho donde había conocido al duque.
Ni a una sala de reuniones formal.
Ni a un salón de recepciones.
La guiaron hasta una habitación mucho más pequeña.
Elegante.
Privada.
Cómoda.
Una sala diseñada para conversaciones discretas.
Aquello la puso inmediatamente nerviosa.
[¿Por qué aquí?]
[¿Será una mala señal?]
[¿El proyecto es demasiado pequeño para una sala importante?]
[¿O demasiado importante?]
[¿O simplemente la otra sala estaba ocupada?]
La última posibilidad le pareció razonable.
Decidió aferrarse a ella.
Mientras tanto, sentados detrás de una pared falsa que conectaba con una pequeña habitación de observación... Jack y el secretario del duque estaban preparados.
Bueno.
El secretario estaba preparado.
Jack parecía un niño esperando que comenzara una obra de teatro.
—Esto es fascinante.
Susurró.
—Esto es una reunión de negocios.
Respondió el secretario.
—Para ti.
Jack sonrió.
Porque para él aquello era un experimento mágico.
Y los experimentos mágicos eran mucho más divertidos.
En la sala principal, Albert ya estaba esperando.
Y sobre la mesa tenía algo que normalmente jamás llevaba a una reunión.
Una lista.
Una lista enorme.
Preparada por Jack.
Preguntas.
Observaciones.
Temas aparentemente aleatorios.
Y al lado... una hoja vacía.
Porque Jack le había dado una instrucción muy específica.
Anota los pensamientos importantes.
Albert seguía pensando que aquello era absurdo.
Pero había aceptado.
Cuando Elia entró, realizó una elegante reverencia.
—Su Gracia.
—Lady Russ.
Por fortuna esta vez respondió.
Lo que alivió inmediatamente a la joven.
[Excelente.]
[Hoy recuerda cómo hablar.]
Albert tuvo que contener una sonrisa.
Porque aquello fue literalmente lo primero que escuchó.
La reunión comenzó con relativa normalidad.
—Antes que nada, debo disculparme por lo ocurrido hace unos días.
Dijo Albert.
—No es necesario.
Respondió Elia.
—Me sentí indispuesto.
—Comprendo.
Ella sonrió amablemente.
Y entonces llegó el pensamiento.
[Se ve bastante bien para alguien enfermo.]
Albert tomó discretamente la pluma.
Y escribió.
“Se ve bastante bien para alguien enfermo.”
Continuó escuchando.
[Tampoco parece tan mayor.]
[¿Treinta?]
[¿Treinta y dos?]
[Y ya tiene problemas de salud.]
[Pobre hombre.]
Albert casi se atragantó.
Tosió.
Y escribió nuevamente.
“¿Treinta? ¿Treinta y dos? Pobre hombre.”
Detrás de la pared, Jack estaba teniendo dificultades para mantenerse callado.
Porque el secretario acababa de ver como el duque escribía..
Y estaba intentando no reírse.
—Esto es maravilloso.. nunca lo habia visto escribir tan rápido.
Susurró Jack.
—Cállese.
Respondió el secretario.
Albert decidió corregir el malentendido.
—En realidad... No estaba enfermo.
Elia parpadeó.
—¿No?
—No.
—Oh.
—Tuve que atender una emergencia.
—¿Una emergencia?
—Un grupo de ladrones peligrosos.
Aquello era cierto.
Bueno.
Parcialmente cierto.
Había ocurrido esa misma semana.
Solo que no el día de su primera reunión.
Pero técnicamente seguía siendo verdad.
Elia pareció impresionada.
—Ya veo.
Albert observó cómo asentía.
Y entonces escuchó..
[No solo es guapo sino valiente.]
La pluma se congeló.
Albert permaneció inmóvil.
Muy inmóvil.
Como una estatua.
Porque no estaba preparado para eso.
En absoluto.
Y entonces llegó el resto.
[Wow.]
[Si no quisiera hablar de negocios...]
Albert sintió una sensación extraña.
Principalmente preocupación.
Porque ya conocía el funcionamiento de la mente de Lady Russ.
Y sabía perfectamente que aquella frase aún no había terminado.
[...por favor no la termines.]
Por supuesto la terminó.
[Si no quisiera hablar de negocios le preguntaría si tiene novia.]
Albert tosió nuevamente.
Esta vez más fuerte.
Tomó otra hoja.
Y escribió exactamente la frase.
Porque Jack había sido muy claro.
“Todo pensamiento extraño es importante.”
Albert fingió revisar unos documentos.
Principalmente porque no sabía qué otra cosa hacer.
Mientras tanto, Elia estaba horrorizada.
[¿Ahora también tose?]
[Definitivamente tiene problemas de salud.]
[Quizás debería recomendarle un sanador.]
[¿Será descortés?]
[¿Qué pasa si se ofende?]
[¿Y si piensa que lo estoy llamando viejo?]
Albert escribió otra línea.
Y otra.
Y otra.
Porque aparentemente la mitad de los pensamientos de Elia consistían en preocuparse por cosas que todavía no habían ocurrido.
Y la otra mitad consistía en imaginar escenarios sociales desastrosos.
La reunión continuó.
Y poco a poco Albert descubrió algo.
Escuchar los pensamientos de Elia era agotador.
Pero también... extrañamente divertido.
Porque nunca sabía qué iba a escuchar a continuación.
Podía pasar de estrategias agrícolas complejas... a preocuparse por la salud de un duque... a preguntarse si había suficientes galletas en la mesa.
Todo en menos de treinta segundos.
Y mientras ella organizaba documentos para comenzar finalmente su presentación, Albert se encontró pensando algo que no esperaba.
Quizás Jack tenía razón.
Aquello era fascinante.
Albert jamás había conocido a una persona como Lady Russ.
Y no porque pudiera escuchar sus pensamientos.
Bueno.
Eso también.
Pero incluso si ignoraba aquel detalle imposible, seguía siendo una mujer extraordinariamente peculiar.
Porque mientras hablaba de negocios... su mente trabajaba a una velocidad aterradora.
—Mi intención es invertir en los terrenos del sur.
Explicó Elia mientras organizaba sus documentos.
—Entiendo.
Respondió Albert.
[Y si el invierno es más duro necesitaremos más invernaderos.]
[Y si falla la primera cosecha debemos tener reservas.]
[Y si los precios bajan debemos buscar compradores alternativos.]
[Y si...]
Albert escuchaba.
Y escuchaba.
Y seguía escuchando.
Porque ella no se detenía.
Ni un segundo.
Era como asistir simultáneamente a una reunión de negocios y a otras veinte reuniones invisibles que solo existían dentro de la cabeza de Elia.
—También quisiera adquirir semillas resistentes al frío.
—Eso puede conseguirse.
[Dependiendo del precio.]
[Y de la calidad.]
[Y del transporte.]
[Y del almacenamiento.]
[Y de las posibles plagas.]
[Y...]
Albert tomó la pluma.
Y siguió escribiendo.
Al principio había intentado registrar todo.
Después descubrió que era imposible.
La mujer generaba más pensamientos por minuto de los que él podía escribir.
Por lo que comenzó a anotar únicamente los más relevantes.
O los más extraños.
O los más divertidos.
Principalmente los divertidos.
Detrás de la pared, Jack observaba atentamente.
Intentando deducir qué estaba escribiendo el duque.
Porque Albert llevaba páginas enteras llenas de notas.
Y aquello estaba despertando su curiosidad.
Mucha curiosidad.
Una cantidad peligrosa de curiosidad.
Mientras tanto, Elia continuaba su exposición.
Había mejorado muchísimo desde la reunión con el conde Nilsson.
Su voz era firme.
Sus argumentos sólidos.
Y sus cálculos impresionaban.
Albert lo reconocía.
La propuesta era buena.
Muy buena.
Y sobre todo realista.
No prometía riquezas imposibles.
No vendía fantasías.
Era un proyecto cuidadosamente construido.
Con riesgos identificados.
Alternativas preparadas.
Y planes de contingencia para casi todo.
Demasiado para casi todo.
Porque aquella mujer parecía prepararse incluso para catástrofes improbables.
[¿Y si una tormenta destruye los cultivos?]
[¿Y si aparece una enfermedad vegetal?]
[¿Y si la magia afecta el crecimiento?]
[¿Y si...]
Albert terminó sonriendo.
Levemente.
Y entonces ocurrió.
Elia observó nuevamente cómo escribía.
Una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Finalmente apareció un pensamiento.
[¿Qué tanto escribe?]
Albert bajó la vista.
Intentando parecer serio.
Y entonces llegó la segunda parte.
[¿Se le olvidarán las cosas?]
La pluma se detuvo.
Y la tercera parte terminó de rematarlo.
[Sino es tan mayor.. ¿o si?]
Albert cerró los ojos durante un segundo.
Respiró profundamente.
Y decidió dejar de escribir.
Porque si continuaba probablemente terminaría riéndose.
Y explicar aquello sería imposible.
La reunión continuó durante casi una hora.
Hablaron de tierras.
Cultivos.
Semillas.
Costos.
Rutas comerciales.
Y al finalizar, Albert ya tenía una conclusión clara.
El proyecto funcionaría.
No tenía dudas.
Era rentable.
Era razonable.
Y probablemente tendría éxito.
El problema era otro.
Si aceptaba inmediatamente... la reunión terminaría.
Y si la reunión terminaba... probablemente dejaría de verla.
Aquella idea apareció de repente.
Y le resultó extrañamente desagradable.
Porque durante los últimos días había estado pensando en ella.
En los pensamientos.
En el misterio.
En la magia.
Y también... en la persona detrás de todo aquello.
Por eso decidió ganar tiempo.
—Lady Russ.
—¿Sí?
—Su propuesta es interesante.
Los ojos de Elia brillaron.
Solo un poco.
—Gracias.
—Sin embargo aún tengo algunas dudas.
Ella asintió inmediatamente.
—Por supuesto.
—Me gustaría revisar algunos puntos adicionales.
—Lo entiendo.
Albert continuó.
—Tal vez deberíamos reunirnos nuevamente.
—Claro.
La sonrisa de Elia fue amable.
Educada.
Perfecta.
—No tengo inconveniente.
Pero entonces Albert escuchó lo que realmente estaba pensando.
[Ya está.]
[Lo arruiné.]
El duque se tensó.
Porque aquella reacción no tenía sentido.
[Claro.]
[La propuesta no fue suficiente.]
[Probablemente encontró errores.]
[Quizás demasiados errores.]
[Quizás fue una idea estúpida.]
[Quizás...]
Albert sintió un dolor de cabeza.
Porque él acababa de decidir reunirse nuevamente precisamente porque el proyecto era bueno.
Y ahora ella estaba convencida de que había fracasado.
[Está siendo educado.]
[Solo está siendo amable.]
[Definitivamente está rechazándome de forma elegante.]
[Qué vergüenza.]
Albert observó a la joven.
Ella seguía sonriendo.
Perfectamente tranquila por fuera.
Y completamente devastada por dentro.
Aquello lo tomó desprevenido.
Porque hasta ese momento la situación le había parecido divertida.
Curiosa.
Interesante.
Pero escuchar aquella decepción fue diferente.
Era genuina.
Y además... injusta.
Porque ella estaba equivocada.
Completamente equivocada.
El problema era que no podía decirle
"Lady Russ, llevo una hora escuchando sus pensamientos y puedo asegurarle que su proyecto es excelente."
Eso generaría otros problemas.
Muchos problemas.
Así que intentó buscar una solución normal.
Algo que una persona cuerda diría.
Lo cual resultó sorprendentemente difícil.
—Lady Russ.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
—Sus documentos son algunos de los más completos que he revisado este año.
Elia parpadeó.
Albert continuó.
—Y claramente dedicó mucho esfuerzo a prepararlos.
Silencio.
[¿Eh?]
—Simplemente deseo analizarlos con la atención que merecen.
La joven quedó inmóvil.
Por unos segundos.
Y entonces Albert escuchó algo.
No ansiedad.
No preocupación.
No listas.
Solo alivio.
Pequeño.
Tímido.
Pero real.
[Oh.]
[Entonces no fue un desastre.]
Albert sintió que algo dentro de él también se relajaba.
Y aquello fue tan inesperado que incluso lo desconcertó.
Porque cuando Lady Russ dejó de sentirse mal...
él también se sintió mejor.
Y sinceramente... eso era casi tan extraño como escuchar pensamientos.