**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
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capitulo 3
El frío de la madrugada en Nueva York se coló por las sábanas de seda gris, despertándome de golpe. La luz azulada del preámbulo del amanecer apenas delineaba los contornos de la inmensa suite del último piso del *The Peninsula*. Por un segundo, desorientada por el peso del sueño, no supe dónde estaba. Pero entonces, el sordo rumor de la Quinta Avenida allá abajo y el calor sofocante de un cuerpo colosal a mi lado me devolvieron la realidad de un solo golpe en el pecho.
Me congelé, conteniendo la respiración.
Zayd dormía boca abajo. Las sábanas de seda habían resbalado hasta la altura de su cadera estrecha, exponiendo la imponente musculatura de su espalda. La luz de la luna, moribunda, perfilaba los hombros anchos que me habían acorralado contra la puerta, la línea perfecta de su columna y las marcas sutiles, los arañazos que mis propias uñas habían dejado en su piel bronceada durante el clímax. Su respiración era profunda, un ritmo pausado y masculino que vibraba levemente en el colchón. Una de sus manos grandes, la misma que me había sujetado con una fuerza posesiva y deliciosa, descansaba abierta cerca de mi almohada.
Un gemido mudo se me atoró en la garganta. Intenté moverme, pero una punzada de dolor agudo y ardiente en mi entrepierna me recordó la devastación de nuestra pasión. Mi cuerpo aún vibraba. Sentía la piel hipersensible, los pechos hinchados por la fricción de su pecho velludo y el eco de sus gruñidos salvajes resonando en mis oídos como un mantra prohibido.
Lo que había ocurrido en esa cama no había sido una simple aventura para borrar un contrato. Había sido una tormenta perfecta. Me había entregado a un desconocido con una ferocidad que no sabía que poseía, rompiendo mis propias barreras, derribando mi orgullo y dejándome marcar por un hombre del que ni siquiera sabía el nombre. La intensidad de lo que sentía por él en este momento, una mezcla de adicción química y vulnerabilidad extrema, me aterrorizó hasta la médula.
*«Tengo que irme. Tengo que salir de aquí ya»*, me ordenó mi subconsciente en un grito de puro pánico.
Si me quedaba un minuto más, si esos ojos magnéticos, color ámbar y verde oscuro, se abrían y me miraban con la posesividad implacable de la noche anterior, sabía que no tendría las fuerzas para marcharme. Me desarmaría con un solo beso. Me retendría entre sus brazos de hierro y yo me olvidaría del mundo exterior.
Pero el mundo exterior no se había detenido. Mi teléfono, sepultado en alguna parte de la alfombra, contenía el recordatorio de mi realidad: a las diez de la mañana de este mismo día, debía sentarme en una sala de juntas a vender mi libertad al Jeque Zayd Al-Maktoum para salvar a mi padre de la cárcel y a mi familia de la ruina más absoluta. Mi noche de rebelión había terminado. El carruaje se había convertido en calabaza y yo volvía a ser la mercancía de un contrato multimillonario.
Con el corazón golpeándome las costillas a una velocidad alarmante, comencé a deslizarme fuera del colchón. Cada movimiento requería una precisión milimétrica; la seda de las sábanas amenazaba con crujir con cada centímetro que me alejaba de su calor. Cuando mis pies descalzos tocaron la alfombra fría, solté un suspiro imperceptible, pero no me permití relajarme.
La suite parecía el escenario de una batalla campal de lujuria. A los pies de la cama, mi vestido negro de seda yacía hecho un jarrón arrugado, con uno de los tirantes rotos por la impaciencia de sus manos. Mis bragas de encaje estaban unos metros más allá, desgarradas. Sentí una oleada de calor recorrer mi rostro al recordar el sonido de la tela rompiéndose justo antes de que él me levantara en vilo.
Me agaché temblando, recogiendo mis pertenencias con dedos torpes. Me metí el vestido como pude, ignorando el tirante inservible, y sujeté la tela contra mi pecho. Mis zapatos de tacón de aguja los tomé con una mano para evitar que el menor ruido delatara mi huida.
Antes de caminar hacia la puerta, me detuve un instante. Me giré y miré la cama una última vez.
Zayd se movió levemente entre sueños, soltando un gruñido bajo que me hizo dar un respingo de terror. Estiró el brazo de forma inconsciente, buscando mi cuerpo en el espacio vacío de la cama, pero al no encontrarme, frunció el ceño, aunque no llegó a despertar. Verlo así, extrañamente vulnerable pero manteniendo esa aura de peligro latente, me partió algo por dentro. Dejaba atrás al único hombre que me había hecho sentir viva, al único que me había reclamado por completo, para entregarme a un tirano al que odiaba sin conocerlo.
*«Adiós, mi desconocido»*, pensé, con una lágrima traicionera resbalando por mi mejilla.
Giré la manija de la puerta principal con una lentitud agónica. El clic del pestillo sonó como un disparo en el silencio de la suite. Salí al pasillo alfombrado del hotel, dejé que la puerta se cerrara suavemente a mis espaldas y solo entonces me calcé los tacones y eché a correr hacia los ascensores, sintiendo que huía del único paraíso que conocería jamás. Lo único que quedaba en esa habitación era el aroma de nuestro pecado, el recuerdo de mi pureza entregada y una sábana completamente revuelta que atestiguaba la tormenta.
Dos horas más tarde, el sol de la mañana rompió la línea del horizonte de Manhattan, inundando los ventanales del ático con una luz dorada y cegadora.
Zayd Al-Maktoum abrió los ojos de golpe. No lo hizo de forma perezosa; sus sentidos de depredador se activaron al instante, alertados por una anomalía en su entorno. El aire de la habitación ya no se sentía igual. Faltaba algo. Faltaba ella.
Estiró la mano izquierda con firmeza, esperando encontrar la piel suave, la curva perfecta de la cadera de la mujer misteriosa que lo había vuelto loco durante horas. Pero sus dedos solo acariciaron el tejido frío y vacío del colchón.
Zayd se incorporó de inmediato, apoyando los puños sobre el colchón, con la musculatura tensa y la respiración contenida. Recorrió la inmensa suite con sus ojos ámbar, que ahora brillaban con una intensidad peligrosa, desprovistos de cualquier rastro de sueño.
—¿Nena? —llamó, y su voz de barítono, ronca por la madrugada, resonó en las paredes vacías.
Nadie respondió. El único sonido era el zumbido suave del sistema de climatización.
Se puso de pie con un movimiento ágil y felino, completamente desnudo, sin importarle su propia desnudez. Caminó hacia el baño de mármol, esperando encontrarla dándose una ducha, pero el lugar estaba intacto, las toallas secas. Regresó a la habitación principal y examinó el suelo. El vestido negro de seda ya no estaba. Sus prendas íntimas destruidas tampoco. Se había llevado todo. No había dejado una nota, no había dejado un número de teléfono, ni una sola pista que revelara quién era la mujer que se había entregado a él con una pasión tan salvaje que le había hecho perder los papeles como nunca antes en su vida.
Entonces, sus ojos se fijaron en el centro de la cama. En las sábanas grises revueltas, justo en el lugar donde ella había estado tumbada, había una pequeña mancha oscura, un testimonio inequívoco de lo que había sucedido.
Zayd apretó los dientes, y una vena comenzó a latir con fuerza en su sien. El shock inicial se transformó rápidamente en una furia posesiva y ardiente que le abrasó las entrañas. Ella era virgen. Él había sido el primero, el único en reclamar ese cuerpo perfecto, y la maldita mujer se había atrevido a levantarse de su cama y huir como si él fuera un simple error de una noche. A él, al hombre que gobernaba corporaciones internacionales y decidiría el destino de un emirato. Nadie lo usaba. Nadie lo dejaba plantado.
Caminó hacia el ventanal, contemplando los rascacielos de Nueva York con los puños tan apretados que sus nudillos se volvieron blancos. Una sonrisa gélida, calculadora y letal se dibujó lentamente en sus labios esculpidos. El desafío estaba aceptado.
—Crees que puedes esconderte en esta ciudad, mi hermosa ladrona —gruñó Zayd hacia los cristales, su voz rugiendo con la promesa inquebrantable de un Alfa que ha localizado a su presa—. Pero te equivocas. Moveré el cielo, la tierra, las agencias de inteligencia y el maldito desierto entero si es necesario, pero te voy a encontrar. Y cuando te tenga de vuelta en mi cama, vas a pagar por cada segundo de esta insubordinación. Me vas a pertenecer.