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Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Embarazo no planeado / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El despertar den los imperios.

El despertar de los imperios

Moscú

El sol de Moscú sé filtraba tímidamente entre las cortinas de seda del dormitorio principal de la mansión de Dimitri, acariciando los rostros dormidos de Lorena y su esposo. Ella se movió ligeramente, sintiendo el peso del brazo de él sobre su cintura, y una sonrisa se dibujó en sus labios antes siquiera de abrir los ojos.

 La noche anterior había sido una de esas que quedan grabadas en la memoria con letras de fuego: la risa compartida, las bromas a Fred, la pasión desbordada que los había unido hasta el amanecer. Pero al girarse para mirar a Dimitri, Lorena encontró algo que la inquietó. Él ya estaba despierto, sus ojos oscuros fijos en ella con una intensidad que no recordaba haber visto antes.

No era la mirada del amante satisfecho, sino la del hombre que ha tomado una decisión y sabe que cambiará todo. "Tenemos que hablar", dijo él con una voz grave que no admitía réplicas, y Lorena sintió un escalofrío recorrerle la espalda, como si el universo hubiera decidido que la felicidad perfecta siempre viene acompañada de un precio que pagar.

En el otro extremo de la ciudad, en el apartamento de Valentina, la escena era muy distinta. Alexander había desaparecido antes del amanecer, dejando solo una nota escrita en cirílico sobre la almohada: "Negocios urgentes. Vuelvo al atardecer. No me esperes despierta". Valentina leyó las palabras con el ceño fruncido, sintiendo el frío de la ausencia allí donde la noche anterior solo había habido fuego.

Se levantó y caminó desnuda hasta el ventanal que dominaba el río Moscova, el vidrio frío contra su piel desnuda, y observó la ciudad despertar. Algo en su interior le decía que Alexander no era un hombre fácil de retener, que su imperio, el antro, los negocios oscuros que siempre insinuaban, pero nunca explicaban, era un competidor feroz por su atención.

Recordó las palabras de Lorena la noche anterior, la broma sobre el italiano Marco Aurelio, y por un instante se preguntó si no estaría cometiendo el mismo error que Laura: entregarse a un hombre que veía el amor como un territorio más que conquistar. Pero entonces recordó la forma en que Alexander la había mirado, la forma en que sus manos habían recorrido su cuerpo con esa mezcla de devoción y brutalidad que tanto la excitaba, y sacudió la cabeza. No, ella no era Laura. Ella no esperaría sumisa a que un hombre decidiera su destino.

Berlín

Mientras tanto, en una fría casa de las afueras de Berlín, Laura despertó sola en la cama conyugal. La ausencia de Fred a su lado era un peso que conocía bien, pero esta vez la almohada de él aún conservaba la forma de su cabeza y el olor de su perfume. La noche anterior había sido un torbellino: la llamada, las bromas de su hermana, el beso posesivo de su esposo, el sexo salvaje que había seguido. Pero al despertar, todo parecía haberse desvanecido como un sueño. Se levantó y fue a la cocina, donde encontró a Fred frente a la ventana, una taza de café humeante en la mano, su espalda ancha y recta como la de un soldado en guardia.

 "No dormí", dijo él sin volverse, y Laura supo que algo había cambiado. "Estuve pensando toda la noche en lo que dijo tu hermana, en ese italiano, en todo". Laura sintió un nudo en la garganta. "Fred, fue una broma, una estupidez para molestarte". Finalmente, él se giró, y ella vio en sus ojos algo que nunca había visto: inseguridad. "No sé si puedo seguir así, Laura. No sé si puedo ser el rey de un imperio que parece querer derrumbarse a cada instante". Las palabras colgaron en el aire como un hacha a punto de caer, y Laura sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Moscú

Dimitri había preparado el desayuno en el comedor privado de la mansión, un espacio que normalmente reservaban para las ocasiones especiales. La mesa de roble estaba cubierta con delicadas porcelanas y flores frescas, un contraste casi cruel con la gravedad del momento. Lorena se sentó frente a él, sus manos alrededor de la taza de té, observando cómo su esposo jugaba con el borde de su plato sin comer. "He recibido una oferta", comenzó Dimitri, y la palabra cayó entre ellos como una piedra en aguas quietas. "Una empresa italiana, la más importante del sector, quiere expandirse a Rusia. Me ofrecen una alianza que podría duplicar el valor de mis negocios. Pero hay una condición: debo viajar a Milán durante seis meses para supervisar personalmente la fusión".

 Lorena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. "¿Seis meses?", repitió, su voz apenas un susurro. "Dimitri, tenemos los niños, tenemos nuestra vida aquí, tenemos... nosotros". Él levantó la mano para detenerla, y en ese gesto, Lorena vio algo que nunca había visto: el titubeo de un hombre que está a punto de elegir entre dos amores. "Por eso quería hablar contigo antes de aceptar. Quiero que vengas conmigo, que nos llevemos a los niños, que hagamos de esto una aventura para nuestra familia". Lorena abrió la boca para responder, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. ¿Dejar Moscú? ¿Dejar a Valentina, a su vida, a todo lo que habían construido? Pero entonces miró los ojos de Dimitri y vio el miedo, el miedo de un hombre que la amaba pero que también amaba su imperio, y supo que la respuesta no era tan simple.

Mientras tanto, Valentina había decidido no quedarse en su apartamento esperando a Alexander. Con un vestido rojo que desafiaba el frío moscovita y unos tacones que hacían ruido como disparos en las aceras adoquinadas, se dirigió al antro. Necesitaba respuestas, y sabía que solo las encontraría en la boca del león. La entrada trasera del local, la que solo conocían los empleados de confianza, estaba custodiada por un guarda de dos metros que la reconoció al instante. "El jefe no está", gruñó, pero Valentina lo apartó con una mirada que había derribado a hombres más duros. "No vine por él", mintió con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Vine por información". Dentro del antro, en la oficina privada de Alexander, todo era orden perfecto y lujo discreto.

 Valentina empezó a revisar los papeles sobre el escritorio, buscando algo, cualquier cosa que le explicara las desapariciones, los silencios, las notas en cirílico. Y entonces lo encontró: una fotografía vieja, desgastada por el tiempo, donde un joven Alexander aparecía junto a una mujer de cabello oscuro y ojos tristes. Al dorso, una inscripción en italiano: "Para siempre, mi amor. Hasta que la muerte nos separe. Firmado: Isabella". Valentina sintió que el mundo se detenía. ¿Isabella? ¿Quién era Isabella? ¿Y por qué Alexander guardaba su foto en la oficina donde recibía a sus amantes?

Berlín

En Berlín, la conversación entre Fred y Laura había escalado a una discusión que parecía no tener fin. Él, acusándola de no valorar su esfuerzo, de reírse de él con su hermana; ella, defendiéndose con la verdad de que solo había sido una broma, que no entendía por qué él se aferraba a sus celos como un náufrago a una tabla. "No es la broma, Laura", gritó Fred, dando un puñetazo en la mesa que hizo saltar las tazas. "Es todo.

 Es que llevo años sintiendo que compito contra fantasmas, contra recuerdos de hombres que tú misma inventas para hacerme sentir menos". Laura se levantó, las lágrimas quemándole los ojos. "¿Así que esto es lo que piensas de mí? ¿Que paso la vida humillándote? Fred, te amo, te he amado desde el primer día, a pesar de tu maldito orgullo, a pesar de tu manía de controlarlo todo, a pesar de que a veces me haces sentir que soy solo un trofeo en tu vitrina". Él se acercó, sus manos temblorosas, y la tomó por los hombros con una fuerza que bordeaba la desesperación. "Entonces, si me amas, dime la verdad. Dime que no hay nadie más. Dime que ese italiano no significa nada". Laura lo miró a los ojos, y por primera vez en años, no supo qué responder.

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