Sofía Miller, la brillante directora creativa de Big Eye Creative, y Sebastián Lombardi, el reservado CEO que lucha por salvar la empresa de su padre, se ven obligados a trabajar juntos. En el proceso, la tensión laboral se transforma en un amor apasionado. Sin embargo, la misma noche en que él le propone matrimonio, un rival provoca un trágico accidente de coche.Al despertar, Sofía recibe un doble impacto: Sebastián está en coma y ella espera un hijo suyo. Un año después, el CEO abre los ojos, pero una amnesia severa ha borrado su último año de recuerdos. Sebastián no reconoce a Sofía y cae en las redes de Daphne, su calculadora exprometida que vuelve para quedarse con su fortuna.Protegida en secreto por el abuelo de su bebé, Sofía regresa a la oficina y a la clínica para dar una batalla silenciosa. ¿Podrá el recuerdo de su amor y el latido de su hija Lucía romper el hielo de su memoria, o se perderá para siempre? Una historia de traición, intriga y reconquista.
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CAPITULO 14. EL PRECIO DE UNA TRAICION.
La noche se sentía inusualmente fría y densa en la ciudad. Tras abandonar el edificio de la agencia con el dispositivo USB oculto en el bolsillo de su abrigo, Tom manejó con el corazón desbocado hacia el punto de encuentro acordado. Alan había sido sumamente estricto: nada de bares lujosos ni restaurantes donde alguien pudiera reconocerlos. La cita era en el tercer sótano del estacionamiento subterráneo de un centro comercial abandonado en las afueras, un lugar lúgubre, mal iluminado y envuelto en un silencio sepulcral.
Tom estacionó su coche y apagó los faros. A los pocos minutos, un imponente sedán negro de vidrios polarizados se detuvo justo al lado. La ventanilla del conductor bajó lentamente, dejando ver el rostro pulcro, elegante y frío de Alan Vance. Su sonrisa arrogante brillaba bajo la tenue luz fluorescente del techo de concreto.
—Puntual como siempre, Tomás —saludó Alan con un tono de voz arrastrado y cargado de superioridad—. Sube al coche. No es seguro hablar en el pasillo.
Tom tragó saliva, sintiendo que la boca se le ponía pastosa. Abrió la puerta del copiloto y se deslizó en el interior del vehículo, el cual estaba impregnado de un fuerte olor a cuero nuevo y tabaco caro. Alan lo miró de reojo, analizando el nerviosismo que se reflejaba en los ojos del contable.
—¿Traes lo que te pedí? —preguntó Alan sin perder el tiempo en cortesías, extendiendo una mano con los dedos arqueados.
Tom metió la mano en su abrigo con dedos temblorosos. Sacó la pequeña memoria USB de color negro y la sostuvo entre ambos, dudando por una fracción de segundo. En su mente apareció la imagen de Sofía sonriendo en la oficina, feliz por el éxito de su trabajo. Sabía perfectamente que lo que contenía ese dispositivo era el alma del departamento creativo, el esfuerzo de noches enteras de desvelo.
—Aquí está todo —dijo Tom con la voz un poco ronca, reteniendo el dispositivo un momento—. Los eslóganes, las maquetas visuales de los tres formatos, la paleta de colores definitiva y la estrategia de medios que ideó Sofía. Es la campaña completa. El lunes a primera hora se suponía que haríamos la presentación oficial ante tu junta directiva.
Alan le arrebató el USB de las manos con un movimiento rápido y certero, como un depredador capturando a su presa. Conectó el dispositivo a una tableta que tenía sobre el tablero y comenzó a revisar los archivos. A medida que las imágenes de la campaña de Sofía se desplegaban en la pantalla, los ojos de Alan se iluminaron con una satisfacción malévola. Los diseños eran sencillamente perfectos; era una obra de arte publicitaria que garantizaría millones en ganancias.
—Espectacular... —murmuró Alan, soltando una risa silenciosa y fría—. Sofía realmente es una genio en lo suyo, hay que reconocerlo. Es una lástima que todo este talento vaya a servir para cavar la tumba de su querido CEO.
—Recuerde nuestro trato, señor Vance —intervino Tom con firmeza, intentando calmar la culpa que le oprimía el pecho—. Usted me prometió que a Sofía no le pasaría nada malo. Ella no puede ir a la cárcel ni perder su licencia profesional por esto. Todo el peso del supuesto error debe caer sobre los hombros de Sebastián Lombardi y su mala gestión de la seguridad del servidor.
Alan apartó la vista de la pantalla y miró a Tom con una expresión de fingida empatía, dándole una palmada condescendiente en el hombro.
—No te preocupes por eso, Tomás. Tengo todo fríamente calculado —mintió Alan con total naturalidad—. Mañana mismo le entregaré estos archivos al director de Impact Media, la agencia competidora directa de ustedes y que también estaba peleando por la cuenta de Sailing Dreams. Ellos están desesperados. Van a imprimir estos mismos diseños y los van a lanzar en las primeras páginas de los periódicos digitales e impresos este domingo por la noche, alegando que es su propuesta original registrada semanas atrás.
Tom abrió los ojos de par en par, asimilando la magnitud del escándalo.
—¿Y qué pasará el lunes en la reunión? —preguntó con el pulso acelerado.
—El lunes por la mañana, cuando Sebastián y Sofía entren muy sonrientes a nuestra sala de juntas a proyectar sus diapositivas, yo mismo proyectaré las capturas de prensa del domingo —explicó Alan, recostándose en su asiento de piel con regocijo—. Acusaré formalmente a Big Eye Creative de haber plagiado descaradamente el trabajo de Impact Media. Diré que Lombardi intentó estafar a nuestra corporación vendiéndonos una campaña robada para salvar su empresa de la quiebra. El director general de mi empresa se pondrá furioso. Cancelará el contrato de exclusividad de cinco años de forma inmediata y demandará a la agencia por daños y perjuicios.
—¿Y Sofía? —insistió Tom, apretando los puños.
—Sofía quedará en shock, por supuesto. Ella sabrá que no robó nada, pero ante los ojos del mundo corporativo, la culpa recaerá en el descuido de Sebastián por no proteger la propiedad intelectual de su directora —continuó Alan, destilando veneno—. Lombardi quedará destruido, humillado y enfrentando demandas millonarias que liquidarán por completo los pocos activos que le quedan a su agencia. Tendrá que cerrar las puertas y la quiebra será absoluta. Y entonces, tal como te prometí, tú aparecerás como el salvador. Consolarás a Sofía en su peor momento, le harás ver que Sebastián solo la arrastró al fracaso y le ofrecerás un puesto de honor en la nueva agencia que tú y yo levantaremos con el presupuesto de Sailing Dreams. La tendrás comiendo de tu mano, Tomás.
Las palabras de Alan volvieron a actuar como un bálsamo narcótico para los celos de Tom. Se imaginó a Sofía llorando en sus brazos, buscando su apoyo y dándose cuenta, por fin, de que él era el único hombre leal que siempre había estado allí para cuidarla. La obsesión terminó por sepultar el último rastro de dignidad que le quedaba al contable.
—Está bien —sentenció Tom, abriendo la puerta del coche para retirarse—. El lunes actuaré con total normalidad en la oficina. Nadie sospechará de mí. Asegúrese de que el golpe sea letal para Lombardi.
—Lo será, amigo mío. Te lo aseguro —concluyó Alan, despidiéndolo con un frío movimiento de cabeza.
Tom bajó del vehículo y regresó a su coche con las manos sudorosas y la respiración agitada. Al encender el motor y salir del estacionamiento abandonado, sintió que había vendido su alma al diablo, pero el deseo enfermizo de poseer a Sofía justificaba cualquier traición en su mente.
Mientras tanto, en el sedán negro, Alan Vance guardaba la tableta en su maletín de piel con una sonrisa de triunfo absoluto. No le importaba en absoluto el futuro de Tom ni la felicidad que le había prometido. Para él, todos eran simples peones en su tablero de venganza. El lunes por la mañana, el paraíso que Sofía y Sebastián habían construido con tanto amor y esfuerzo se iba a convertir en un verdadero infierno.