Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
NovelToon tiene autorización de Luna Azul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
6.
DANTE SPENSCER
Mi hermana entró.
— Hermano — mi cuarto estaba hecho desastre. Había tirado todas mis cosas — ¿Qué has hecho?
— Eres cruel conmigo — le dije — Sabes que detesto que me vean, y traes una chica para que me vea en este estado. Llama a Silvia y que regrese.
— Dante ya — ella me gritó — el egoísta eres tú. Nuestra nana ya debe descansar, ya dio todos sus años a nuestra familia, a ti, a tú cuido, ella está enferma, no seas así con ella.
— Entonces que sea Gerald.
— ¿Qué tiene de malo Elena? Hermano, ella no puede irse, me costó encontrar alguien para trabajar aquí, sabes que ella atiende todo y soy consciente que es demasiado trabajo para ella, pero aquí está ella, haciendo todo.
— Le estas pagando no debería quejarse.
— No se ha quejado. No seas malo con ella. Tú sabes bien que yo no puedo estar 24 horas aquí, tengo que ver mi boutique y tu empresa. Por favor ayúdame.
Giré mi silla hacia la ventana. Gabriela me abrazó.
— Perdóname Gabriela. A veces solo quiero morir — empecé a llorar — Esto no es vida. Ya no quiero molestarte. Soy un estorbo para ti.
— No digas eso Dante. Yo te quiero mucho. Deberías darte la oportunidad de la cirugía.
— No.
— Voy a llamar a Elena para que limpie tu cuarto. Por favor solo ignórala. ¿Sí?
Ella salió. Odiaba que alguien más, ajena a mi familia, viera lo estúpido y vulnerable que era.
Gabriela entró con Elena.
— Solo ignora a Dante — escuché lo que ella le decía — cualquier cosa me llamas.
Ella salió.
Elena vestía unos jeans y una camiseta. No traía su uniforme. Empezó a recoger todo en un silencio total, sin ni siquiera verme por un segundo. Yo la observaba de reojos desde un rincón de la ventana.
Ella recogió un antifaz, lo miró y lo puso en la cama. No preguntó nada, solo lo puso ahí.
Cuando terminó ella salió. Me acerqué a la cama y tomé el antifaz, ese maldito antifaz qué lo odiaba más a que nada en este mundo. Suponía que esto tenía que tapar esta horrenda cicatriz. Nunca lo usé porque nunca salí de mi cuarto, no había motivo para ocultar mi cara.
Me acosté en la cama. Si algo hacía bien yo solo, era pasarme de la silla de ruedas a la cama o darme mi ducha sin ayuda de nadie.
Pasé el resto de la tarde, acostado.
Llegó la noche y no pedí cena. Mi apetito se había retirado. Me sentía enfermo, cuando tenía estas crisis mi cuerpo lo sentía y se manifestaba con fiebre altas.
Tomé el celular. Eran casi media noche. Sería una grosería si llamaba a Gabriela. Ella estaba casada y no podía estar fracturando su relación de esta manera.
Me sentía realmente mal. Me aguanté. Cerré los ojos y traté de dormir.
A la mañana siguiente me sentía agotado. La fiebre no cedía. Marqué por error a Elena. Colgué de inmediato.
Ella entró a los pocos minutos.
— Buenos días, señor Dante — traía puesto su uniforme — ¿necesita algo?
La miré. Mi respiración era pesada. Ella se acercó y tocó mi frente, casi en mi cicatriz.
— Dios mío, tiene fiebre. Voy a llamar a doña Gabriela.
— No lo hagas. Ella ya estuvo ayer aquí perdiendo el tiempo. Solo busca medicina y listo. Solo es fiebre.
— Ya regreso — ella salió.
Sentía mis ojos como un par de huevos cocidos, mi respiración era puro aire caliente y mi cuerpo se sentía como un saco de piedras.
Ella entró, traía en sus manos un vaso con agua, medicina y una panita con agua.
— ¿Puede sentarse? — me senté, ella me dio una pastilla y un vaso con agua.
— Gracias — me acosté de regreso.
Cerré los ojos. Ella puso una toalla húmeda en mi frente. Abrí los ojos de golpe. La miré tan de cerca. Sentí vergüenza. Cerré mis ojos.
— Déjame solo. Si me siento peor, te llamo.
— Lo siento, no me iré hasta que la fiebre baje. Para eso me contrató doña Gabriela.
No tenía energía para discutir. Ahí la dejé. Ella se sentó cerca de la cama, pero no me miró ni una sola vez. Estaba ahí como un robot, sería y distante.
ELENA DUARTE
Me quedé cerca. No podía ignorarlo en un 100 por ciento, además, me pagaban por atenderlo. Él se quedó dormido. Le hacía cambio de la toalla cada 15 minutos. Lo pude ver bien y de cerca. El señor Dante tiene un rostro lindo, si no fuera por esa cicatriz, bien podía verse como un modelo.
La fiebre no salía.
Recordé que cuando mi madre no podía comprarme medicina cuando estaba con fiebre, ella se quitaba la ropa (se dejaba en ropa interior) y me acercaba a su pecho, ella decía que así su cuerpo absorbia el calor.
No debería pensar en locuras.
—Señor Dante, es hora tomar la medicina. Ya han pasado 4 horas.
Él medio abrió los ojos. Sus labios se veían rojos. Se sentó obedientemente y la bebió.
— Debería darse una ducha. Eso le va a ayudar.
— Está bien. — No refutó.
Me sorprendió que él solo se pasara a la silla de ruedas. Y fuera al baño.
— No entres. Yo puedo.
El agua empezó a caer. Lo podía escuchar. Fui a su closet y le busqué ropa, un papel cayó al piso. Lo recogí, era una foto de él con una mujer sumamente hermosa, era la boda de ellos. Coloqué la foto nuevamente en su lugar. Puse la ropa en la cama.
15 minutos después, él salió envuelto en una toalla pero con el torso al descubierto.
— Sal del cuarto. Regresa cuando toque la medicina.
Salí del cuarto, pero me quedé tras la puerta.
No dejaba de pensar en la foto. Sentía curiosidad sobre que pasó con ellos, ¿por qué él ahora está solo? . ¿Será que ella murió en el accidente?