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No Estoy Adaptado A Ser Padre

No Estoy Adaptado A Ser Padre

Status: En proceso
Genre:Comedia / Padre soltero
Popularitas:238
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

"No estoy adaptado a ser padre" no es una historia de amor incondicional desde el primer latido. Es la historia de un hombre que mira a su hijo recién nacido y siente... nada. Y que tarda cinco años en aprender que esa nada no es ausencia de amor, sino pánico disfrazado de indiferencia.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6: "El curso de parto"

—Me he apuntado a un curso de preparación al parto —dijo Ana una tarde, con la misma naturalidad con la que se dice "he comprado pan".

Estábamos en su sofá, ella con una mano en el vientre —ya empezaba a tener esa redondez que antes no tenía, esa curva que la delataba como una evidencia— y yo con el móvil en la mano, fingiendo que leía algo importante para no tener que mirarla a los ojos.

—¿Un curso? —pregunté sin levantar la cabeza.

—Sí. Ocho sesiones. Los martes y jueves por la noche. Empiezan la semana que viene.

—¿Y qué se hace en un curso de parto?

—Aprendes. A respirar. A pujar. A saber cuándo ir al hospital. A qué esperar. —Hizo una pausa—. También hay una sesión para las parejas. Para que los padres sepan cómo apoyar.

Levanté la vista. Su sonrisa era demasiado amplia. Demasiado inocente. Como la de un gato que acaba de derribar un jarrón y espera que el dueño no se dé cuenta.

—No —dije.

—¿No qué?

—No voy a ir a un curso de parto.

—¿Por qué?

—Porque no quiero ver a otras mujeres dando a luz. No quiero escuchar gritos. No quiero que me pongan a hacer ejercicios de respiración en el suelo mientras una señora con bata me dice "empuje, empuje".

—No es así. Es mucho más civilizado.

—¿Civilizado? ¿Dar a luz es civilizado?

Ana se rió. Pero era una risa que escondía determinación, como las de antes de nuestras grandes discusiones.

—Vas a venir —dijo.

—¿Y si digo que no?

—Entonces no te hablo en un mes.

—Eso es chantaje emocional.

—Es una motivación.

La miré y supe que había perdido. Ana tenía esa capacidad de ganar discusiones sin levantar la voz, solo con la mirada y una sonrisa que decía "ya verás como al final haces lo que quiero". Siempre me había vencido así. Y aquella vez no iba a ser diferente.

—Vale —dije, suspirando—. Pero no me hagas participar.

—Participarás. Y te va a gustar.

—Dudo mucho que me guste ver a gente dando a luz.

—No verás a nadie dando a luz. Es un curso. Con diapositivas.

—¿Diapositivas?

—Y muñecos. Para practicar.

No pregunté más. Porque tenía miedo de las respuestas.

El primer martes llegó con la puntualidad de un verdugo. Ana me recogió en su coche, porque ella conducía ahora que yo estaba demasiado nervioso para hacerlo, y llegamos al centro de salud con diez minutos de antelación. La sala era una especie de gimnasio reconvertido, con colchonetas en el suelo, sillas plegables y una pizarra donde alguien había escrito "Bienvenidos al curso de preparación al parto" con rotulador rosa.

Había ocho parejas. Todas ellas, al entrar, parecían felices. Las mujeres con sus barrigas redondas y sus manos sobre el vientre. Los hombres con sus sonrisas de "todo va a salir bien" y sus camisetas de equipos de fútbol. Yo, con mi camisa planchada y mi cara de "esto es un error", me sentí como un extraterrestre en un congreso de humanoides.

Nos sentamos en el suelo, sobre una de las colchonetas. Ana se colocó a mi lado y puso su mano sobre mi rodilla.

—Relájate —susurró.

—Estoy relajado.

—Estás tieso como una tabla.

—Es mi postura natural.

—Tu postura natural es el pánico.

No pude discutirle. Tenía razón.

La instructora, una mujer de unos cincuenta años con el pelo recogido y una sonrisa que parecía esculpida en mármol, se presentó como "Rosa" y empezó la sesión con una pregunta:

—¿Alguien sabe qué es el parto?

Las respuestas fueron variadas. "Un proceso natural", "un momento de encuentro", "el inicio de la vida". Yo, que estaba sentado en el fondo, no dije nada. Pero en mi cabeza, la respuesta era clara: el fin de mi vida tal como la conocía.

Rosa explicó las fases del parto con una claridad que me pareció sospechosamente optimista. Habló de contracciones, de dilatación, de expulsivo, de alivio. Como si todo fuera una receta de cocina: mezcla, hornea, espera, disfruta. Yo sabía que no era así. Sabía que el parto era dolor, sangre, gritos y caos. Pero no dije nada.

Luego vino la parte práctica. Rosa sacó un muñeco de plástico —un bebé de tamaño real, con brazos y piernas articulados y una cara de terror— y lo colocó sobre una mesa.

—Ahora —dijo—, las parejas van a practicar la respiración. La mujer se tumba, el hombre se coloca detrás, y juntos van a hacer el ejercicio de la respiración rítmica.

Ana se tumbó en la colchoneta. Yo me quedé mirándola sin saber qué hacer.

—Ponte detrás de mí —dijo.

—¿Cómo?

—Como en la foto. De rodillas. Con las manos en mi espalda.

Me puse de rodillas, torpe y rígido, y apoyé las manos en su espalda. Su camiseta era fina; podía sentir el calor de su piel.

—Ahora —dijo Rosa—, respiren. Inspiren profundamente por la nariz... y espiren por la boca...

Ana empezó a respirar. Yo también. Pero mi respiración era un desastre: corta, rápida, superficial, como la de un animal acorralado.

—Pablo —susurró Ana—. Tienes que respirar más despacio.

—Estoy respirando.

—Estás hiperventilando.

—Es mi respiración normal.

—Tu respiración normal es la de un ataque de pánico.

Rosa se acercó y me corrigió con la misma paciencia con la que se corrige a un niño que no sabe atarse los cordones.

—Señor, relaje los hombros. Baje la barbilla. Acompañe la respiración de su pareja. Ella es la guía, usted es el soporte.

Yo era el soporte. La palabra me sonó a hierro oxidado. Yo no era soporte de nada. Era un ejecutivo, un hombre de listas y números, alguien que resolvía problemas complejos en el trabajo pero no sabía respirar al lado de una mujer embarazada.

—Vamos a probar otra vez —dijo Rosa.

Y empezamos de nuevo. Inspirar, espirar. Inspirar, espirar. Mi cuerpo, que llevaba años desconectado de cualquier sensación, empezó a aflojarse. Los hombros bajaron. La mandíbula se relajó. Mi pecho se movía al ritmo de la espalda de Ana.

—¿Lo ves? —dijo ella, sin volverse—. No es tan difícil.

—Es raro.

—¿Raro?

—Sí. Como... como si algo se hubiera desbloqueado.

Ana sonrió. No la vi, pero la sentí.

—Eso es estar presente —dijo.

El resto de la sesión fue un desfile de ejercicios igualmente incómodos: cómo sujetar a la mujer durante las contracciones, cómo masajearle la espalda, cómo ayudarla a cambiar de posición. Todas las parejas lo hacían con naturalidad, como si hubieran nacido para eso. Yo, en cambio, parecía un robot al que le hubieran dado instrucciones incorrectas.

Pero al final, cuando la sesión terminó y las parejas se fueron despidiendo con abrazos y besos, Ana me agarró del brazo y me dijo:

—No lo has hecho mal.

—He estado pésimo.

—Sí. Pero al final has mejorado.

—Eso es como decir que un incendio ha mejorado cuando pasa de ser un infierno a ser una hoguera.

Ana rió y me dio un beso en la mejilla. Era un beso rápido, ligero, como los que se dan entre amigos, pero yo lo sentí en algún lugar más profundo.

—Vamos a seguir viniendo —dijo.

—¿Todas las sesiones?

—Todas.

—¿Y si me desmayo?

—Entonces te desmayas. Y yo sigo respirando.

Salimos del centro de salud con la noche sobre nuestras cabezas. El aire era fresco, limpio, como si el mundo hubiera cambiado durante las dos horas que habíamos estado dentro. Y quizás lo había hecho. Porque yo, que había entrado siendo el mismo hombre de siempre, salía con una sensación extraña en el pecho.

En el coche, Ana puso música suave y condujo en silencio. Yo miraba por la ventanilla, viendo pasar las luces de la ciudad, y pensaba en los ejercicios de respiración. En las manos en su espalda. En el ritmo que habíamos compartido.

—Ana —dije, al llegar a su casa—. Gracias.

—¿Por qué?

—Por arrastrarme.

—No te he arrastrado. Te he invitado.

—Me has obligado.

—Es lo mismo. —Sonrió—. Pero has venido. Y eso es lo que importa.

Me bajé del coche y caminé hacia el mío, que había dejado aparcado cerca. Antes de arrancar, abrí el bloc de notas y escribí:

"Hoy he respirado al ritmo de su espalda. No sabía que se podía hacer eso. No sabía que se podía conectar así."

Luego debajo:

"Quizás el curso de parto no es para aprender a parir. Es para aprender a estar juntos en el caos."

Guardé el bloc y arranqué el coche. Las luces de la ciudad seguían pasando, pero ya no las veía como antes. Las veía como destellos de algo que estaba empezando.

No estaba adaptado a ser padre. Pero aquella noche, después de dos horas de ejercicios ridículos y respiraciones sincronizadas, entendí una cosa: la adaptación no es un destino, es un proceso. Y yo, que nunca había sido bueno con los procesos, estaba empezando a aprender.

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