Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.
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Capítulo 17: ¿Es que de repente te he caído mal?
Me paré justo delante de él, cruzándome de brazos y mirándolo con indignación. —Vale, ya está bien —le dije, sin rodeos—. Llevo tres días intentando hablar contigo, contarte cosas, hacer bromas como siempre… y tú me tratas como si fuera una desconocida. O peor, como si te debiera dinero. ¿Qué te pasa? ¿Te he hecho algo? ¿Es que de repente te he caído mal?
Alexandro levantó la vista despacio, y en sus ojos vi una mezcla de cosas que me costó entender: molestia, orgullo herido, pero también algo más profundo, algo que dolía.
—¿Que qué me pasa? —repitió él, con una voz baja y un poco amarga—. Nada, Mariam. ¿Por qué tendría que pasarme nada? Tienes a tu nuevo amigo, Santiago. El chico perfecto. Rico, guapo, de buena familia, que te adora, que te dice todo lo que quieres oír, que te trata como una muñeca de porcelana preciosa y cara. Parece que no te hace falta nada más. Ni a nadie más. Así que yo… me hago a un lado. Como corresponde.
Me quedé mirándolo, y de repente, como si una luz se encendiera en mi cabeza, lo entendí todo.
No estaba molesto porque Santiago fuera mala persona. No estaba molesto porque yo pasara tiempo con alguien más. Estaba molesto porque… estaba celoso.
Me llevé una mano a la boca, ahogando una exclamación, y luego sonreí, una sonrisa lenta, maliciosa y triunfal. Me acerqué más a él, rompiendo esa distancia que él había puesto entre nosotros, y bajé la voz para que nadie más pudiera oírme.
—Espera un momento… —susurré, disfrutando de cada palabra—. ¿Me estás diciendo que te molesta que esté con él? ¿Qué te molesta que él me hable bonito, que me lleve flores, que esté todo el día pendiente de mí?
Alexandro desvió la mirada, incómodo, apretando más las manos en los bolsillos. —Yo no he dicho eso. Solo digo que… que él no sabe nada. Él ve lo que tú quieres que vea: la chica bonita, rica y caprichosa. Él no sabe quién eres en realidad. No sabe lo que llevas dentro, no sabe lo que has sido, no sabe el fuego que tienes. Él solo adora la apariencia, Mariam. Y tú… tú pareces encantada de dejarte adorar por cualquiera que te llame hermosa.
Esas últimas palabras las dijo con dolor, con una tristeza que me llegó directa al corazón. Y entonces, mi sonrisa de triunfo se desvaneció, dejando paso a algo mucho más suave y sincero. Puse una mano sobre su brazo, sintiendo cómo él se tensaba bajo mi tacto, pero no se apartaba.
—Cualquiera, ¿Alexandro? —le dije muy bajito, mirándolo a los ojos con toda la verdad que ahora podíamos compartir—. ¿Crees que de verdad me importa lo que diga cualquiera? Santiago es amable, sí. Es divertido, sí. Y me gusta que me admiren, ya lo sabes, es parte de mi naturaleza. Pero… —hice una pausa, acercándome aún más, hasta que solo nosotros dos existimos en ese pasillo—. Él me dice que soy hermosa, pero no sabe que soy eterna. Él me dice que soy inteligente, pero no sabe que he gobernado reinos. Él cree que me conoce, pero no tiene ni idea de quién soy realmente. Solo hay una persona en todo el mundo que sabe todo eso. Solo hay una persona que me ha visto brillar y quemarme, que me ha visto reinar y caer, que ha estado ahí desde el principio. Y esa persona no es él.
Alexandro me miró, y vi cómo esa dureza en su mirada se iba rompiendo, cómo la molestia daba paso a esa ternura inmensa que siempre tenía guardada para mí.
—Yo sé que soy solo tu guardián —murmuró él, con voz ronca—. Sé que he pasado siglos caminando detrás de ti o a tu lado, cuidando que no te pase nada, aceptando que tú eres la luz y yo solo soy la sombra que te protege. Y ver cómo llega alguien nuevo, que no sabe nada, y se pone delante de ti para darte todo lo que tú ya tienes, todo lo que tú ya eres… ver cómo te ríes con él, cómo te gusta su atención… me hace sentir que todo este tiempo no ha importado nada. Que con que te digan lo bonita que eres, ya es suficiente para ti.
Suspiré, y con mi mano toqué suavemente su mejilla, obligándolo a mirarme de frente. —Eres un tonto —le dije con dulzura, aunque con firmeza—. Eres el ser más antiguo, más sabio y más increíble que existe… y a veces eres el más ciego. ¿De verdad crees que los cumplidos de un chico de dieciocho años pueden compararse con lo que tenemos tú y yo? Él me da flores. Tú me diste la magia del bosque. Él dice que soy guapa. Tú sabes que soy eterna. Él quiere estar conmigo porque soy popular y rica. Tú has estado conmigo a través de la muerte y el tiempo.
Me acerqué más todavía, hasta que nuestras caras estuvieron a milímetros de distancia, y le susurré: —Disfruto de su atención, sí. Es entretenido. Pero no te confundas, Alexandro. La única persona que tiene mi historia, mi verdad y mi corazón… eres tú. Solo tú.
Justo en ese momento, escuché la voz de Santiago llamándome desde lejos, acercándose por el pasillo. Me aparté un poco de Alexandro, pero no quité mi mano de su brazo. Él se quedó mirándome, con los ojos brillantes, ya sin rastro de molestia, solo con esa mezcla de amor antiguo y alivio absoluto.
—Vuelves a ser el centro de atención —dijo él, recuperando un poquito de su tono habitual, aunque ahora con una sonrisa pequeña y diferente—. Y yo sigo aquí, en las sombras, viendo cómo todos giran a tu alrededor.
Le guiñé un ojo, mientras Santiago se acercaba sonriente. —Recuerda, querido —le respondí solo a él, con voz baja—: la reina puede tener cortesanos, puede tener admiradores, puede tener todo el mundo a sus pies… pero el único que reina conmigo, el único que conoce mis secretos y el único que es mi igual… eres tú. Así que no te pongas celoso, guardián. Porque, aunque todo el mundo mire a la luz, tú eres el único que sabe cómo tocarla sin quemarse.
Santiago llegó a nuestro lado, hablando animadamente, preguntándome si quería ir a tomar algo. Yo acepté con mi mejor sonrisa, brillante y deslumbrante como siempre. Pero mientras caminaba a su lado, sentía la presencia de Alexandro detrás de nosotros, caminando un poco más atrás, y sabía que ya no estaba molesto. Sabía que ahora él sabía lo que yo tenía muy claro: podía haber mil personas, mil rivales, mil admiradores… pero ninguno de ellos tenía lo que teníamos nosotros.
Y por primera vez, me di cuenta de que, aunque me encantaba ser adorada por todos, lo que realmente me importaba era ser comprendida por él.