Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.
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Capítulo 3
Capítulo 3: La curandera que no quiso mirarla
Bruna no había improvisado.
Esa idea acompañó a Aitana durante todo el camino hasta la choza de Abuela Remedios. Paloma iba a su lado, sosteniéndola del brazo con una firmeza que no admitía protestas. Cada vez que Aitana intentaba caminar más rápido, su amiga la miraba de reojo, como si estuviera a punto de cargarla sobre el hombro.
—Puedo caminar sola —murmuró Aitana.
—También podías pasar una mañana sin que un león idiota te tirara al suelo, y mira cómo terminamos.
—Paloma...
—No. Hoy no acepto tu "estoy bien". Te vi caer.
Aitana bajó la mirada a la bolsa rota. Habían salvado menos de la mitad de las hierbas. La raíz amarga estaba partida, las hojas de copalillo mezcladas con tierra y la árnica aplastada en varias partes. No era solo el trabajo perdido. Era tener que llegar ante Abuela Remedios con las manos vacías a medias, como si de verdad no pudiera hacer nada bien.
La choza de la curandera estaba al borde del patio de sanación, lejos del ruido de los entrenamientos. Olía a humo suave, resina de copal, hierbas secas y piedras calientes. Del techo colgaban ramilletes atados con hilo rojo. Sobre una mesa baja había cuencos de barro, vendas limpias y un cuchillo pequeño de obsidiana.
Abuela Remedios levantó la vista cuando entraron.
Era una mujer baja, de cabello blanco recogido en una trenza gruesa y ojos tan oscuros que parecían guardar demasiadas noches. Todos en la manada la respetaban, incluso Don Romualdo. Aitana también. Pero respeto no significaba cariño.
—Llegas tarde —dijo la curandera.
Paloma soltó una risa incrédula.
—¿Eso es lo primero que va a decir?
Abuela Remedios miró la tierra en la falda de Aitana, el rasguño de la rodilla, el polvo en las manos y la bolsa rota.
—Si me hubieran traído una muerta, habría empezado por otra frase.
Aitana apretó los labios. Paloma abrió la boca, pero ella se adelantó.
—Perdón. Fausto rompió parte de las hierbas.
—Fausto rompe todo lo que no entiende.
La curandera tomó la bolsa, revisó su contenido y chasqueó la lengua. No parecía sorprendida. Eso dolió un poco.
—Siéntate.
Aitana obedeció en el banco junto a la mesa. Paloma permaneció de pie, cruzada de brazos, mirando a Abuela Remedios como si esperara una disculpa que no iba a llegar.
—La empujó delante de todos —dijo Paloma—. Y Bruna se puso a hablar como si Aitana fuera el problema.
—Bruna habla bonito cuando quiere ensuciar a alguien —respondió la anciana, mientras humedecía un paño—. No es nuevo.
—Entonces, ¿por qué nadie la detiene?
Abuela Remedios limpió la rodilla de Aitana con más fuerza de la necesaria. Aitana inhaló entre dientes.
—Porque en una manada todos ven lo que les conviene ver.
Paloma se quedó callada.
La respuesta era fea porque era cierta.
Aitana miró sus manos sobre el regazo. Tenía polvo debajo de las uñas. El dolor de la espalda empezaba a volverse más profundo, como un moretón grande escondido bajo la piel.
—No fue culpa de Paloma —dijo.
La curandera la miró.
—Nadie dijo que lo fuera.
—Pero si Don Romualdo se entera...
—Don Romualdo ya se enteró.
Paloma se enderezó.
—¿Qué?
—En una manada, los chismes corren más rápido que los coyotes. Tu padre sabrá cada palabra antes de la cena.
Paloma se llevó una mano a la frente.
—Perfecto. Ahora me encerrará hasta la ceremonia.
—Tal vez te haga falta.
—Abuela.
—No soy tu abuela.
—Se llama Abuela Remedios. No me culpe por obedecer.
Aitana soltó una risa breve antes de poder evitarlo. Le dolió la espalda al hacerlo, pero el sonido le alivió algo en el pecho.
La curandera la observó un segundo de más.
—Tú no deberías reírte.
—¿Perdón?
—Tienes un golpe en la espalda, la rodilla abierta y tres noches para llegar entera a la Ceremonia de la Luna.
Paloma perdió la sonrisa.
—¿El golpe es grave?
Abuela Remedios palpó con cuidado los hombros de Aitana, luego la parte baja de su espalda. Aitana se quedó quieta. No quería quejarse. No quería dar más motivos para que alguien dijera que era frágil.
—No hay hueso roto —dijo la curandera—. Pero habrá moretón. Te pondré ungüento. No cargues agua hoy.
Aitana pensó en Roque y casi rió de nuevo, esta vez sin humor.
—Mi tío no va a aceptar eso.
—Tu tío aceptará lo que yo le diga si no quiere que le ponga raíz amarga en el mate durante un mes.
Paloma sonrió.
—Eso sí quiero verlo.
Abuela Remedios no sonrió. Preparó una pasta verde en un cuenco y la extendió sobre la rodilla de Aitana. El ardor inicial fue fuerte, luego llegó una frescura lenta.
—Gracias —dijo Aitana.
—No me agradezcas. Las hierbas eran malas.
Aitana bajó la mirada.
—Las buenas se rompieron.
—No. Las elegiste mal desde el arroyo.
La frase cayó seca.
Paloma frunció el ceño.
—Eso no es justo.
—La vida rara vez lo es.
Aitana sintió el viejo peso regresarle al pecho. Por un momento había esperado que Abuela Remedios dijera lo contrario, que esas hierbas servían, que al menos en eso ella no se había equivocado. Pero la anciana ya estaba limpiándose las manos con un trapo, como si el asunto no mereciera más atención.
—Puedo volver al arroyo —dijo Aitana—. Todavía hay luz.
—No vas a ninguna parte.
La voz no fue de Paloma.
Leandro estaba en la entrada.
La choza pareció hacerse más pequeña.
Aitana se enderezó de golpe y se arrepintió cuando la espalda protestó. Paloma giró hacia él con las cejas levantadas. Abuela Remedios no se sorprendió; solo siguió guardando hojas secas en una caja.
—¿Ahora los hombres del Clan Serpiente entran sin pedir permiso? —dijo la curandera.
Leandro inclinó la cabeza, apenas.
—Pedí permiso desde afuera. Nadie respondió.
—Eso suele significar que una no quiere visitas.
—También puede significar que una curandera finge no escuchar.
Paloma abrió la boca, encantada. Aitana le dio un codazo suave antes de que dijera algo.
Abuela Remedios miró a Leandro por primera vez con atención real.
—Tienes lengua para ser serpiente.
—Cuando hace falta.
El silencio entre ellos no fue hostil, pero sí tenso. Aitana miró de uno a otro sin entender por qué la presencia de Leandro cambiaba el aire. No era solo que él fuera fuerte. Había en él algo contenido, una paciencia peligrosa que hacía que hasta la curandera midiera sus palabras.
Leandro bajó la vista hacia Aitana.
—¿Puedes caminar?
—Sí.
Paloma resopló.
—Puede, pero no debería.
—Paloma.
—¿Qué? Ahora resulta que todos preguntan y tú sigues mintiendo.
Leandro no sonrió, pero sus ojos dorados se suavizaron apenas.
—Entonces no caminarás mucho.
Aitana frunció el ceño.
—¿Para qué?
—La Ceremonia de la Luna será en tres noches. Los visitantes de otros clanes ya están llegando. Después de lo de hoy, Fausto no va a dejarte tranquila.
—Eso ya lo sabía.
—No solo Fausto.
Bruna.
No dijo el nombre, pero Aitana lo escuchó igual.
Paloma también.
—¿Tú también crees que ella hizo esto a propósito? —preguntó.
Leandro miró hacia el patio, aunque desde allí no se veía nada.
—Los zorros rara vez muerden primero. Prefieren que otro enseñe los dientes por ellos.
Aitana recordó la sonrisa tranquila de Bruna y sintió un escalofrío.
Abuela Remedios cerró la caja de hierbas.
—¿Y qué propones, serpiente?
—Que Aitana vaya a la ceremonia con alguien dispuesto a interponerse.
Paloma se quedó inmóvil.
Aitana tardó más en entender.
—No.
Leandro volvió a mirarla.
—No he terminado.
—No necesitas terminar. Sé lo que la gente va a decir.
—La gente ya habla.
—Hablará peor si llego con un hombre del Clan Serpiente.
Leandro no apartó los ojos.
—Tal vez hablen con más cuidado.
El corazón de Aitana dio un golpe raro. No era una promesa romántica. No sonaba dulce. Sonaba práctico, casi frío. Aun así, había algo en esa practicidad que la desarmaba. Nadie le ofrecía soluciones. La mayoría solo le pedía que soportara.
—¿Por qué? —preguntó ella.
Leandro entendió la pregunta.
Paloma dejó de respirar un instante.
Abuela Remedios observó la escena con los ojos entrecerrados.
—Porque Fausto iba a dejarte una cicatriz en la cara —dijo Leandro—, y todos lo estaban mirando como si fuera entretenimiento.
Aitana sintió un nudo en la garganta.
—Eso no responde por qué te importa.
Esta vez, Leandro tardó.
—No lo sé.
La sinceridad fue peor que cualquier explicación.
Paloma miró a Aitana, luego a Leandro, luego otra vez a Aitana, con una expresión que decía demasiadas cosas. Aitana decidió ignorarla.
—No puedo aceptar protección de un desconocido.
—Entonces no la aceptes como protección. Acéptala como advertencia para ellos.
—¿Y qué ganas tú?
—Nada.
Abuela Remedios soltó una risa seca.
—Nadie hace nada por nada.
Leandro giró un poco la cabeza hacia ella.
—Usted cura a personas que la insultan.
—Yo cobro con obediencia.
—Entonces cobre.
La curandera lo miró largo rato. Luego señaló a Aitana con el mentón.
—Si vas a andar cerca de ella, asegúrate de que llegue viva a la ceremonia. No me sirve una paciente muerta antes de que la Luna hable.
Aitana se tensó.
—Abuela Remedios...
—Cállate, niña. Tú has tenido demasiada paciencia con gente que no merece ni tu silencio.
Paloma sonrió de golpe.
—¡Eso! Dígaselo otra vez.
—Tú también cállate.
La sonrisa de Paloma se quedó congelada.
Aitana no supo si sentirse regañada o defendida. Tal vez ambas cosas.
Leandro dio un paso hacia la mesa, tomó una venda limpia y la dejó junto al cuenco.
—No voy a tocarte sin permiso —dijo a Aitana—. Pero si vuelven a atacarte, me interpondré.
La frase era simple. Clara.
Aitana pensó en Roque, en Fausto, en Bruna, en la ceremonia que podía decidir el resto de su vida. Pensó también en esos ojos dorados mirándola sin burla.
—Está bien —dijo al fin—. Pero no camines detrás de mí como guardia. No quiero parecer más débil.
—Caminaré a tu lado.
Paloma se cubrió la boca con una mano.
—Por la Luna...
—Ni una palabra —advirtió Aitana.
Paloma bajó la mano, pero sus ojos brillaban.
Abuela Remedios terminó de vendar la rodilla de Aitana y le entregó un pequeño frasco de ungüento.
—Para la espalda. Dos veces al día. Y nada de cargar agua.
—Roque no...
—Roque vendrá a hablar conmigo si tiene problema.
La curandera se volvió hacia sus estantes, dando por terminada la consulta. Aitana se levantó despacio. Leandro se movió como si fuera a ayudarla, pero se detuvo antes de tocarla. Ella notó el gesto y, por alguna razón, eso le importó.
Ya en la entrada, Aitana escuchó la voz de Abuela Remedios a sus espaldas.
No hablaba para ella. O quizá sí.
—Esa mujer...
Aitana se quedó quieta.
La curandera murmuró más bajo, casi para las hierbas:
—Su olor no está bien.
Aitana sintió que se le helaban las manos.
Paloma no pareció oírlo. Leandro sí.
Y cuando Aitana miró hacia él, sus ojos dorados ya estaban fijos en la curandera.
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos