En el oscuro y despiadado submundo de Chicago, la dinastía criminal de los Rossi-Richi gobierna las calles con mano de hierro a través de la Santísima Trinidad: los jóvenes herederos Camilo, Franco y Elena.
Sin embargo, el tranquilo equilibrio familiar tambalea cuando Camilo, el gélido estratega del imperio, se obsesiona con Isabella Vance, una brillante restauradora de arte a quien secuestra en Nueva York tras borrar su identidad del mapa. Confinada en la mansión familiar, la profunda depresión inicial de Isabella da paso a una fría madurez. Tras comprender que la piedad no existe entre sus captores, Isabella comienza a utilizar la asfixiante fijación de Camilo a su favor para volverse indispensable en los negocios financieros.
En medio de guerras territoriales, peligrosas rebeliones y los feroces celos de Elena por mantener su lugar sagrado en el clan, se desata un letal juego de ajedrez donde la supervivencia depende de manipular la obsesión.
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Capitulo 16
La calma que siguió a la tormenta en los barrios del norte no trajo paz a la mansión de los Rossi sino una atmósfera de reconstrucción obligatoria. Las paredes de piedra oscura del ala oeste parecían absorber el eco de la reprimenda que Marco y Fabián habían dejado caer sobre los hombros de los tres jóvenes herederos. La lección había sido clara y contundente: el apellido estaba por encima de cualquier berrinche o fijación individual y la única forma de mantener el imperio a salvo era que los tres engranajes principales se movieran con la misma precisión de antes
A la mañana siguiente el sol logró abrirse paso entre las nubes grises de Chicago iluminando la sala de estar privada que Camilo, Franco y Elena compartían desde su adolescencia. La estancia conservaba los mismos sillones de cuero gastado y las mesas de madera noble donde habían pasado noches enteras planificando los movimientos contra las bandas rivales. El ambiente estaba cargado de un silencio incómodo que ninguno de los tres había querido romper desde el regreso del callejón norte
Elena permanecía sentada junto al ventanal con una taza de té entre las manos que ya se había enfriado por completo. Llevaba un jersey de lana gris que acentuaba la palidez de su rostro y sus ojos fijos en el jardín mostraban un rastro de la vulnerabilidad que el ataque del día anterior le había provocado. Franco estaba tumbado en el sofá largo limpiando la pantalla de su tableta con desgano lanzando miradas de reojo hacia su hermana pero sin atreverse a hablar para no alterar el frágil equilibrio de la habitación
La puerta de la sala se abrió con suavidad y Camilo entró vistiendo su habitual traje oscuro pero sin la corbata y con el primer botón de la camisa desabrochado un gesto de informalidad que solo se permitía cuando estaba a solas con ellos dos. No traía carpetas de contabilidad ni teléfonos en las manos su mirada ya no era la pantalla de cristal gélido que usaba en las calles de la ciudad sino que reflejaba una preocupación honesta y profunda que estaba reservada exclusivamente para su familia
Camilo caminó despacio hacia el ventanal y se detuvo a pocos centímetros de la silla de Elena. Franco levantó la vista del ordenador perdiendo la postura apática y enderezándose en el asiento consciente de que este era el momento en que la trinidad de los Rossi-Richi debía sanar sus grietas o romperse para siempre
— Elen — dijo Camilo con una voz que era un susurro cálido y desprovisto de cualquier atisbo de arrogancia o mandato de líder — Mírame por favor
Elena tardó unos segundos en reaccionar pero finalmente levantó la vista encontrándose con los ojos oscuros de su primo que la observaban con el mismo cariño fraternal con el que la había cuidado desde que eran unos niños corriendo por los pasillos de esa misma mansión
— Quiero pedirte perdón pequeña — continuó Camilo agachándose un poco para quedar a su altura y colocándole una mano firme pero increíblemente suave en el hombro — Me equivoqué contigo y con la forma en que manejé las cosas tras regresar de Nueva York. Me dejé cegar por la necesidad de controlar una situación que no tenía importancia y permití que mis palabras abrieran una distancia entre nosotros tres que nunca debió existir. Mi arrogancia te puso en peligro y si algo te hubiera pasado en ese callejón yo jamás me lo hubiera perdonado
Las palabras de Camilo cayeron como un bálsamo sobre el orgullo herido de la joven Rossi. Elena sintió que el nudo de celos y despecho que le había oprimido el pecho durante días comenzaba a disolverse ante la muestra de afecto genuino de su primo. Dejó la taza sobre la mesa auxiliar y colocó su mano sobre la de Camilo apretando los dedos con fuerza en una señal de aceptación silenciosa
— No fue solo tu culpa Camilo — respondió Elena con una voz más suave que de costumbre despojándose de la máscara de desprecio que solía usar — Yo actué como una estúpida al salir sola a las calles sabiendo el riesgo que corremos todos los días. Me dolió pensar que las cosas entre nosotros habían cambiado y que habías puesto las necesidades de una extraña por encima de la lealtad que nos une desde niños. Somos los tres contra el mundo Camilo eso fue lo que juramos antes de ir a Marsella
Franco se levantó del sofá y se acercó a ellos colocándose detrás de la silla de su hermana y apoyando ambas manos en el respaldo con una sonrisa sutil que devolvía la calidez habitual al grupo
— Bueno ya estuvo bien de discursos sentimentales que me voy a poner a llorar yo también. La verdad es que los extrañaba ver así. No me gusta andar por los muelles teniendo que cuidar que no se maten entre ustedes mientras los viejos de la Comisión intentan robarnos la mercancía
Camilo se puso en pie y miró a sus dos primos sintiendo que la fuerza que los había vuelto invencibles en el este regresaba a su cuerpo con la intensidad de un torrente de agua
— Franco tiene razón. El desorden en esta casa se terminó hoy mismo. Mi padre y tu padre Fabián nos dieron el control de las calles porque demostramos tener la mano más firme de la ciudad pero no podemos reinar si permitimos que las alimañas del norte piensen que estamos divididos
— ¿Qué tienes en mente Camilo? — preguntó Elena levantándose de la silla con una nueva energía en la mirada sus ojos grises recuperando la fijeza depredadora de los Richi — Los hombres de Moretti que me emboscaron ayer no estaban solos. Alguien les dio la ubicación de mi coche y sabían perfectamente que andaba sin escolta blindada
— Vamos a limpiar la ciudad Elena — sentenció Camilo regresando a su tono de estratega pero esta vez compartiendo el plan con sus primos como los iguales que siempre habían sido — La Comisión sobreviviente cree que puede aprovechar la transición del mando para quedarse con las rutas de distribución de la zona sur. Esta noche vamos a demostrarles que la Santísima Trinidad de Chicago sigue teniendo el control absoluto de cada esquina. Franco organiza un equipo con los hombres de confianza del puerto del norte quiero las armas listas en los maleteros para antes de las diez
— Con gusto hermano — respondió Franco con una sonrisa que mostraba las ganas que tenía de descargar la tensión acumulada en las calles — Voy a llamar al sargento de los muelles ahora mismo. Esta noche no va a quedar un solo rincón del sur sin que se entere de que los Rossi están de cacería
Elena caminó hacia el armario de la esquina y sacó su chaqueta de cuero negro ajustada colocándosela con un gesto que derrochaba seguridad — Yo me encargo de revisar los registros de las patentes del sedán que me emboscó ayer. Sé que uno de los mecánicos del casino de la zona norte estuvo hablando con la gente de Moretti la semana pasada. Voy a hacer que confiese antes de que salgamos de la mansión
— Ve con cuidado pequeña — le dijo Camilo dedicándole una mirada de orgullo — Franco te acompañará al sótano de seguridad para asegurarse de que el mecánico entienda con quién está hablando. Yo iré al despacho a informarle a mi padre que el bloque vuelve a estar unido. Él quiere ver resultados en las calles antes del amanecer y no lo vamos a hacer esperar
El resto de la tarde avanzó con una sincronización perfecta que recordó a los mejores tiempos de su campaña en Francia. La mansión Rossi recuperó esa vibración de peligro controlado que emanaba de los tres herederos cuando trabajaban en la misma dirección. Caroline y Estefany observaban desde la sala principal cómo sus hijos coordinaban los movimientos de los guardias con una madurez que ya no dejaba espacio para los berrinches individuales. La autoridad de los padres seguía siendo la ley suprema pero el orgullo de ver a la trinidad unida traía una tranquilidad tensa a los rostros de las matriarcas
A las diez de la noche bajo una lluvia fina que limpiaba el asfalto de la ciudad las tres camionetas blindadas salieron en formación perfecta por las grandes puertas de hierro de la propiedad. En el asiento trasero de la unidad de cabeza Camilo Franco y Elena viajaban juntos compartiendo el silencio previo a la acción que los definía como el trío que siempre fueron. No había distracción alguna en la cabeza del estratega, su mente funcionaba de nuevo como un ordenador analizando cada punto de la ruta del sur mientras Franco revisaba los cargadores de las automáticas y Elena ajustaba los guantes de piel en sus manos
La primera parada fue un almacén de pescado congelado cerca de los muelles del sur un lugar que la Comisión sobreviviente utilizaba como centro de acopio para el contrabando de armas que entraba desde la frontera. Los hombres de Moretti no esperaban un ataque directo esa noche y mucho menos la presencia de los tres líderes de la nueva generación en la primera línea de fuego
El asalto fue rápido y letal. Franco derribó la puerta principal con la camioneta de cabeza mientras Elena y Camilo bajaban cubriendo los flancos con una coordinación que parecía un baile ensayado durante años. No hubo negociaciones ni advertencias elegantes, la Santísima Trinidad de Chicago barrió el local en menos de diez minutos dejando claro que las deudas de la calle se pagaban con plomo y que el apellido Rossi-Richi no aceptaba competencia en sus territorios
Al terminar la operación Camilo caminó entre los escombros del almacén deteniéndose junto al último de los líderes locales que permanecía de rodillas sobre el suelo mojado temblando ante la presencia de los tres primos
— Dile a lo que quede de la Comisión en el norte que los Rossi volvieron a las calles — sentenció Camilo con una voz gélida que resonó en el vacío del almacén — Y dile que si vuelven a mirar a mi prima o a interferir en nuestras rutas lo que pasó aquí esta noche va a parecer una bendición comparado con lo que les haré sufrir
Elena se colocó al lado de su primo mirando al hombre con un desprecio absoluto que demostraba que su reinado en la ciudad estaba más consolidado que nunca tras el susto del callejón. Franco guardó su arma con una risa corta dando por terminada la limpieza del sector sur
El regreso a la mansión se realizó en las primeras horas de la madrugada con las calles de Chicago completamente pacificadas bajo el terror de la nueva administración. Al entrar al vestíbulo principal los tres primos subieron las escaleras juntos sintiendo el cansancio del combate pero también la satisfacción de haber recuperado la unidad que los volvía invencibles ante cualquier enemigo exterior
Camilo se despidió de sus primos con un abrazo corto a cada uno volviendo a asegurarles que su lugar en su vida seguía siendo sagrado. Luego caminó a paso lento hacia el ala este de la mansión deteniéndose frente a la puerta del dormitorio de Isabella. El guardia se levantó de inmediato pasando el cerrojo para dejar entrar al líder
Isabella estaba despierta sentada en la banqueta alta frente al caballete con el pincel en la mano y rodeada por el olor a disolvente que llenaba el cuarto. Al ver entrar a Camilo con la ropa salpicada por la lluvia de la noche y el rostro serio de las calles la joven no se movió, pero sostuvo la mirada con esa nueva firmeza que había desarrollado. Entendió de inmediato que el hombre que tenía enfrente volvía a ser el estratega implacable que manejaba los hilos de la ciudad y que la tregua del jardín había terminado para dar paso al orden estricto de su cautiverio definitivo.