Segunda parte de Mi hijo tendrá otro padre.
Tras su partida, Laura construye una vida tranquila junto a Marcos, quien la acompaña con ternura durante los meses de embarazo, dándole la paz que tanto anhelaba. Poco a poco, Xander logra acercarse con respeto y paciencia, formando parte de esa nueva etapa sin exigir nada a cambio, demostrando con hechos que ha aprendido la lección. Sin embargo, con el paso del tiempo, los pequeños detalles que antes hacían especial a Marcos empiezan a desaparecer, hasta que Laura descubre que le ha sido infiel.
A pesar de los intentos de él por recuperarla, la presencia de Yina —una persona que no permitirá que vuelva a lastimarla— lo hace imposible. Ante esta nueva realidad, Xander ve surgir la oportunidad que tanto había esperado: demostrar que su amor es verdadero y constante, y luchar por recuperar el lugar que le corresponde junto a la mujer que ama y a su hijo, sabiendo que esta vez deberá ganárselo día tras día.
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Capitulo 7
Pasaron los días y las ausencias de Marcos se volvieron más frecuentes y menos explicadas. Una noche, el reloj marcaba ya las once cuando escuchó por fin el ruido de la puerta. Laura se levantó despacio, había estado esperando sin querer parecer insistente.
—Pensé que volverías mucho antes —le dijo suavemente al verlo entrar—. Me dijiste que solo ibas a resolver un asunto rápido.
Marcos se quitó la chaqueta de un movimiento brusco, sin mirarla a los ojos directamente.
—Se complicó el trabajo, ya te lo dije —respondió con voz cansada—. Hay mucho que organizar y no siempre se puede calcular el tiempo.
—Pero ni siquiera mandaste un mensaje —insistió ella, con esa pequeña inquietud que ya no lograba callar—. Me preocupa que andes tan tarde sin decir nada. ¿Qué clase de asunto te mantiene fuera tantas horas?
—Cosas de la oficina, reuniones que se alargan —dijo él, evitando dar cualquier detalle concreto—. No hace falta que te explique cada paso que doy, Laura. No es nada de lo que debas preocuparte.
Ella asintió, queriendo creerle, queriendo pensar que solo era su propio miedo a quedarse sola el que le hacía ver sombras donde no las había. Pero cuando él se giró para irse a la habitación sin detenerse a preguntar cómo había pasado ella el día, sin darle siquiera un beso de llegada, sintió que ese silencio suyo pesaba mucho más que cualquier respuesta que se negaba a darle.
Laura se quedó sola en la sala, mirando hacia la puerta por donde él se había marchado, y sintió cómo esa pequeña inquietud se convertía en un nudo difícil de disolver en el pecho. No eran las horas tardes ni las ausencias en sí: era la forma en que se alejaba, como si quisiera poner distancia entre ellos sin que ella se diera cuenta. Antes, cuando tenía que salir, le avisaba con tiempo, le contaba de qué se trataba y le prometía volver pronto; ahora, sus palabras eran vagas, sus explicaciones se quedaban siempre a medias, y parecía molesto cada vez que ella intentaba saber algo más.
—No te pido cuentas ni te reclamo tu tiempo —susurró para sí misma, acariciando su vientre—. Solo te pido que no me hagas sentir que debo pedir permiso para saber dónde estás o por qué tardas. Eso no es confianza, es indiferencia.
Trató de convencerse de que estaba exagerando, de que el embarazo la hacía más sensible y de que en realidad todo seguía bien. Pero por más que lo intentaba, cada silencio de él, cada respuesta que no respondía realmente, iba tejiendo una sombra que ya no lograba apartar de su mente: la sensación de que él ya no quería compartir su mundo con ella, y que la estaba dejando fuera poco a poco, sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo.
Se sentó en el borde del sofá, con las manos entrelazadas sobre su regazo, y recordó con claridad cómo era todo apenas unos meses atrás. Entonces, él llegaba incluso antes de que oscureciera, le contaba anécdotas sencillas de su día, le hacía partícipe de cada pequeño contratiempo o alegría, como si su vida y la de ella fueran un solo camino. Ahora, en cambio, cerraba la puerta de su mundo con doble llave, y cada vez que ella intentaba asomarse, recibía solo frases hechas y muros silenciosos. No había un motivo claro, ni una discusión previa que lo explicara: simplemente, él había dejado de abrirse, como si de repente ella hubiera dejado de ser la persona en quien más confiaba.
—No son las respuestas lo que me falta —se dijo mirando la luz apagada del pasillo—, es la voluntad de darlas. Antes querías que te conociera hasta en lo más mínimo; ahora te molesta incluso que pregunte lo más necesario.
Y lo que más le dolía no era la duda, sino la certeza de que esa distancia no se debía al trabajo ni a las ocupaciones: se debía a que ya no sentía la necesidad de acercarse. Quien quiere estar cerca, busca formas de explicarse; quien se aleja, busca excusas para callar. Y en ese silencio que él le ponía por delante, Laura empezó a entender que la confianza que habían construido se estaba desvaneciendo, sin que él hiciera nada por sostenerla.