Un divorcio es solo el principio
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Insistencia absurda
El almuerzo se convirtió en un campo de batalla de egos donde Elena era el único territorio inconquistable. Viktor, acostumbrado a que el mundo se inclinara ante su billetera o su mirada de acero, activó su "modo cazador". Se reclinó en la silla, ignorando su plato, y clavó sus ojos en Elena con una intensidad que habría derretido a cualquier otra mujer.
—Elena —dijo Viktor, su voz bajando a un susurro magnético—, este juicio es una distracción vulgar. Un diamante como tú no debería estar en una oficina de abogados. Mañana mi jet sale hacia la Costa Azul. Tengo una villa que solo ha sido habitada por el silencio y el buen gusto. Deja que Dante termine de limpiar el desastre de Alberto. Ven conmigo y te enseñaré lo que es el poder real, no esta pelea de lodo legal.
Dante, que conocía a Viktor mejor que nadie, soltó una carcajada tan ruidosa que hizo que un mesero diera un respingo.
—¡Por favor, Viktor! —se burló Dante, señalándolo con el tenedor—. ¿La villa en la Costa Azul? ¿En serio? Ese truco es de 2015. Elena no busca un "dueño de isla", busca que dejen de subestimar su coeficiente intelectual. Vas a necesitar más que un avión privado para que ella te regale un "hola" sincero.
Elena ni siquiera levantó la vista de su copa de vino. Con una elegancia letal, tomó un sorbo y dejó el cristal sobre la mesa sin hacer ruido.
—Sr. Volkov —dijo Elena, su voz fría como el hielo siberiano—, si quisiera irme a Francia, compraría la villa de al lado de la suya solo para taparle la vista al mar. No necesito un guía turístico con ínfulas de emperador. Guárdese su jet para alguien que necesite escapar; yo prefiero quedarme a ver cómo el sistema tritura lo que queda de mi exmarido. Es mucho más entretenido que su charla de seductor de catálogo.
Dante estalló en risas de nuevo, dándole una palmada en el hombro a un Viktor que empezaba a ponerse de un tono rojo peligroso.
—¡Te lo dije, hermano! Bienvenido al club de los "Pintorescos". Aquí servimos realidad sin anestesia.
Mientras tanto, en el infierno de Alberto...
La desesperación ya no era una emoción para Alberto; era un estado físico. Estaba encerrado en el baño de un bar de mala muerte cerca del juzgado, salpicándose la cara con agua fría mientras sus manos temblaban violentamente.
Su abogado lo había abandonado tras descubrir que las cuentas que Alberto pretendía usar para pagarle estaban congeladas por orden de Dante. Alberto miró su reflejo: el traje de diseñador estaba arrugado, tenía una mancha de café en la solapa y sus ojos inyectados en sangre gritaban derrota.
—No puede terminar así —sollozó, golpeando el lavabo—. Ella me amaba. Ella me construyó... ¡Ella tiene que salvarme!
En un acto de demencia absoluta, sacó su teléfono. Ya no tenía acceso a sus cuentas, pero recordaba los códigos de seguridad de la caja fuerte oculta en la antigua biblioteca de la mansión, donde Elena guardaba las joyas de su abuela.
—Si no puedo tener el imperio, me llevaré los cimientos —susurró con una sonrisa torcida y macabra.
Decidió que esa noche, mientras Elena estuviera cenando con sus "amiguitos" poderosos, él entraría a la casa. En su mente narcisista, no era un robo; era "recuperar su inversión".