Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...
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Revelaciones y tormentas.
Capítulo 3: Revelaciones y tormentas
Moscú
El sol de Moscú ya se había ocultado cuando Alexander finalmente regresó al antro y encontró a Valentina sentada en su sillón, la fotografía de Isabella en su mano como una prueba irrefutable. El rostro del hombre, normalmente impasible, se contrajo en una mueca que podía ser dolor o ira, quizás ambas cosas. "No debiste hacer eso", dijo, su voz fría como el acero. Valentina se levantó lentamente, el vestido rojo cayendo como una cascada de fuego a sus pies. "¿Quién es Isabella, Alexander? ¿Una ex novia? ¿Una amante que aún esperas?" Él rió, pero era una risa amarga, sin alegría. "Isabella era mi hermana", hija ilegitima de mi padre. La confesión cayó entre ellos como un golpe. "Murió hace diez años, en un accidente que nunca se investigó realmente. Yo estaba en Moscú, construyendo mi imperio, y ella estaba en Italia, cuidando a su madre, una amante de mi padre.
Una noche, su coche se salió de una curva en la carretera costera. La policía dijo que fue un accidente, pero yo nunca lo creí. Por eso guardo su foto: para recordarme que todavía no he encontrado al responsable". Valentina sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Todo el misterio, las desapariciones, la nota en cirílico, de repente cobraba un sentido diferente. "¿Y los negocios? ¿El antro? ¿Todo esto es parte de tu búsqueda?" Alexander asintió, sus ojos perdidos en un pasado que no la incluía. "Cada noche, cada trato, cada persona que cruza esas puertas, es una pista potencial. No es un imperio, Valentina, es una investigación. Y no puedo dejarlo, no hasta saber la verdad".
Mientras tanto, en la mansión de Dimitri, Lorena había tomado su decisión. "Iré contigo a Milán", dijo, y aunque las palabras salieron firmes, su corazón latía con la velocidad de un colibrí atrapado. La alegría en el rostro de Dimitri fue tan genuina que por un momento Lorena olvidó sus dudas. "Pero con una condición: en seis meses, cuando termine la fusión, regresamos a Moscú para siempre. No quiero criar a nuestros hijos en un país que no es el suyo, no quiero ser una extranjera en mi propia vida".
Dimitri la abrazó con tal fuerza que ella sintió sus costillas protestar. "Te prometo que será solo una aventura", susurró él contra su cabello. "Te prometo que cada noche te recordaré por qué te elegí, por qué siempre te elegiré". Pero Lorena, que lo conocía mejor que nadie, supo que él también guardaba sus propios secretos. ¿Qué pasaba realmente en esa fusión? ¿Quién era el socio italiano que Dimitri no mencionaba? La duda se instaló en su pecho como una víbora, esperando el momento de atacar.
Berlin
En Berlín, Fred y Laura habían llegado a un acuerdo frágil, una tregua hecha de promesas y besos que sabían a despedida. Él se había arrodillado, algo que jamás había hecho en toda su vida, y le había pedido perdón con palabras que Laura nunca pensó escuchar de sus labios. "Sé que soy difícil, sé que mi orgullo es una maldición, pero te amo con una intensidad que me asusta. Te amo tanto que a veces desearía no hacerlo, porque el miedo a perderte me consume".
Laura lo levantó del suelo y lo besó, y en ese beso puso todo el amor y todo el rencor, todas las noches en vela y todas las dudas. "No dejaré que el orgullo nos destruya, Fred. Pero necesito que confíes en mí. Necesito que sepas que soy tuya, que siempre lo he sido, aunque a veces me ría con mi hermana o mencione a otros hombres. Eso es solo viento, ruido. Tú eres el único imperio que quiero construir". Esa noche, en la quietud de la casa alemana, hicieron el amor como si fuera la primera y la última vez. Y mientras el orgasmo los envolvía, Fred le susurró al oído una promesa que cambiaría todo: "Vámonos de Alemania. Vámonos a Rusia, a donde está tu hermana. Empecemos de nuevo". Laura abrió los ojos, la sorpresa pintada en su rostro, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que el futuro no era un muro infranqueable, sino una puerta que se abría.
Moscú
El aeropuerto de Moscú era un hervidero de emociones encontradas cuando Lorena y Dimitri, con sus dos pequeños ángeles de la mano, se preparaban para abordar el vuelo a Milán. Valentina había ido a despedirlos, su abrigo de piel abrazándola contra el frío, sus ojos brillantes con lágrimas no derramadas. "Seis meses", repitió Valentina, como si las palabras fueran un hechizo que pudiera revertir la realidad. "Seis meses sin ti, sin tus locuras, sin tus bromas". Lorena la abrazó con fuerza, sintiendo en sus brazos a la hermana que nunca tuvo. "No es un adiós, es un hasta luego. Y además, tengo un plan: cada semana, videollamada sin falta. No voy a dejar que la distancia nos separe, ni a ti ni a Laura". Pero en sus ojos, ambas sabían que los seis meses eran una eternidad, un abismo que ninguna promesa podía salvar del todo.
Fue entonces cuando la voz de Alexander resonó desde atrás, grave y controlada: "Valentina, necesito hablar contigo antes de que sea tarde". Lorena vio cómo su amiga se tensaba, cómo sus dedos se aferraban a su abrigo como si fuera un salvavidas. "Ve", dijo Lorena con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Resuelve lo que tengas que resolver. Yo estaré aquí cuando vuelvas".
Alexander la llevó a un rincón apartado de la terminal, lejos de las miradas curiosas y del bullicio de los viajeros. "He descubierto algo sobre Isabella", dijo, y su voz tembló ligeramente, un indicio de vulnerabilidad que Valentina solo había visto una vez. "El coche fue manipulado. No fue un accidente, fue un asesinato. Y el responsable está en Milán". Valentina sintió que el corazón se le detenía. "¿Milán? ¿Donde va Dimitri?" Alexander asintió, sus ojos grises fijos en ella con una urgencia que no admitía demoras. "Necesito que vengas conmigo. Necesito a alguien en quien confíe, alguien que pueda ayudarme a navegar ese mundo. No puedo hacerlo solo". La oferta colgó en el aire como una espada de doble filo. Ir a Milán significaba dejar su vida, su trabajo, su estabilidad. Pero también significaba estar cerca de Lorena, y la oportunidad de ayudar a Alexander a cerrar una herida que llevaba diez años abierta.
Valentina miró hacia atrás, donde su amiga, su esposo y sus hijos se despedían de Moscú en silencio, por seis meses, y tomó una decisión que cambiaría el curso de su vida. "Iré contigo", dijo, y al pronunciar las palabras, sintió que el destino se alineaba, que cada elección previa la había llevado a este momento.
Berlin
En Alemania, el caos reinaba en la casa de Fred y Laura. Él había iniciado los trámites para la mudanza a Rusia, pero la burocracia era un monstruo de múltiples cabezas que se resistía a ser domado. "Dos semanas", repetía Fred al teléfono, su paciencia agotándose. "Necesito que esté todo listo en dos semanas". Laura, mientras tanto, empacaba sus recuerdos: fotografías, vestidos de su juventud, cartas que nunca había tenido el valor de quemar. En una de ellas, escrita en un italiano tembloroso, Marco Aurelio le declaraba su amor eterno con palabras que ahora le parecían ridículas e infantiles. Pero en lugar de tirarla, la guardó en el fondo de una maleta, un secreto que ni ella misma entendía por qué quería conservar.
Cuando Fred entró al dormitorio y la encontró con la carta en la mano, su rostro se endureció. "¿Qué es eso?" Laura, esta vez, no mintió. "Es una carta de Marco Aurelio, de hace años. No significa nada, pero no quiero deshacerme de ella. Es parte de mi historia, Fred. Y no voy a borrar mi historia solo para que te sientas seguro". La declaración fue un desafío, pero también una ofrenda de paz. Fred la miró largamente, y por primera vez, en lugar de enfadarse, asintió. "Entonces guárdala. Pero recuerda que yo soy tu presente, Laura. Y tu futuro. Eso es lo único que importa".
El avión que llevaba a Lorena y su familia a Milán surcaba los cielos europeos cuando ella recibió el mensaje de Valentina: "Voy a Milán también. Alexander necesita mi ayuda. Nos vemos allá". Lorena soltó una risa que era mitad alegría, mitad incredulidad. El destino, ese viejo y tramposo jugador, estaba tejiendo una red que unía sus vidas de formas que nunca imaginaron. Se giró hacia Dimitri, que dormía plácidamente a su lado, y por un instante sintió una oleada de gratitud. Él le había dado todo: amor, estabilidad, una familia. ¿Y ahora le pedía que dejara atrás su vida para acompañarlo a un país desconocido? Sí, y ella había aceptado, porque el amor a veces exige sacrificios que parecen imposibles. Pero mientras el avión se acercaba a su destino, Lorena no podía evitar preguntarse qué les esperaba en esa nueva ciudad. ¿Sería realmente una aventura, como prometía Dimitri? ¿O sería el principio del fin de todo lo que conocían? Sacudió la cabeza para alejar los malos pensamientos y se concentró en sus hijos dormidos, sus rostros tranquilos, su respiración rítmica. Ellos eran su ancla, su razón para seguir adelante, incluso cuando la incertidumbre se cernía como una tormenta en el horizonte.
Mientras tanto, en el apartamento de Valentina, los preparativos para la partida eran una carrera contra el tiempo. Alexander había dispuesto todo para que el viaje fuera rápido y discreto: billetes privados, alojamiento en un piso de lujo en el centro de Milán, y una agenda que prometía ser tan intensa como peligrosa. "No sé exactamente lo que vamos a encontrar", admitió él cuando ella le preguntó por los detalles. "Pero sé que necesito a alguien que no se asuste ante lo inesperado, alguien que pueda ser mi norte en medio de la tormenta". Valentina, que se había vestido con una chaqueta de cuero y botas altas, se plantó frente a él con una seguridad que desafiaba cualquier duda. "No soy fácil de asustar, Alexander. Eso deberías saberlo ya". Él sonrió, una de esas sonrisas genuinas que reservaba solo para ella, y por un instante, el peso del pasado pareció aliviarse sobre sus hombros. "Lo sé, Valentina. Por eso confío en ti". Y en esas palabras, ella sintió que el viaje a Milán no era solo una misión de venganza, sino también una oportunidad para construir algo nuevo, para descubrir quiénes eran realmente cuando las máscaras caían y solo quedaba la verdad.
En el aeropuerto de Berlín, Fred y Laura abordaban un vuelo que los llevaría primero a Moscú y luego, quizás, a un destino incierto. Laura, que había dejado atrás la carta de Marco Aurelio junto con el resto de sus recuerdos, sentía una mezcla de miedo y esperanza. Dejar Alemania significaba empezar de cero, y empezar de cero era tanto una maldición como una bendición. "¿Estás seguro de esto, Fred?", preguntó mientras el avión despegaba, la ciudad de Berlín reduciéndose a un mosaico de luces. Él tomó su mano y la apretó, y en ese gesto, Laura sintió la misma certeza que la había llevado a enamorarse de él años atrás. "Más seguro que nunca", respondió él. Y mientras las nubes se abrían para mostrar un cielo infinito, Laura supo que el amor, a pesar de todo, siempre encontraba la manera de prevalecer, incluso cuando el odio amenazaba con devorarlo todo. El avión se perdió en el horizonte, llevándose consigo cuatro vidas que se entrecruzaban en una danza de pasión, dolor y redención, mientras el destino tejía su telaraña en algún lugar entre el amor y el odio.