Leandro está en campaña de buscar un esposo para su madre y un buen padre para él. ¿Este pequeño niño de tan solo 10 años podrá encontrar al hombre perfecto? O en su travesía descubrirá secretos escondidos de traiciones y engaños pasados que sufrió su madre.
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Misión secreta.
Mi nombre es Leandro Santilla, tengo diez años de edad, y desde hace meses he forjado un propósito que consume cada uno de mis pensamientos: "Encontrar un esposo para mi mamá".
Desde que nací en este mundo, solo hemos sido nosotros dos contra el resto del universo. Mamá siempre dice que papá partió mucho antes de que yo viniera al mundo. Ya no puedo soportar verla trabajar día y noche, con los hombros encorvados por el peso de nuestras vidas; ya no quiero que sea la única que me cuide, que me enseñe a jugar al fútbol o que me anime cuando las cosas se ponen difíciles. Necesito que alguien la apoye a ella también, alguien digno de ocupar el lugar que nunca debió quedar vacío.
Hoy no es solo cualquier día, hemos llegado a nuestro nuevo hogar, a la ciudad donde mamá nació y donde juró nunca volver. Pero aquí, en este barrio de calles empedradas y casas con flores en las ventanas, siento que puedo encontrar a ese hombre excepcional que ella merece. No será un tipo cualquiera: deberá medir al menos un metro ochenta, tener un trabajo estable que le permita no vivir de prisiones, ser de carácter noble y, por sobre todas las cosas, amar a mi mami con una pasión que no tenga rival en este mundo.
—¿Qué estás haciendo ahí, mi cariño? —su voz suena suave detrás de mí, mientras cruza la puerta con las manos cargadas de cajas.
—Nada mamá… estoy haciendo una lista para organizar nuestro nuevo hogar —miento con la voz temblorosa, guardando rápidamente el papel donde escribí todas las cualidades requeridas.
—¡Ay, mira qué bien! —su rostro se ilumina con una sonrisa cansada— ¿Una lista de muebles? ¿O quizás estás eligiendo el color de tu habitación, mi pequeño Leo?
Me giro lentamente hacia ella, estudiando su rostro, sus ojos marrones, tan profundos, sus labios que ahora se curvan en esa sonrisa que solo me da a mí. Decido lanzarme a la pregunta que llevaba días preparando.
—Mami… ¿a ti cómo te gustan los hombres?
Se queda petrificada en el umbral. Sus ojos se abren como platos, y un rubor intenso le pinta las mejillas hasta las orejas. Traga saliva con dificultad, como si se hubiera quedado sin aire.
—Bueno… a mí me gustan buenos —susurra, acercándose hasta mí para tocarme suavemente la mejilla con su dedo índice — Así como mi príncipe… tú eres el mejor hombre que he conocido en mi vida.
—Bien… pero ¿qué más? ¿Les gustas altos? ¿Con pelo claro o oscuro? —insisto, sintiendo cómo se me acelera el corazón.
—Leo… —sus voz se hace seria, y sus cejas se fruncen con preocupación— ¿Qué te traes entre manos, hijo mío? ¿Por qué estas preguntas tan raras?
—Nada, mami, solo es curiosidad.. ¿Cómo era mi papá? ¿Era alto, guapo, de buen carácter como tú dices?
Esa pregunta siempre nos conmueve a ambos. Para mí, es un misterio que quiero desentrañar; para ella, un dolor que nunca ha sanado del todo.
—Bueno… tú te pareces muchísimo a él, así que sí —digo, con la voz entrecortada, abrazandolo con fuerza contra mi pecho — Eras igual de pequeño, igual de tierno… pero tú, mi príncipe, eres mucho mejor que él.
—¿De verdad no quieres un esposo, mami? ¿No crees que estaríamos más felices los tres?
—No creo que necesite a nadie más en mi vida, amor —susurra, dejándome un beso en mi cabello — Porque tengo el mundo entero justo aquí, entre mis manos. Tengo a ti.
—¿De verdad? —pregunto, con la voz quebrada.
—De verdad, mi amor. Ven, vamos a lavarnos los dientes, mañana es tu primer día en el nuevo colegio, y no quiero que llegues cansado.
Mamá no lo admitirá todavía, pero yo no puedo rendirme. Esta misión es más importante que cualquier otra cosa en mi vida. Conseguiré un esposo para ella, a cualquier precio.
Al día siguiente, nos preparamos juntos como siempre, ella me peina con paciencia, desenredando cada rizo con cuidado para que no me duela; me pone la camisa de cuadros azul que tanto me gusta, ajustándome los puños con esmero. Yo, a mi vez, le ayudo a abrochar el botón más alto de su blusa blanca, el que siempre se le escapa por encima del cuello. Cuando terminamos, ella toma mi mano y salimos hacia el colegio.
Mientras ella realiza el papeleo en la oficina de la directora, yo me quedo en el pasillo, inspeccionando cada rincón con los ojos bien abiertos. Busco en cada rostro, en cada figura alta que pase cerca. Necesito encontrar a alguien que cumpla con todos los requisitos.
—Hey, amigo! ¿Eres nuevo aquí?
Giro la cabeza rápidamente y veo a un hombre que se acerca con una sonrisa cálida. Es alto, más de un metro ochenta, estoy seguro, con el pelo castaño corto y unos ojos que brillan con amabilidad.
—Buenos días, señor, sí, soy un nuevo estudiante en este instituto —le respondo, tendiendo la mano con la educación que me enseñó mamá.
—¡Wow, qué buenos modales tiene este chiquito! —exclama, estrechándome la mano con fuerza justa— Yo soy Nahuel, el profesor de matemáticas. Pero para ti, solo Nahuel.
—Mi nombre es Leandro Santilla, es un placer conocerlo, profesor —insisto en el tratamiento respetuoso, porque mamá dice que la educación abre todas las puertas.
—Es la primera vez que veo a un niño de diez años tan aplicado y educado —dice, admirado, mientras me pone una mano en el hombro— Me gusta mucho eso.
Justo en ese momento, escucho la voz de mamá resonando con un toque de enojo en el pasillo.
—Leo! ¿Por qué te alejaste de mi lado? ¿No te dije que te quedaras cerca mío?
Se acerca con paso firme, sus cejas fruncidas y una pequeña arruga entre ellas que aparece cuando está molesta o preocupada. Pero cuando gira la cabeza y se encuentra con la mirada de Nahuel.
—Buenos días, profesor —dice, extendiendo la mano con una elegancia que solo ella tiene.
—Ahora veo de dónde viene tan buena educación este pequeño —contesta Nahuel, estrechándole la mano con calidez, y sus ojos no la dejan de mirar ni por un segundo— Es un placer conocerla, señora.
Mamá me lanza una mirada acusatoria que dice más que mil palabras, ya sabe que estoy tramando algo. Pero yo solo sonrío inocentemente.
—¿Mami, ya puedo ir a mi nuevo salón? La directora dijo que me llevaría ella misma —digo, apurándome para darles un poco de tiempo a solas.
—Sí, mi amor. Pórtate bien en tu primer día, haz muchos amigos y no te olvides de comer toda tu merienda —me besa en la frente, y luego vuelve la mirada hacia Nahuel— Mucho gusto, profesor. Hasta pronto.
La veo alejarse con su porte seguro, mientras el profesor la sigue con la mirada hasta que desaparece por la puerta del pasillo. Cuando finalmente la pierde de vista, se vuelve hacia mí, y su rostro está tan rojo como un tomate maduro.
—Mi mamá es muy bonita, ¿no cree, profesor? —digo, con una sonrisa maliciosa.
—¿Disculpa?… sí, claro —susurra, pasándose la mano por el pelo con nerviosismo— Tienes una mamá muy… agradable. Ven, Leandro, te llevo hasta tu salón antes de que empiece la clase.
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Salgo apresurada por las calles, tratando de ajustar mi falda y sujetar mi bolso con una mano, mientras con la otra intento ver la hora en mi viejo reloj de pulsera. Tengo que llegar a tiempo a la entrevista de trabajo es la oportunidad que necesito para darle a Leo una vida estable. Pero primero tendré que tener una seria charla con ese pequeño diablillo ¿tan sola o tan triste me ve que se ha puesto a buscarme pareja? No puedo creerlo…
A la entrada del lujoso hotel “El Jardín de las Rosas” veo a Rafael esperándome. Su figura alta y delgada se destaca entre la multitud que va y viene; sus ojos marrones brillan con impaciencia cuando me ve llegar.
—¡Amiga, te dije que fueras puntual! ¡Se te va a escapar la oportunidad de tu vida! —grita desde la acera, haciendo que algunas personas nos miren.
—Pero si todavía faltan cinco minutos para las nueve —respondo, mostrándole mi reloj con seguridad.
—¡Cambia ese reloj que ya está obsoleto, Briella! Son pasadas las nueve y diez —me agarra del brazo y me lleva hacia la entrada— Vamos, corre, antes de que cierren las inscripciones.
Maldición… es verdad. Mi reloj se desajustó de nuevo. Al entrar, veo una larga fila de personas esperando para la misma plaza de recepcionista. Es una desventaja tener tantos competidores, pero también una señal de que el trabajo es bueno, el sueldo es excelente y el horario me permitiría cuidar de Leo sin problemas.
Este hotel fue uno de los más exclusivos de la ciudad cuando me fui huyendo hace once años. Nunca imaginé que tendría que regresar a este lugar, donde viví algunos de los momentos más felices… y los más dolorosos de mi vida. Pero aquí estoy, lista para enfrentar el pasado y seguir adelante con mi hijo.
Una a una, las personas pasan a su entrevista, hasta que por fin escucho mi nombre: “Briella Santilla, por favor”. Arreglo las arrugas de mi falda negra con las manos temblorosas, respiro hondo y entro decidida a conseguir ese puesto.
La entrevista es breve, pero intensa. Examinan mi currículum con atención, pasando la vista por cada una de las páginas. Al final, me informan que los resultados serán enviados vía correo electrónico en las próximas horas. Salgo de la sala con las piernas temblando, ojalá la suerte esté de mi lado esta vez.
—¿Cómo te fue, Briella? —pregunta Rafael cuando salgo, con la frente fruncida por la preocupación.
—Creo que bien… había mucha gente, así que solo me queda esperar a ver qué decide el destino para nosotros —respondo, sentándome en un banco de la entrada.
—¡Ojalá que sí, amiga! No tienes idea de cuánto los extrañé a ti y a Leo en todos estos años —me abraza con fuerza, y siento cómo el peso de los años desaparece un poco— Me alegro muchísimo de que hayas decidido volver.
—Yo también estoy feliz de estar aquí, Rafa —susurro, abrazándolo de vuelta— Extrañaba esta ciudad, extrañaba tus tonterías, extrañaba tener a alguien en quien confiar.
—¿Y… estarás bien aquí? —pregunta, acercándose un poco más, con una expresión seria en el rostro— ¿Segura de que quieres volver a este lugar donde… donde todo pasó?
—Claro que sí —respondo con firmeza — Han pasado once años, Rafa. Esos personajes ya no deben acordarse de mí. Seguro que ahora son muy felices, disfrutando de su vida… al igual que yo lo soy con mi Leo. Él es el hombre de mi vida, y con él soy la mujer más dichosa del mundo.
—Esos malditos no merecen ni un ápice de felicidad —gruñe Rafael, apretando los puños— Más que nadie Octavio… ese cobarde que te dejó así...
—Por favor, Rafa, no quiero hablar de eso el primer día que nos volvemos a ver —digo, con la voz entrecortada, y luego me río con fuerza para cambiar de tema— Mejor dime cómo te has portado todos estos años. ¿Ya encontraste a la mujer de tu vida? ¿Tienes novia?
—Tenía, hasta hace tres meses —contesta, encogiéndose de hombros con una sonrisa triste— Pero creo que no soy hecho para el compromiso, Briella. Soy un desastre en esas cosas.
—No digas eso, Rafa —le doy un golpe suave en el brazo— Eres un hombre excelente, nunca lo olvides. Y ya verás que encontraras a alguien que valore todo lo bueno que tienes.
Después de un silencio corto, continuo hablando, sintiendo cómo la risa me alivia el alma.
—Pero déjame contarte las locuras de tu ahijado. ¿Te imaginas que está haciendo campaña secreta para encontrarme un esposo? ¡Ya se le ocurrió incluso hacer una lista de requisitos!
—¡Ja, ja, ja! ¡Qué bribón tan bueno! —se ríe a carcajadas, golpeando la pierna con la mano— Bueno, a decir verdad, ya se tardó demasiado en ponerse con eso. Tienes que volver a vivir, Briella. Tienes derecho a ser feliz también.
Ignoro sus últimas palabras y sigo contándole las travesuras de Leo, hablando de nuestras mudanzas, de sus estudios, de nuestros planes para el futuro. No tiene sentido que hable de mi vida privada… él sabe muy bien por qué cerré mi corazón para siempre.
LEO ❣️