Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
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CAPÍTULO 18: EL PUENTE QUE NO SE ROMPIÓ
Las puertas del ascensor se abrieron despacio y salimos al pasillo principal del último nivel, el más protegido y el más alto de toda la torre. El suelo era de un material liso y frío que reflejaba las luces blancas y azules de los paneles, y en las paredes había pantallas que se encendían solas a medida que pasábamos, mostrando mapas, gráficos y registros que solo yo parecía capaz de entender del todo. Los cuatro iban pegados detrás mío, en silencio, sin apartar la vista de nada, pero sin dudar ni un segundo de que yo sabía hacia dónde íbamos.
—La sala de archivos está al final —dije señalando el fondo del pasillo—. Pero antes tenemos que cruzar el puente de acceso que conecta esta torre con el edificio de servidores. Es la única forma de llegar a donde está la copia completa de todos los registros.
Caminamos hasta la gran puerta de cristal blindado que daba salida al puente. Al abrirla, el viento fuerte y frío nos golpeó de lleno en la cara. El puente era de acero, delgado y largo, suspendido a ochenta metros de altura sobre un desfiladero profundo y lleno de niebla. Apenas pusimos el primer pie sobre él, se oyó un estruendo lejano: los mercenarios ya habían logrado derribar la puerta principal de la torre y subían por las escaleras de emergencia. No tardarían más de cinco minutos en llegar hasta nosotros.
—¡Rápido, cruzad todos! —ordené sin levantar la voz, pero con firmeza—. Yo voy el último.
Álex, Bruno y Mia empezaron a avanzar con cuidado, sujetándose a las barandillas. Leo iba justo delante de mí, cuando de repente se escuchó un crujido metálico ensordecedor. Los cables principales de sujeción del puente reventaron de golpe por el lado izquierdo, y la estructura entera se inclinó bruscamente hacia abajo. Leo perdió el equilibrio, resbaló y quedó colgando solo de una barandilla suelta, con los pies en el vacío, a punto de caer al abismo.
—¡LEO! —gritamos todos al mismo tiempo.
Yo me detuve en seco. No había tiempo de correr hacia él, no había cuerda que alcanzara, no había nada que cualquier otra persona pudiera hacer en ese instante. Sabía que si no actuaba ya, caería. Cerré los ojos un segundo, respiré hondo, y dejé salir todo lo que llevaba dentro sin ocultarlo más: sentí el calor subir desde el pecho, recorrer los brazos y salir por las manos extendidas hacia adelante sin tocar el puente. La estructura entera, que ya se estaba desprendiendo del todo, se detuvo en seco, se enderezó lentamente y se mantuvo firme como si nada hubiera pasado. Leo pudo recuperar el equilibrio, subir con ayuda de Álex y Bruno, y cruzar hasta el otro lado sano y salvo.
Solté el puente cuando todos estaban a salvo, y la estructura restante se desprendió y cayó al vacío con un estruendo largo y profundo. Me quedé un momento allí de pie, con las manos temblando levemente, la nariz con un hilo de sangre y el pecho agitado por el esfuerzo. Cuando me giré hacia ellos, los cuatro me miraban con los ojos muy abiertos, sin palabras, sin miedo, solo con una mezcla de asombro y comprensión total.
—Siempre supuse que había algo más —dijo Leo por fin, con voz tranquila—. Que no era solo suerte ni cálculos. Ahora lo entiendo todo.
—Nunca se lo dijimos a nadie —añadió Mia suavemente—, pero desde el día que salvaste la viga sobre mí, yo sabía que eras diferente. No tienes que ocultarnos nada más. Eres tú, y eso es suficiente.
Asintieron todos con la cabeza, sin reproches, sin preguntas innecesarias. Sabían que mi capacidad no era un monstruo, ni un peligro, ni algo que temer: era parte de mí, y ahora era parte de nuestro equipo.
Entramos juntos a la sala de servidores, y yo puse en marcha el plan final: descargar la copia completa de todos los archivos en un dispositivo portátil, borrar los registros de acceso de los mercenarios y activar la alarma de evacuación que obligaría a cualquier persona no autorizada a salir de la torre en pocos minutos. Cuando terminamos, salimos por la salida trasera que daba al bosque protegido, el mismo camino que sabíamos que las criaturas respetaban.
Al mirar atrás una última vez, vimos cómo las luces de la torre cambiaban a un tono azul constante, indicando que el sistema estaba ahora bajo mi control. Y muy lejos, entre los árboles, se oyó un rugido largo y potente que respondió al cambio: el T‑Rex Alfa sabía que ya no éramos presas, sino los dueños de nuestra propia historia.
Caminamos juntos hacia adelante, sin prisa pero sin detenerse, sabiendo que lo peor había pasado, y que ahora sí, por fin, íbamos hacia la verdad completa.
saludos.