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Lula, la princesita de los cuatro CEO

Lula, la princesita de los cuatro CEO

Status: Terminada
Genre:CEO / Autosuperación / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:8k
Nilai: 5
nombre de autor: kiyoe

Tenía cinco años, el estómago vacío y un don que nadie le creía: Lula entiende lo que dicen los gatos, las plantas y hasta los peces del estanque. También ve lo que los demás no ven: una niebla negra que se enrosca en el cuello de quien está a punto de morir.

Cuando una desconocida se desploma frente a ella en plena avenida, la niña hace lo imposible para salvarla... y, sin saberlo, cambia su destino. De dormir sobre cartones pasa a una mansión de mármol, vestidos de seda y una familia que no se parece a nada de lo que conoció.

Los Valderrama no son una familia cualquiera. Adrián, el mayor, es un CEO helado que jura no ablandarse por una mocosa parlanchina (y ya le está sirviendo el desayuno en la boca). Sebastián, médico en ciernes, lo analiza todo con lógica y gafas. Cristóbal arma escándalos de payaso con tal de verla reír. Y Dante, el más gruñón, esconde las orejas rojas detrás de un «yo no hice nada».

Pero el mundo de los ricos es cruel, y una niña recogida de la calle tiene demasiados enemigos: socios traidores, maestras clasistas, compañeras que susurran «niña de mala suerte» y rivales dispuestos a todo por el negocio. Que se atrevan a tocarle un solo cabello a la pequeña Lula... y los cuatro hermanos les harán pagar mil veces.

Mientras tanto, el don de Lula guarda un secreto que alguien, desde muy lejos, lleva tiempo buscando.

NovelToon tiene autorización de kiyoe para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Ese día le dieron el alta a Adrián. Estaba tan sano que nadie habría dicho que había sufrido un accidente casi mortal.

La casa de los Valderrama estaba adornada con globos y luces de colores. Bernardo había organizado una pequeña fiesta para celebrar la recuperación de su hijo mayor y, de paso, presentar oficialmente a Lula ante los parientes más cercanos. El aroma de carne asada y de pastel de chocolate llenaba todo el salón de la lujosa mansión.

—Lula, no corras, que te vas a manchar el vestido de salsa —la reprendió Marina con suavidad.

Lula reía a carcajadas mientras esquivaba a Cristóbal en la sala.

—¡A que no me atrapas, Cristóbal! —lo retó, feliz.

Cristóbal aflojó el paso a propósito para que su hermanita se sintiera ganadora.

¡Zas!

De pronto, un brazo largo atrapó el cuerpecito de Lula por delante. Ella alzó la vista y se encontró con la cara impasible de Adrián.

—Ya te dije que no corras cerca de la mesa, parlanchina —la regañó él en voz baja.

Lula soltó una risita y le abrazó las piernas con fuerza.

—Perdón, Adrián. Es que Cristóbal no deja de perseguirme —se quejó, buscando defensa.

Adrián fulminó a Cristóbal, que sonreía sin una pizca de culpa.

—Cristóbal, ya estás en la preparatoria y te comportas como un crío de cinco años —lo picó.

—Que me deje en paz. Lo importante es que Lula se ríe y se divierte —replicó Cristóbal, tan campante.

Dante se acercó con un platito de trozos de melón.

—Toma, come fruta primero. No te la pases comiendo solo dulces —ordenó, tendiéndole un tenedor pequeño.

Lula abrió la boca bien grande para recibir el bocado de Dante.

—Qué dulce está el melón, Dante —lo elogió, con la boca llena.

Sebastián, que acababa de bajar del segundo piso, sonrió al ver a sus hermanos. Aquella familia había cambiado de arriba abajo desde que llegó la niña.

¡Ding, dong!

El timbre de la puerta principal anunció al primer invitado. Una empleada abrió enseguida e hizo pasar a la visita al salón.

Entró una mujer madura, de ropa llamativa y joyas de oro por todas partes. A su lado venía un niño regordete, absorto en su celular. Era Rebeca, prima lejana de Bernardo, famosa por meterse donde nadie la llamaba.

—¡Hola a todos! Qué fiesta tan animada —saludó con voz chillona.

Bernardo y Marina se pusieron la sonrisa formal para recibir a su pariente.

—Bienvenida, Rebeca. Disfrute de la comida —respondió Bernardo con cortesía.

Los ojos de Rebeca se clavaron en Lula, que estaba en brazos de Adrián. Su rostro se volvió despectivo, aunque trató de disimularlo con una sonrisa falsa.

—¿Así que esta es la niña de la calle que recogieron? —preguntó con desdén—. Dicen que hasta piensan adoptarla oficialmente.

El ambiente cálido se tensó de golpe. Adrián estrechó a Lula contra su pecho.

—Cuide sus palabras, tía. No es ninguna niña recogida. Se llama Lula Valderrama —respondió, helado.

Rebeca se sobresaltó ante la dureza de Adrián, que normalmente no le hacía caso a nadie.

—Ay, Adrián, por Dios, si solo estaba preguntando. No te pongas tan fiero —rio, incómoda.

El niño regordete señaló el plato de fruta que Dante llevaba en las manos.

—Mamá, quiero ese melón —exigió, de mala manera.

Dante apartó el plato con cara de fastidio.

—Este melón es para Lula. Dígale a una empleada que le traiga otro de la cocina —lo rechazó sin rodeos.

A Rebeca se le encendió la cara de rabia: le parecía injusto que trataran así a su hijo por culpa de una hija adoptiva.

—¿Por qué se ponen tan groseros con su propia familia por esta niña de quién sabe dónde? —protestó—. Bernardo, tú eres un gran CEO. No andes trayendo a la casa a una niña de linaje dudoso.

Bernardo suspiró hondo para contener su enojo y no arruinar la fiesta.

—Lula es hija nuestra ahora, Rebeca. Espero que respete mi decisión —dijo con firmeza.

Rebeca chasqueó la lengua y abrió su bolso de lujo.

—Como quieran. Menos mal que soy tan buena persona que les traje un regalo de bienvenida —dijo con una sonrisa taimada.

Sacó del bolso una cajita de madera con extraños grabados y se la tendió a Lula, que seguía en brazos de Adrián.

—Es un amuleto de protección que me dio un curandero conocido —explicó—. Dicen que aleja la mala suerte y atrae la fortuna. Perfecto para una niña de origen incierto.

Lula miró la cajita con los ojos redondos muy abiertos. Pero en lugar de fortuna, vio un humo gris espesísimo que salía por las rendijas. Se retorcía como una serpiente a punto de morderle la cara.

—¡No lo quiero! —gritó de repente, escondiendo el rostro en el pecho de Adrián—. ¡Esa caja huele a podrido! ¡El humo gris me quiere morder!

Rebeca la miró con furia al oír que rechazaba su regalo.

—¡Oye, niña, no seas malcriada! ¡Es un objeto caro! —le espetó, ofendida.

Adrián le apartó la mano de un manotazo y la caja cayó al suelo.

¡Pam!

La cajita se abrió y su contenido rodó afuera. No era ningún amuleto, sino un muñeco de madera, envuelto en cabello humano y atravesado por clavos oxidados.

Sebastián, que entendía de medicina y también de esas cosas de brujería, palideció al ver el objeto.

—¡Tía Rebeca, ¿qué es esta cosa?! —estalló—. ¡No es ningún amuleto! ¡Es un objeto maldito, de los que usa la gente malvada para enfermar a otros!

Marina se tapó la boca, espantada de que algo así estuviera en su casa.

Bernardo dio un paso al frente, lívido de ira.

—¿Cómo se atreve a traer esta basura a mi casa, Rebeca? —tronó.

Rebeca se puso a temblar, descubierta de golpe.

—Y-yo no sabía, Bernardo. El curandero dijo que era un amuleto de la suerte —se defendió, en pánico.

Lula señaló a Rebeca con su manita desde el refugio de los brazos de Adrián.

—La señora miente. Lo hizo a propósito para que me dé dolor de barriga y vomite sangre —dijo con inocencia, pero con filo—. Hace un rato habló sola afuera de la puerta. Dijo que a esta niña recogida más le valía morirse.

Todos los presentes miraron a Rebeca con asco y rabia.

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