Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.
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Capítulo 21
Capítulo 21. No iba a resignarse
Al oír a Martín, la persona al otro lado de la línea guardó silencio.
Solo fueron unos segundos. Parecieron siglos.
Elena estaba completamente rígida. No se atrevía a moverse, como si el menor gesto pudiera empeorarlo todo.
—Señor, ¿me escucha? —preguntó Martín con cautela, al ver que Alejandro no respondía.
—Explícate.
La fuerza contenida en aquella palabra hizo que Elena cerrara los ojos de golpe.
Oyó a Martín relatar lo sucedido. Al terminar, Alejandro dijo que iba para allá y colgó.
—Señora, voy a desalojar el local.
Martín salió con los demás. A Elena se le vencieron las piernas y se desplomó en la silla.
Hacía unos minutos había sentido que su vida cambiaba de rumbo, que por fin tenía un futuro luminoso. ¿Cómo había podido convertirse todo en aquello tan deprisa?
Si le pasaba algo a Lucía, Alejandro no iba a perdonárselo.
Todo por Nicolás. ¡Si no hubiera insistido en retenerla, la niña no habría desaparecido!
Elena se cubrió el rostro con las manos, desesperada.
Entonces surgió dentro de ella una voz que se negaba a rendirse.
No. No podía resignarse así. Tenía que encontrar a Lucía. Tenía que entrar a la Universidad de Medicina y Farmacia de Atelán. ¡Tenía que llegar a ser tan fuerte como Alejandro!
Cuando apartó las manos, su rostro había recuperado la calma. En él quedaba una determinación obstinada.
Volvió a abrir la grabación de seguridad y tomó una foto de la imagen del hombre que se había llevado a Lucía. Después se levantó y salió.
Martín había enviado a sus hombres a revisar las cámaras de los alrededores. Ella tampoco iba a quedarse de brazos cruzados.
El secuestrador había salido por la puerta trasera de la cafetería. Era la hora del almuerzo y las calles estaban llenas. Alguien tenía que haberlo visto llevarse a una niña.
Martín estaba haciendo salir a la gente cuando la vio. Se sorprendió.
Había notado el miedo y la desesperación de Elena mientras llamaba a Alejandro. Ahora parecía otra persona: firme, resuelta.
¿Habría descubierto dónde estaba Lucía?
Se acercó rápidamente.
—Señora, ¿sabe algo de la niña?
—No.
Elena sacó papel y pluma del bolso, anotó un número deprisa y arrancó la hoja para dársela.
—Si averiguan algo, avísame de inmediato.
Cuando Martín bajó la vista hacia el número, ella ya se había marchado.
La observó alejarse con la espalda erguida. ¿Qué habría pasado después de que salieran de aquella sala para que cambiara tanto?
La puerta trasera daba a una calle comercial abarrotada y llena de actividad.
Pero Elena no formaba parte de aquella animación.
No podía perder ni un instante. Detuvo a una pareja que estaba a punto de pasar junto a ella.
—Disculpen. ¿Vieron a este hombre llevarse a esta niña?
—No —respondieron los dos a la vez.
—Gracias.
Les agradeció con educación y se acercó al siguiente transeúnte.
Era mediodía y la temperatura llegaba a los cuarenta grados.
No tardó en tener la espalda empapada de sudor y las mejillas rojas por el calor.
No se detuvo.
—Dejé la foto aquí. Si alguien reconoce a este hombre, por favor, dígale que me llame. Mi número está escrito abajo.
Hablaba con una muchacha que atendía un quiosco de café.
Preguntar a los transeúntes uno por uno, mostrándoles el teléfono, era demasiado lento. Había buscado una imprenta y sacado copias de la imagen del hombre llevándose a Lucía para colocarlas en los comercios con más gente.
—Está bien —respondió la chica mientras preparaba un café para un cliente.
—Gracias.
Apenas terminó de hablar, le sonó el teléfono.
Lo sacó. En la pantalla apareció un número desconocido.
—¿Bueno?
—Señora, soy Martín. El señor Montenegro ya llegó. Está en la cafetería. Le pide que regrese.
—Voy ahora mismo.
Colgó y salió corriendo.
No estaba lejos, pero corrió tan rápido que llegó empapada de sudor y sin aliento.
No se detuvo a recuperarse. Entró por la puerta trasera.
El lugar, tan lleno hacía poco, estaba vacío. Había tanto silencio que cada paso se oía con claridad.
En cuanto entró, vio a Alejandro sentado a una mesa, con las piernas cruzadas.
Miraba algo que tenía delante y ella no alcanzaba a verle la expresión.
Pero sentía con claridad el peligro que emanaba de él. Su sola presencia había vuelto el ambiente sombrío y opresivo. Costaba respirar.
Elena cerró las manos a ambos lados del cuerpo sin darse cuenta. Se mordió el labio y empezó a acercarse.
Cada paso le exigía un esfuerzo enorme de valor y voluntad.
Era como caminar hacia un león furioso.
No. Ni siquiera un león habría resultado tan aterrador como él.
Se detuvo delante de Alejandro con la mente en blanco. Movió los labios varias veces antes de conseguir decir, muy bajo:
—Señor Montenegro...
—Explícame esto.
Él giró la tableta hacia ella.
Elena se encontró con sus ojos helados y apartó los suyos enseguida para mirar la pantalla.
En la imagen, ella llevaba a Lucía de la mano y estaba de espaldas a la cámara, frente a Nicolás. Él la miraba con ternura e intentaba tomarle la mano.
La escena parecía íntima y cálida.
Como si fueran una familia de tres.