Candelaria Echeverría nunca imaginó que un embarazo que no logra explicar, una familia que le da la espalda y un hombre al que apenas comprende terminarían convirtiendo su vida en un escándalo.
León Salvatierra sabe lo que es estar en la cima y perderlo todo. Lo que no esperaba era terminar casado con una mujer que preferiría verlo arder antes que compartir su apellido.
Ella quiere el divorcio. Él asegura que nunca tuvo una verdadera oportunidad de ser su marido.
Pero el juez tiene otros planes: un año más de matrimonio bajo condiciones que no admiten escapatoria. Una sola habitación, una sola cama y una convivencia real antes de decidir su futuro.
Doce meses para descubrir si están condenados a odiarse o si su matrimonio esconde algo que ninguno se atreve a admitir.
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...CANDELARIA ECHEVERRÍA...
Hoy es domingo, el día en que la mayoría de las personas descansa, pero yo hace tres años que no conozco el significado de esa palabra.
Quisiera poder quedarme en la cama hasta tarde, aunque fuera una sola vez, pero eso es imposible. A diferencia de mi hermano menor, que puede hacer lo que quiera bajo la protección de nuestros padres, yo tengo demasiadas obligaciones como para permitirme ese lujo.
Desde hace algunos días me siento mal. Supongo que es el estrés de la universidad, los exámenes, mi trabajo como mesera y, por supuesto, vivir en una casa donde cada vez me siento menos parte de la familia.
Cuando cumplí dieciocho años, mis padres decidieron que era demasiado irresponsable y que debía aprender a valerme por mí misma. Se equivocaban, pero hace tiempo comprendí que discutir con ellos era inútil. Por mucho que me esforzara en explicarles las cosas, nunca escuchaban mis argumentos. Hay personas que prefieren creer en sus propias versiones de la realidad antes que aceptar que pueden estar equivocadas.
Esta mañana me levanté temprano para hacer la limpieza general de mi habitación y ayudar con las tareas de la casa. Puse la lavadora, cambié las sábanas y, cuando terminé, tuve que sentarme unos segundos porque un mareo repentino me obligó a cerrar los ojos.
Últimamente me sucede con demasiada frecuencia.
Fui a la cocina, preparé un sándwich y regresé a mi habitación para comerlo. Estaba convencida de que mi debilidad se debía a no haber desayunado, intenté olvidarme del asunto y continuar con mis obligaciones.
Mi rutina es bastante sencilla: universidad por la mañana, trabajo por la tarde y estudios por la noche. Mis padres tienen dinero, pero lo único que me ofrecen es un plato de comida y un lugar donde dormir. Incluso la ropa y los materiales que necesito para estudiar salen de mi sueldo. Por eso evito discutir con ellos. No puedo arriesgarme a perder lo poco que todavía me permiten tener.
Después de descansar unos minutos, recogí las sábanas y salí al patio trasero para colgarlas en el tendal. Apenas levanté los brazos, el mareo regresó. Tuve que sujetarme de la estructura metálica y respirar profundamente hasta que el mundo dejó de dar vueltas.
No podía permitirme perder más tiempo.
Terminé de limpiar poco antes del mediodía y me senté a la mesa con mis padres y mi hermano. Como siempre, ellos encontraron motivos para felicitarlo por cualquier tontería que hiciera, mientras que yo procuraba pasar inadvertida.
A veces me pregunto si las cosas serían diferentes de no ser adoptada. Mi hermano es el milagro que los médicos creían improbable, el hijo que tanto deseaban. Yo, en cambio, parezco ser una obligación que nunca aprendieron a querer.
Intenté concentrarme en mi comida, pero un sabor amargo me subió por la garganta. El estómago se me revolvió y el mareo volvió con tanta fuerza que apenas pude mantener la vista fija en el plato.
Todavía me quedaba comida. Tenía hambre, pero mi cuerpo parecía negarse a recibirla.
La voz de mi madre se volvió distante. Después, todo se apagó.
--¿Qué hacemos?-- escuché preguntar a mi padre
Intenté abrir los ojos, pero los párpados me pesaban y la cabeza me palpitaba como si estuviera a punto de estallar.
--¿Llamamos a una ambulancia?-- preguntó mi madre
--Seguro que está bien. Siempre fue débil para todo-- respondió mi hermano.
Hasta en ese momento tuvo que encontrar la manera de hacerme sentir inútil.
Con esfuerzo, abrí los ojos y apoyé las manos sobre la mesa. Conseguí incorporarme, aunque todo seguía moviéndose a mi alrededor.
--¿Ven? Les dije que estaba bien-- añadió él, antes de volver a su comida
--¿Qué pasó?-- pregunté, todavía desorientada
--Te desmayaste, o eso parecía-- respondió mi hermano
Mis padres volvieron a comer sin preocuparse por mí. Me quedé observándolos, incapaz de comprender cómo podían actuar con tanta indiferencia.
¿Desde cuándo mi salud había dejado de importarles? ¿En qué momento habían dejado de quererme por completo?
Terminé la comida para evitar que encontraran otro motivo para reprocharme algo y fui a lavar mi plato. En cuanto me alejé, los tres retomaron su conversación con una alegría que me confirmó lo que ya sabía: podía desaparecer de aquella casa y probablemente tardarían en notarlo.
Tres horas después, sonó el timbre.
Al abrir la puerta, encontré a Valeria Salvatierra, mi mejor amiga y la única persona con la que podía contar de verdad.
No sé qué haría sin ella. Conoce mis preocupaciones, mis secretos y hasta esos pequeños detalles de mi vida que jamás me atrevería a contarle a nadie más. Mientras los demás imaginan que tener una familia adinerada significa vivir rodeada de privilegios, ella sabe que hasta los calcetines que uso los compro con mi sueldo. También ha tenido que regalarme algunos libros porque, de otro modo, no habría podido permitírmelos.
Valeria me observó unos segundos y su expresión cambió.
Mi hermano estaba en el sofá, mirando televisión. Ella lo miró de reojo y decidió que lo mejor era salir para hablar tranquilamente.
--No te ves bien, Cande. Hace días que estás rara y hoy ni siquiera puedes disimularlo
Intenté sonreír.
--Me desmayé durante el almuerzo, pero estoy bien
Valeria dejó de caminar.
--¿Cómo que te desmayaste?
Su preocupación me hizo sentir un nudo en la garganta. Mis padres ni siquiera habían considerado seriamente llamar a una ambulancia, pero ella parecía dispuesta a hacerlo todo con tal de asegurarse de que estuviera bien.
Le conté lo sucedido mientras nos sentábamos en un banco. Me escuchó sin interrumpirme y después me abrazó. Por un instante, pude dejar de fingir que no me dolía estar tan sola.
Entonces se levantó y tomó una decisión.
--Vamos a una clínica. Necesitas que te revise un médico
--Eso es costoso, Vale. No tengo dinero y todavía debo pagar unas fotocopias de la universidad...
--No importa. Tengo una tarjeta para gastos de emergencia y tu salud no puede esperar
No tuve tiempo de discutir. Valeria levantó la mano para detener un remis y me ayudó a subir.
Mientras el vehículo se alejaba, apoyé la cabeza contra el asiento e intenté convencerme de que todo estaría bien. Solo necesitaba descansar, comer mejor y dejar de preocuparme tanto.
No podía imaginar que, en unas horas, descubriría que mi cuerpo llevaba tiempo intentando advertirme de algo...
Algo que cambiaría mi vida para siempre.
mientras valeria está asiendo una bomba
por que nos está sacrificando a León de la peor manera y no es que León AyA echo vien ocultarle las cosas pero conocía a cande y de cómo ella lo tiene tachado solo por difamaciones
a si que espero aclaren todo y Candelaria no seas tan injusta