Sinopsis: Enamorado de la mejor amiga de mi mamá
Kaleth Giraldo nunca imaginó que terminaría enamorándose de Estefanía Holguín, la mejor amiga de su mamá. Desde que era pequeño, la conocía como tía Estefanía, una mujer especial que siempre había estado presente en su vida. Sin embargo, los años pasaron y sus sentimientos comenzaron a cambiar, convirtiéndose en un amor que jamás pensó experimentar. Ahora, Kaleth tendrá que encontrar el valor para confesarle lo que siente, arriesgándose a cambiar la relación entre sus familias. Estefanía nunca imaginó que aquel niño que la llamaba tía crecería y la miraría con otros ojos. ¿Podrá el amor superar los prejuicios, las dudas y los secretos que amenazan con separarlos para siempre?
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Capítulo 2: Algo que no debería sentir
Hola, soy Estefanía Holguín, tengo veintiséis años y nací el 8 de junio de 2000 en Cali, Valle del Cauca, Colombia. Soy ingeniera y vivo con mi mejor amiga, Karol Giraldo, y su hijo, Kaleth, en Cali. Karol tiene treinta y un años, cinco más que yo, y nos conocemos desde hace muchísimo tiempo. Nuestra amistad es tan fuerte que nos consideramos hermanas.
Karol tuvo a Kaleth a los trece años, una etapa bastante difícil para ella. Yo tenía ocho cuando nació el niño, y desde entonces he estado pendiente de los dos. He visto crecer a ese muchachito, he estado en sus cumpleaños, lo he acompañado cuando se enfermaba y lo he defendido cuando su mamá se ponía brava con él.
Para mí, Kaleth siempre ha sido mi sobrino de corazón.
O al menos eso era lo que yo pensaba.
Porque últimamente me están pasando unas cosas que ni yo misma entiendo.
Esa mañana me levanté temprano para preparar el desayuno. Karol todavía estaba en su habitación, así que aproveché para organizar algunas cosas antes de irme al trabajo.
—Buenos días, tía Estefanía —escuché detrás de mí.
Era Kaleth.
—Buenos días, mi niño. ¿Cómo amaneciste?
—Bien, ¿y vos?
—Bien también. Vení, ayudame a poner la mesa, pues.
El muchacho se acercó y empezó a sacar los platos del mueble. Yo seguí preparando el desayuno, pero, sin darme cuenta, me quedé observándolo.
No sé qué me estaba pasando.
Kaleth ya tenía dieciocho años y, claro, había crecido muchísimo. A veces me sorprendía verlo entrar a la cocina, caminar por la casa o sentarse a desayunar como si todavía fuera aquel niño que corría detrás de mí para que le comprara golosinas.
—¿Qué pasó, tía? ¿Por qué me mirás tanto? —preguntó, sacándome de mis pensamientos.
—¿Yo? Ay, dejá de inventar, hombre. Más bien sentate que ya casi está listo el desayuno.
Kaleth soltó una risita.
—Bueno, pues, no te pongás brava.
¡Ave María! Ese muchacho a veces tenía unas respuestas que me hacían reír aunque no quisiera.
Me senté frente a él y comenzamos a desayunar. Entonces me acordé de lo que había ocurrido la noche anterior.
—Kaleth, ¿vos hablaste con tu mamá sobre lo de ayer?
Él dejó el tenedor sobre el plato.
—No, tía. ¿Otra vez con lo mismo?
—Claro que sí. Nos preocupás, ¿sabés? No está bien que llegués a la casa oliendo a licor y a humo.
—Es que a veces quiero olvidarme de unas cosas.
Lo miré con curiosidad.
—¿Qué cosas, mi niño?
—Nada, tía. Dejémoslo así.
No quise presionarlo. Si algún día quería contarme lo que le ocurría, yo estaría dispuesta a escucharlo.
Sin embargo, mientras él seguía desayunando, volví a fijarme en su manera de caminar cuando se levantó para llevar su plato a la cocina.
Y ahí estaba otra vez esa sensación extraña.
No sabía explicarla. Me atraía su presencia, me ponía nerviosa cuando se quedaba mirándome fijamente y, algunas veces, me descubría esperando escuchar su voz cuando llegaba del colegio.
¡Dios mío! ¿Qué me estaba pasando?
Era Kaleth, el hijo de mi mejor amiga. El muchacho al que había cuidado desde pequeño y que durante años me había llamado tía Estefanía.
No podía andar confundiendo mis sentimientos.
Más tarde, mientras me arreglaba para ir al trabajo, Karol entró a mi habitación.
—Ve, Estefi, ¿vos qué tenés últimamente? Te noto como distraída.
—Nada, mujer. Debe ser el cansancio del trabajo.
—Mmm, no sé. Vos a mí no me engañás tan fácil.
Me reí nerviosamente.
—Ay, Karol, dejá la preguntadera, ¿querés?
Ella se sentó en mi cama y comenzó a hablarme de las cosas que tenía pendientes para ese día. Yo la escuchaba, pero una parte de mi cabeza seguía pensando en su hijo.
Me sentía culpable por tener aquellos pensamientos.
Karol confiaba en mí. Me había abierto las puertas de su casa y me consideraba parte de su familia. Yo jamás querría lastimarla ni hacer algo que destruyera nuestra amistad.
—Bueno, me voy, que se me hace tarde —le dije, tomando mi bolso.
—Dale, amiga. Y pilas con el tráfico, que Cali está imposible a esta hora.
—Sisas, mujer. Nos vemos más tarde.
Salí de la habitación y encontré a Kaleth en la sala, mirando su celular.
—Chao, mi niño. Portate juicioso.
Él levantó la cabeza.
—Chao, tía. Que te vaya bien.
Sonrió y volvió a mirar su teléfono.
Yo seguí caminando hacia la puerta, pero antes de salir me detuve un instante.
No entendía por qué me estaba pasando aquello. No sabía si era simple confusión o si había algo más profundo detrás de esas emociones.
Solo tenía una certeza: debía pensar muy bien antes de hacer cualquier cosa.
Porque, aunque Kaleth ya era mayor de edad, nuestra historia no era sencilla. Yo era la mejor amiga de su mamá y la mujer a la que él había llamado tía toda su vida.
Y si mis sentimientos eran reales, tendría que afrontarlos con madurez, sin olvidar a las personas que podían salir lastimadas.
Porque hay sentimientos que llegan sin pedir permiso, pero eso no significa que debamos actuar sin pensar en las consecuencias.