La vida despreocupada de fiestas y alcohol del universitario Esteban Anderson da un vuelco total cuando una mañana encuentra una bebé en su porche con una nota de despedida. Tras confirmar por ADN que es su hija y comprobar que la madre nunca volverá, Esteban deja atrás los excesos para criarla solo. Entre trabajos de madrugada, clases universitarias y un amor incondicional, bautiza a la pequeña Isabella y descubre que el propósito más grande de su vida era convertirse en su padre.
NovelToon tiene autorización de Migu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 1
El despertador de las siete de la mañana no era más que un recordatorio sónico de que mi vida estaba oficialmente en pausa. O en avance rápido, dependiendo de qué tan fuerte fuera la resaca que cargaba desde la noche anterior. Alargué el brazo perezosamente desde la cama, con los ojos pegados por el sueño y la boca seca como un desierto de sal, y golpeé la pantalla del teléfono hasta que el maldito aparato se calló. Diez minutos más tarde, mi madre gritaba desde el piso de abajo que iba a perder la primera clase del martes. Como si me importara lo más mínimo. De hecho, me importaba tan poco que tardé otros veinte minutos en levantarme solo para demostrarme a mí mismo que nadie mandaba sobre mi tiempo. La universidad no era más que un trámite molesto que mis padres se empeñaban en financiar y yo en sabotear asistiendo lo justo y necesario para no firmar mi acta definitiva de expulsión.
Me llamo Esteban Anderson, y en ese momento de mi existencia, mi mayor aspiración consistía en sobrevivir a las mañanas de martes sin vomitar el café aguado de la cafetería de la facultad y calcular mentalmente cuántas horas faltaban para que llegara el fin de semana.
Bajé las escaleras arrastrando los pies, enfundado en una sudadera gris con capucha que olía vagamente a humo de cigarrillo rancio y a la cerveza barata que habíamos estado trasegando el lunes por la noche. En la cocina, mi padre leía el periódico desplegado mientras tomaba café con una seriedad que rozaba lo trágico. Mi madre estaba junto a la estufa, sirviendo unos huevos revueltos con esa expresión de decepción crónica que ya se había vuelto parte de la decoración del hogar.
—Esteban, por el amor de Dios, mírate —dijo mi madre sin levantar la vista de la sartén—. Tienes veidtiún años, vas camino a los veintidós. Estás cursando el penúltimo año de administración de empresas y lo único que haces es acumular materias reprobadas, gastar nuestro dinero y llegar a casa a las tres de la mañana oliendo a antro clandestino.
—Buenos días para ti también, mamá —murmuré con voz ronca, abriendo la alacena en busca desesperada de aspirinas—. Dormí de maravilla, gracias por preguntar.
—Esto no es un juego, Esteban —intervino mi padre doblando el periódico con un ruido seco que hizo que me doliera aún más la cabeza—. Tu madre y yo estamos pagando una matrícula carísima para que te pases los fines de semana desmayado en fiestas de las que no recuerdas ni tu propio nombre. A este paso vas a terminar viviendo en el sótano hasta los cuarenta años. ¿Cuándo vas a madurar? ¿Cuándo vas a tomarte tu futuro profesional en serio?
Sus palabras rebotaron en mi cabeza como una pelota de tenis contra una pared de ladrillo. Ruido de fondo. Un zumbido molesto que aprendí a apagar con el mismo talento con el que silenciaba las notificaciones del móvil cuando no me interesaba responder. Asentí con la cabeza de manera automática, fingiendo un remordimiento de cartón que no sentía, tragué las aspirinas con un trago largo de agua fría y agarré las llaves del coche de la repisa.
—Sí, papá. Tienes toda la razón. Ya veré qué hago con mi vida —mentí con absoluta naturalidad, con la única intención de salir de esa casa antes de que el sermón se alargara otros diez minutos insoportables.
El trayecto hasta el campus universitario fue un monólogo interno dedicado a lo único que realmente me importaba: la fiesta que Lucas había organizado para el próximo sábado en una casa abandonada cerca de las afueras de la ciudad. Lucas era el rey indiscutible de la organización de desastres etílicos. Prometía alcohol gratis, música a volumen ilegal y cero presencia policial. Para mí, eso equivalía a la felicidad absoluta. La idea de que el tiempo fuera infinito era una certeza absoluta en mi mente de estudiante crónico; sentía que los veintidós años durarían para siempre y que las consecuencias de hoy simplemente no existían mañana.
Aparqué el coche en el estacionamiento de la facultad de economía, dejando la radio a todo volumen un segundo más antes de apagar el motor a empujones. Caminé hacia el edificio principal con las manos metidas profundamente en los bolsillos de la sudadera, esquivando a los típicos empollones que cargaban carpetas llenas de colores y caminaban con un propósito definido en la vida. Qué aburrido debía ser vivir así, pensé con una sonrisa cínica. Qué falta absoluta de emoción.
Entré al aula magna justo cuando el profesor comenzaba a escribir fórmulas complejas y aburridas en la pizarra. Me senté en la última fila, como siempre, y saqué el cuaderno no para tomar apuntes, sino para dibujar caricaturas estúpidas en los márgenes de las hojas. El murmullo monótono del profesor se convirtió en un ruido de cuna perfecto. Apoyé el mentón en la palma de la mano, cerré los ojos por un instante y dejé que el cansancio de la semana pasada me ganara la partida.
A mitad de la clase, mi teléfono vibró en silencio dentro del bolsillo de la sudadera. Lo saqué disimuladamente por debajo de la mesa para que el profesor no me viera. Era un mensaje de Lucas en el grupo de WhatsApp de la facultad: "Ey, colega. ¿Estás listo para lo de esta noche? Consiguió tequila del bueno. No me falles o dejo de hablarte".
Sonreí de lado, tecleé rápidamente un "Ahí estaré puntual" y guardé el teléfono. La universidad podía esperar. Los exámenes finales podían esperar. Mis padres podían seguir sermonendome hasta quedarse sin voz si eso les hacía felices. Lo único que me importaba en ese preciso instante de mi juventud irresponsable era que el reloj marcara las seis de la tarde para empezar a beber sin culpa, sin remordimientos y, sobre todo, sin ninguna clase de consecuencias. O al menos eso era lo que yo creía antes de que una simple madrugada cambiara mi destino para siempre.