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El Alfa de Mis Hijos

El Alfa de Mis Hijos

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / ABO / Completas
Popularitas:128
Nilai: 5
nombre de autor: Barbaridade

Lian es un omega recesivo con un aroma tan tenue que casi nadie lo nota. Y así lo prefiere. En el Conglomerado Valerius es el mejor analista del área de ventas y, al mismo tiempo, el padre soltero de dos gemelos de seis años con cabello blanco como la nieve y ojos de un gris imposible de olvidar.

Hace siete años, una noche de tormenta y un alfa dominante sin rostro lo cambiaron todo. Por la mañana, Lian despertó solo. Desde entonces ha guardado ese secreto con uñas y dientes.

Hasta que llega Dominic Valerius, el heredero del imperio: frío, implacable, de ojos de tormenta y un aroma a tierra mojada que Lian conoce demasiado bien.

Dominic sospecha de él. Lian le huye. Pero hay olores que el cuerpo no olvida, y una noche de lluvia, en la habitación 408 de un hotel, ya no habrá modo de seguir fingiendo.

Cuando la verdad salga a la luz, también saldrán a la luz los enemigos que esperan en la sombra de la familia Valerius. Porque proteger a los hijos de un alfa poderoso tiene un precio... y no todos están dispuestos a que esa familia siga unida.

¿Podrá un omega que lo perdió todo defender la familia que nunca se atrevió a soñar?

NovelToon tiene autorización de Barbaridade para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

La sala de juntas se fue vaciando poco a poco. Los empleados recogían sus laptops y libretas con suspiros contenidos de alivio, apurándose a cruzar la puerta antes de que el nuevo director decidiera hacer otra pregunta minuciosa.

Lian fue de los últimos en salir. Con movimientos tranquilos, ordenó sus papeles en una carpeta de cuero gastada, inclinó la cabeza con respeto hacia la cabecera de la mesa y abandonó la sala con pasos silenciosos.

Dominic, en cambio, no se movió.

Su mirada gris oscuro siguió la figura pequeña y delicada del omega hasta que la puerta de vidrio esmerilado se cerró por completo. El rastro sutil de limón fresco que flotaba en el aire empezó a disiparse, reemplazado poco a poco por la densidad neutra del aire acondicionado.

—¿Señor Valerius?

La voz pausada de Roberto, su secretario ejecutivo, rompió el silencio. Era un hombre de mediana edad, impecablemente vestido y experto en leer la política interna del conglomerado. Se había quedado junto a su jefe con una tableta que mostraba la agenda del día, y no se le había escapado la forma en que Dominic fijó la atención en ese empleado en particular.

—El horario de la tarde está listo, señor —continuó Roberto, acomodándose los lentes—. Pero... si me permite una observación, noté su interés en el informe del señor Lian.

Dominic se recargó en la silla de cuero, con la expresión ilegible y el aura de tierra mojada un poco más fría.

—Es articulado —dijo Dominic, con voz baja y mesurada—. El plan de Apex exige una precisión logística que pocos analistas sénior habrían logrado estructurar sin fallas. Sabe lo que hace.

Roberto carraspeó y bajó la voz, como si estuviera a punto de revelar un secreto de Estado, con el tono típico de quien entrega un chisme corporativo disfrazado de prudencia.

—Bueno... justo sobre eso se preguntan muchos en el piso, señor Valerius. El desempeño del señor Lian en la empresa siempre ha sido motivo de... comentarios.

Los ojos grises de Dominic se entrecerraron de forma casi imperceptible.

—Continúe.

—Lian entró a la empresa hace algunos años como un simple asistente —Roberto se inclinó un poco—. Poco tiempo después, sin mucho alboroto y sin contactos en la alta dirección, empezó a atender a los clientes más valiosos y las cuentas más rentables del área de ventas. Cuentas que gerentes con mucha más experiencia llevaban años intentando cerrar.

—¿Y cuál es la explicación del área? —preguntó Dominic, en un tono neutro, pero afilado.

—Los rumores, señor... Dicen que su talento no está solo en los números.

Roberto hizo una pausa dramática para asegurarse de tener la atención del alfa.

—Dicen que un omega recesivo, de apariencia tan frágil e inofensiva, es la distracción perfecta para viejos accionistas y directores ejecutivos de empresas aliadas. La historia que corre por los pasillos es que usa su propia fragilidad —y su cuerpo— para cerrar los contratos más difíciles a puerta cerrada. Vender la imagen de alguien indefenso para conseguir lo que quiere. Hasta hoy, muchos creen que su ascenso fue un «pago» por favores hechos a antiguos directores.

El silencio que siguió en la sala de juntas fue absoluto y pesado.

La temperatura del ambiente pareció caer varios grados. La fragancia de tierra mojada que rodeaba a Dominic ya no traía la sensación de una lluvia fresca de verano, sino el olor denso y sofocante de una tormenta inminente.

Dominic no cambió de postura. No frunció el ceño ni levantó la voz. Pero la presión en el aire se volvió tan densa que Roberto sintió que se le secaba la garganta y retrocedió un paso involuntario bajo la fuerza contenida de aquel alfa dominante puro.

Dominic recordó la presentación de hacía unos minutos. Los ojos verdes, firmes y limpios, de Lian. La forma precisa en que había explicado la reestructuración de la cadena de suministro. Su postura digna, aun con un traje un poco más grande que su talla, y ese olor sutil a limón, una fragancia tan pura y transparente que parecía incapaz de ocultar cualquier clase de podredumbre o falsedad.

—¿Rumores, Roberto? —la voz de Dominic sonó como el gruñido bajo de un trueno lejano.

—S-son rumores que circulan en el área, señor. Me pareció prudente que lo supiera, para evitar posibles escándalos de imagen...

—La función del área de ventas es traer resultados basados en datos —lo cortó Dominic, poniéndose de pie despacio. Su figura alta e imponente proyectó una sombra sobre el secretario—. El proyecto que Lian presentó hoy fue impecable. Si algún accionista firmó un contrato por razones frívolas, la incompetencia es del accionista, no del analista que presentó un plan rentable.

Dominic cerró la carpeta sobre la mesa con un golpe seco.

—No quiero oír especulaciones ni chismes de pasillo mientras yo esté al mando. Si la capacidad de Lian incomoda a sus compañeros, que trabajen el doble para superarlo en números. ¿Nos entendemos?

—Perfectamente, señor Valerius —Roberto tragó saliva y agachó la cabeza de inmediato—. Le ofrezco una disculpa por la molestia.

Dominic se abotonó el saco y echó a andar hacia la salida. Sin embargo, al cruzar el pasillo rumbo a su oficina ejecutiva, su mirada se detuvo por un breve segundo en el escritorio discreto del fondo del área de ventas.

Lian estaba sentado ahí, ajeno a todo, concentrado en su pantalla, anotando cifras en una libreta con extrema dedicación, con un mechón de cabello castaño cayéndole apenas sobre las largas pestañas.

Dominic sintió una extraña oleada de irritación. No contra el omega, sino contra la cobardía de aquellas mentiras. Era un hombre de hechos y de instintos. Y su instinto le decía, con una claridad abrumadora, que aquel hombre pequeño de ojos verdes era cualquier cosa menos el manipulador vulgar que los demás intentaban pintar.

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