Traicionada por la sangre que la vio nacer y despojada de todo lo que amaba en una sola noche de infamia, Cataleya Mendoza pensó que había tocado fondo al perder su hogar, su hijo y su dignidad bajo los golpes de un amor ciego. Creyó que el exilio y el silencio serían su único destino. Pero el destino, caprichoso y sediento de justicia, la colocó frente al imperio intocable de los Moretti y frente al hombre más temido del país: un titán arrogante al que nadie se atreve a retar. Lo que no sabían ni su exprometido, ni su familia, ni el implacable Gael Moretti, es que una reina destruida no regresa a pedir clemencia... regresa a reclamar su trono.
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Capítulo 19 : El Círculo se Cierra y la Caída de los Mendoza
La tarde en el distrito financiero de la capital se extendía como una mancha de aceite oscuro sobre los rascacielos de cristal. Mientras los noticieros matutinos y vespertinos repetían en bucle los titulares sobre el colapso financiero de los Laboratorios Álvarez y las investigaciones federales por corrupción contra las constructoras Mendoza, la familia entera se encontraba reunida en la antes imponente y hoy fantasmal sala de juntas de su corporación principal.
Carlos Mendoza estaba sentado en la silla presidencial, con el rostro gris, el cabello despeinado y las manos temblando mientras sostenía un vaso de whisky tibio. A su lado, Santa se carcomía las uñas en un ataque de histeria contenida, mirando hacia todas partes como si las paredes fueran a derrumbarse en cualquier segundo.
En la otra punta de la larga mesa de caoba, Dennis Álvarez golpeaba la superficie con los nudillos, con la mandíbula tensa y los ojos inyectados en sangre por la rabia y las noches sin dormir.
—¡Esto es una trampa! ¡Alguien filtró los códigos de acceso maestro y hackeó nuestros servidores de forma quirúrgica! —gritaba Dennis con desesperación, mirando a sus suegros con rencor—. ¡Ninguna auditoría fiscal del gobierno actúa con esta velocidad ni con esta precisión milimétrica si no hay un topo vendiéndonos desde adentro!
Carol Mendoza, sentada junto a él con las manos sobre su vientre y el rostro pálido, temblaba de pies a cabeza. A diferencia de los demás, ella sabía perfectamente que Cataleya no estaba muerta. Recordaba con horror la noche en que su hermana mayor había cruzado el umbral del penthouse, apareciendo como un fantasma viviente frente a sus ojos, y cómo, en lugar de escucharla, habían permitido que Dennis y sus hermanos la golpearan brutalmente hasta dejarla cubierta de hematomas y sangrando en el suelo. Ella había estado allí, viendo cómo Cataleya les suplicaba una última oportunidad para revelar la verdad del secuestro, y cómo ellos la habían rechazado a patadas.
—Dennis... cállate ya —balbuceó Carol con un hilo de voz aterrorizada, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones—. No ha sido ningún hackeo anónimo...
Antes de que Dennis pudiera preguntarle a qué se refería, las pesadas puertas de cristal de la sala de juntas se abrieron con un chirrido seco y pesado.
Los cuatro levantaron la vista de golpe, esperando ver a la policía o a los interventores judiciales. Pero lo que vieron los dejó petrificados. Cruzando el umbral, con paso firme, elegante y deliberadamente parsimonioso, caminaba una mujer alta, enfundada en un impecable traje sastre negro que estilizaba su imponente silueta, con el cabello perfectamente liso y una mirada ámbar tan fría que helaba la sangre. Detrás de ella, flanqueándola con una disciplina de hierro, avanzaban dos hombres de seguridad con trajes oscuros.
Era Cataleya.
El silencio en la sala se volvió absoluto, cortante como una cuchilla. Carol soltó un grito ahogado, llevándose las manos a la barriga, con los ojos anegados en un pánico absoluto al comprender que su peor pesadilla acababa de materializarse. Dennis se puso de pie de un salto, derribando la silla hacia atrás, con los ojos desorbitados por la rabia.
—Tú... ¡Tú estás viva! —balbuceó Dennis, señalándola con un dedo tembloroso mientras intentaba dar un paso al frente.
Cataleya se detuvo a pocos metros de la mesa, cruzando los brazos sobre su pecho con una elegancia soberbia y una sonrisa gélida en los labios.
—¿Sorprendido de verme, Dennis? ¿O creíste que después de la paliza que me dieron en el penthouse la semana pasada me iba a quedar tirada muriéndome en una esquina? —respondió Cataleya con una voz baja, pausada y perfectamente articulada que retumbó en cada rincón de la sala como una sentencia de muerte.
Carol, temblando descontroladamente y con lágrimas desbordándose por sus mejillas, se atrevió a levantar la vista hacia su hermana, recordando que aquella noche Cataleya había ido a darles una última oportunidad de redención antes de desatar la tormenta.
—Cataleya... nosotras... —intentó balbucear Carol con voz quebrada, con la culpa y el terror ahogándola—. Nosotras sabíamos que estabas viva porque... porque viniste esa noche...
—Sí, Carol. Fui a darles una última oportunidad —la interrumpió Cataleya con voz afilada y cortante como el hielo, dando un paso al frente con una autoridad aplastante—. Fui a decirles la verdad, a darles la opción de detenerse... ¿Y qué hicieron? Me negaron, me insultaron y permitieron que estos miserables me masacraran a golpes en el piso mientras ustedes miraban con asco. Me dieron su respuesta con violencia. Y ahora yo vine a darles la mía.
Carlos Mendoza se puso de pie, apoyándose pesadamente en el borde de la mesa, con el rostro desencajado por la culpa y la furia.
—¡Maldita malagradecida! ¿A qué vienes a burlarte de nosotros? ¡Éramos tu familia! —bramó Carlos con los ojos inyectados en rabia.
Cataleya soltó una carcajada seca, sin rastro de humor, y lo miró con un desprecio absoluto.
—¿Familia? ¿De qué familia me hablas, Carlos? —espetó Cataleya, clavando sus ojos ámbar en los suyos—. ¿De la misma familia que me vendió el día de mi boda, que me mandó a secuestrar y disparar, y que volvió a golpearme cuando intenté hablar? Para mí, los Mendoza y los Álvarez murieron el día en que decidieron que mi vida no valía nada. Y lo único que vine a hacer aquí hoy... es a cobrar lo que es mío.
Dennis, perdiendo el juicio por la desesperación y viendo que no le quedaba nada que perder, se abalanzó hacia ella con los puños cerrados, rugiendo como una bestia herida:
—¡Te voy a matar con mis propias manos, maldita perra!
Antes de que Dennis pudiera dar dos pasos, los dos guardaespaldas que acompañaban a Cataleya se interpusieron con una velocidad felina, derribándolo al suelo de un golpe seco y sometiéndolo contra la costosa alfombra con una llave inquebrantable que le sacó el aire de los pulmones. Carol gritó despavorida, mientras Santa se aferraba a su esposo llorando desconsoladamente.
Cataleya se inclinó ligeramente, observando a Dennis retorcerse en el suelo bajo las botas de la seguridad de los Moretti. Una sonrisa peligrosa y triunfante se dibujó en sus labios.
—Guarda tus fuerzas, Dennis... las vas a necesitar cuando estés cumpliendo tu condena en la cárcel de máxima seguridad junto a mis hermanos —susurró Cataleya con voz helada—. Esto es apenas el comienzo de su infierno.
Dándose la media vuelta con una elegancia imperturbable, ajustándose la solapa de su traje, Cataleya abandonó la sala de juntas bajo los gritos desesperados y los llantos de quienes alguna vez se creyeron dueños del mundo.
Al salir al vestíbulo del edificio, sacó su teléfono celular y marcó un número directo. En menos de un segundo, una voz ronca, profunda y conocida respondió al otro lado de la línea.
—Dime, señora Moretti... ¿terminó el primer acto de nuestra obra maestra? —preguntó Gael con un tono divertido y fascinado.
Cataleya esbozó una sonrisa genuina, sintiendo que por fin el peso de los años de dolor se desvanecía de sus hombros.
—El primer acto terminó, magnate —respondió Cataleya con una voz suave pero firme—. Están destruidos y pisoteados. Ahora... dime cuándo nos casamos por el civil.
Al otro lado de la línea, Gael soltó una carcajada ronca y triunfante, respondiendo sin vacilar un solo segundo:
—Mañana mismo, mi amor. Prepárate, porque ya no hay nada en este mundo que pueda apartarte de mi lado.