Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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15
Después de que doña Carmen y su familia conocieron a Pamela y a sus padres, las ganas de casar a Rodrigo con ella se volvieron incontenibles. Pero doña Carmen tampoco quería perder a su criada sin sueldo, así que no le permitió a Rodrigo divorciarse de Marcia.
Esa noche, Rodrigo llamó a Marcia a la sala, delante de su madre y su hermana. Quería que volviera a encargarse de la cocina con los cinco dólares diarios que él le daba.
—Marcia, aquí tienes el dinero para las compras de mañana —Rodrigo dejó cinco dólares sobre la mesa.
—Perdona, pero no. Dile a tu mamá que se encargue ella. A lo mejor con esa cantidad le alcanza —Marcia rechazó la orden sin titubear.
—Marcia, no seas insolente. Eres la esposa de Rodrigo, así que esa es tu obligación —la reprendió doña Carmen.
—Soy la esposa de Rodrigo, sí. Pero ¿acaso él ha cumplido con sus obligaciones conmigo? ¿Alguna vez me ha dado algo para mis propios gastos? —replicó Marcia con frialdad.
—Marcia, no sabes lo que tienes. Deberías agradecer que al menos cuentas con un techo y no estás pidiendo limosna en la calle —la insultó Rodrigo.
—Exacto, nosotros te damos dónde vivir. Lo mínimo es que seas agradecida —añadió doña Carmen con acritud.
—Marcia, yo te doy cinco dólares diarios y con eso siempre ha alcanzado. Así que deja de poner pretextos —le ordenó Rodrigo, alzando la voz.
—Sí, alcanzaba, porque yo completaba con mi propio sueldo para cubrir todas las necesidades de esta casa. Pero se acabó. Yo también tengo gastos, y tú jamás me has dado un centavo para mí —le disparó Marcia sin vacilar.
—Nuera descarada. Pues entonces tendrás que pagarnos a nosotros: considéralo la renta por haberte dejado vivir aquí casi tres años —doña Carmen tuvo el descaro de exigirle dinero a Marcia por la vivienda.
—Muy bien. Calculen cuánto les debo y se los pago. Pero ustedes también van a tener que pagarme a mí por todos los servicios que les presté durante casi tres años cuidándolos —contraatacó Marcia sin dejarse amedrentar.
—Cuida esa boca, Marcia. Todo eso es tu obligación como esposa: atender a tu marido y a su familia —Rodrigo le gritó con los puños apretados.
—Y tú tienes la obligación de darme un hogar digno y cubrir todas mis necesidades. ¿O esa parte del trato se te olvida? —le recordó Marcia sin levantar la voz.
Rodrigo se quedó mudo. Marcia tenía razón y él lo sabía. Lo que no podía entender era cómo aquella mujer que antes aceptaba todo sin chistar ahora se le plantaba de frente. Quería casarse con Pamela, sí, pero también quería que Marcia siguiera siendo su sirvienta gratis.
—Marcia, te estás pasando de la raya. Voy a casarme con Pamela, te guste o no —le anunció con una sonrisa torcida.
—Entonces divórciate de mí. No estoy dispuesta a ser la criada de esta familia —le exigió Marcia sin pestañear.
—No te hagas la orgullosa, Marcia. Si te divorcias de Rodrigo, ¿a dónde vas a ir? A la calle —se burló doña Carmen.
—Eso no les incumbe. Lo único que tengo claro es que no voy a seguir manteniéndolos —respondió Marcia con los dientes apretados.
—Jamás, Marcia. No voy a darte el divorcio. Te vas a quedar en esta casa sirviéndonos hasta el día en que te mueras —sentenció Rodrigo con arrogancia.
—No vas a poder retenerme, Rodrigo. Si insistes en casarte de nuevo, vas a perderlo todo —le advirtió Marcia con una calma que helaba la sangre.
—¿Y qué puede hacer una muerta de hambre como tú? —se mofó Rodrigo.
Marcia hervía de rabia por dentro, pero no les iba a dar el gusto de verla perder el control. Que Rodrigo se casara con quien quisiera; ella ya tenía un plan. Le iba a demostrar a Rodrigo quién era en realidad, y haría que él y toda su familia se arrepintieran de haberla humillado.
* * *
Ese día, Marcia fue a casa de sus padres y les contó todo lo que estaba pasando.
—Son unos desgraciados. Cada día peor. Te juro que les voy a hacer pagar cada una de las que te han hecho —Liliana apretó los puños, furiosa con Rodrigo y su madre.
—A ese imbécil lo voy a agarrar a golpes —Gabriel, que estaba en la casa en ese momento, se levantó de un salto dispuesto a ir a buscar a Rodrigo.
—Espera, hermano. No te ensucies las manos con ese tipo. Tengo un plan mucho mejor, y les va a doler donde más les duele —Marcia lo detuvo antes de que saliera.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Gabriel sin entender.
—Quiero que inviten a Rodrigo y a Pamela a la fiesta de compromiso de Valentina y tú. Que vayan y que se lleven la sorpresa de su vida cuando me vean ahí. Pero no les digan quién soy. Eso se los vamos a revelar cuando llegue el momento —Marcia les explicó su plan a Gabriel y a Liliana.
—Tienes toda la razón, hija. Les vamos a dar un infarto. Ya no aguanto las ganas de ver la cara de Rodrigo y de esa mujerzuela —Liliana aprobó la idea con una sonrisa feroz.
—Es verdad. En la empresa nadie sabe que tú eres la esposa de Rodrigo. Ha llegado la hora de que todo el mundo se entere de que la esposa de Rodrigo eres tú, no Pamela —Gabriel también se sumó al plan.
Los tres estuvieron de acuerdo. Rodrigo le había asegurado a todo el mundo en la oficina que era soltero y les había presentado a Pamela como su futura esposa. Marcia iba a desenmascararlo delante de todos. Les devolvería cada humillación, multiplicada.
—Buenas tardes —se oyó una voz desde la entrada.
—Buenas tardes —respondieron Marcia, Gabriel y Liliana al unísono.
—¡Papá! —Marcia corrió a abrazar al primer hombre que había amado en su vida.
—¿Cómo estás, hija? ¿Por qué nos visitas tan poco? —le preguntó don Fabián a su hija menor.
—Es que ando muy ocupada, papá —respondió Marcia escuetamente.
—¿Ocupada con qué? ¿Ocupada aguantando las humillaciones de la familia de tu marido? —le soltó don Fabián sin anestesia.
—Ay, papá, no digas eso —Liliana enseguida lo tomó del brazo y lo guio para que se sentara con ellos.
—Marcia, ahora que ya sabes cómo son Rodrigo y los suyos, ¿por qué sigues ahí, hija? Aquí te estamos esperando con los brazos abiertos —le dijo don Fabián a su hija, mirándola a los ojos.
—Papá, por ahora déjame hacer las cosas a mi manera. Quiero cobrarle a Rodrigo todo lo que me ha hecho, pero necesito que me apoyen —Marcia lo miró con ojos suplicantes.
—Está bien, hija. Pero en cuanto esto termine, quiero que vuelvas a esta casa. No sigas perdiendo el tiempo con gente así —le aconsejó don Fabián.
—Te lo prometo, papá. No va a pasar mucho tiempo antes de que regrese a este hogar —le prometió Marcia a su familia.
Marcia iba a darles a Rodrigo y a los suyos una sorpresa que jamás olvidarían. Y todo empezaría en la fiesta de compromiso de Gabriel y Valentina, que estaba a solo unos días de celebrarse.