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Muestra Equivocada : Destino Perfecto

Muestra Equivocada : Destino Perfecto

Status: Terminada
Genre:Romance / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis Corta
Valeria Sterling lo tenía todo bajo estricto control: una fortuna corporativa en ascenso, una independencia feroz tras romper con un prometido que le costó cinco años de desilusión, y la certeza de que el amor es una pésima inversión de tiempo. Para fundar su familia sin intermediarios sentimentales, viajó en secreto a una prestigiosa clínica en Suiza buscando un donante anónimo que jamás se cruzaría en su camino. Seis años después, Valeria es la reina de las finanzas y la exhausta generala de tres torbellinos idénticos: Lucas, Mateo y Emma.

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Capítulo 20: El Primer Beso Prohibido

Herr Vontobel había abandonado el ático con un contrato de emisión de cuatrocientos millones de francos suizos firmado bajo el brazo, una expresión de respeto reverencial y tres motas de purpurina fucsia incrustadas de forma permanente en sus venerables cejas blancas. Bastian no se había disculpado ni una sola vez por el portafolios; de hecho, había exigido que el acta notarial se sellara sobre la solapa brillante sin pestañear.

Pero cualquier victoria financiera quedó relegada al olvido a las siete de la tarde, cuando el verdadero enemigo atacó sin previo aviso.

Empezó con Mateo tiritando bajo una manta en el sofá pese a que la calefacción central marcaba veintidós grados. Veinte minutos después, Emma se dejó caer sobre la alfombra quejándose de que su garganta se sentía «como si un dragón hubiera hecho una parrillada adentro». Y para las ocho en punto, Lucas se presentó en la cocina con el termómetro digital bajo el brazo, ajustándose las gafas con una mano temblorosa.

—Treinta y ocho coma siete —anunció el pequeño, con las mejillas encendidas en dos círculos carmesí—. El patrón de incubación sugiere una cepa viral de rápida dispersión. En cuarenta minutos nuestra capacidad motora quedará reducida al mínimo. Mamá, prepara el paracetamol y un protocolo de hidratación intensiva.

—Mierda —susurró Valeria, sintiendo cómo se le caía el alma a los pies.

Tener trillizos era una bendición; tener tres niños enfermos al mismo tiempo era el círculo más profundo del infierno dantesco. En los últimos seis años, las fiebres sincronizadas significaban setenta y dos horas sin dormir, carreras en pijama entre tres habitaciones distintas, sábanas vomitadas, llantos cruzados y el pánico silencioso de una mujer que tenía que dividirse entre tres cuerpos pequeños que ardían al unísono.

—Miller tiene su noche libre y la mandé a Brooklyn —dijo Valeria, empezando a atarse el cabello a toda prisa con dedos que empezaban a perder la calma—. Necesito hielo, toallas, el jarabe de la alacena y...

—Cálmate, Valeria —la voz de Bastian cortó el aire con la firmeza de un cabo de amarre tensado contra la tormenta.

El magnate se despojó del suéter de lana en un movimiento limpio, quedándose en una camiseta gris de manga corta. Deslizó el pestillo de su puerta para dejar el paso libre y entró a la cocina de ella con paso marcial.

—Tú preparas las dosis por peso y edad. Yo me encargo de la logística de enfriamiento y las camas. ¿Tienen suero oral?

Valeria lo miró, aturdida por una milésima de segundo. No había rastro del tiburón corporativo; había un oficial al mando evaluando un teatro de operaciones.

—En el segundo estante de la despensa.

—En marcha.

Las siguientes cinco horas fueron un descenso a las trincheras.

La temperatura de Mateo trepó a los treinta y nueve grados a las nueve y media, desatando un delirio febril donde gritaba que las estrellas de su techo se estaban cayendo. Bastian lo levantó en brazos, lo llevó al baño y lo sostuvo pacientemente en una tina de agua tibia durante veinte minutos, cantándole una vieja tonada marinera en dialecto suizo-alemán hasta que el temblor del niño se detuvo y las gotas de agua fría aplacaron el fuego de su piel.

Emma, desconsolada por el dolor de cabeza, se negaba a tomar el jarabe de cereza porque «tenía color de jarabe de anciano». Bastian se arrodilló frente a su cama, probó media cucharada él mismo sin hacer una sola mueca y le aseguró con total gravedad que el brebaje era un elixir secreto usado por las reinas nórdicas para conservar el brillo de la piel. Emma se tomó la dosis completa y se quedó dormida con la mejilla aplastada contra el pecho de su padre, mientras los dedos gigantes de él acariciaban su cabello con una ternura que parecía irreal en un hombre de su tamaño.

Lucas, mientras tanto, calculaba el intervalo de tiempo entre las dosis de ibuprofeno hasta que el cansancio le ganó y se desplomó sobre el regazo de Valeria en la cama central.

Hacia las tres y cuarto de la madrugada, las compresas frías, los medicamentos y las horas de vigilancia constante lograron el milagro.

El sudor frío empapó las frentes de los tres pequeños. La respiración de Mateo se volvió profunda y rítmica; Emma soltó un largo suspiro acomodándose contra su almohada; y Lucas se desprendió de sus gafas, durmiendo plácidamente con el cuerpo relajado.

Bastian y Valeria salieron de la habitación infantil de puntillas, dejando la puerta abierta apenas una rendija para escuchar cualquier queja.

Valeria llegó a la sala de estar y se dejó caer sobre el inmenso sofá de lino blanco con un gemido sordo. Estaba completamente rota. Llevaba una camiseta vieja descolorida, pantalones de yoga grises y el pelo revuelto en un moño desastroso. Le dolían los músculos, los ojos le ardían por el agotamiento y sus manos olían a ungüento mentolado y toallitas húmedas.

El sofá crujió a su lado cuando Bastian se desplomó junto a ella.

El magnate echó la cabeza hacia atrás sobre el respaldo, cerrando los ojos con un suspiro pesado que sacudió su torso. Tenía sombras oscuras bajo los ojos, la camiseta húmeda en el hombro por las lágrimas de Emma y el rostro marcado por la misma fatiga aplastante.

El silencio del ático a las tres y media de la madrugada era denso, tibio, casi sagrado. Solo se escuchaba el murmullo lejano del viento invernal golpeando los ventanales y el tic-tac suave del reloj de la cocina.

—Solías hacer esto sola —dijo Bastian de pronto. Su voz salió áspera, rasposa por el silencio prolongado, pero cargada de un tono que hizo que el corazón de Valeria se detuviera un instante.

Valeria no abrió los ojos. Mantuvo la cabeza apoyada en el cojín.

—Siempre. Desde que tenían tres meses. La primera bronquiolitis casi me mata. Mis hermanos venían diez minutos con mascarilla, se asustaban con el primer vómito y se iban diciendo que contratarían a una enfermera privada.

—¿Y por qué no la contrataste?

Valeria giró la cabeza hacia él, abriendo los ojos lentamente en la penumbra.

—Porque una enfermera no los abraza cuando tienen pesadillas, Bastian. No se aprende de memoria sus canciones favoritas ni se queda despierta solo para escuchar si respiran. Yo decidí tenerlos sola. Era mi deber aguantar el miedo sola.

Bastian abrió los ojos y la miró. En la penumbra, sus pupilas grises eran pozos oscuros y sin fondo, pero en ellos no quedaba ni una sola traza de juicio. Solo una devoción abrumadora que quemaba a través de la distancia entre sus cuerpos.

Estiró el brazo y, con una lentitud que quitaba el aliento, deslizó el dorso de sus nudillos por la mejilla pálida de Valeria, retirando un mechón suelto que caía sobre sus pestañas. Su piel era cálida, áspera en los extremos de los dedos, pero su toque fue tan suave que a Valeria se le escapó un estremecimiento involuntario.

—Eras una niña enfrentando una tormenta de tres cabezas, Valeria —susurró Bastian, y la vibración de su voz baja le erizó la piel del cuello—. Nadie debería haberte dejado sola en una trinchera así.

—No soy una niña. Y sobreviví.

—Ya no tienes que sobrevivir —Bastian apoyó la palma abierta contra la curva del cuello de ella, atrapando el pulso desbocado de su garganta bajo la yema del pulgar—. Nunca más vas a estar sola en esa habitación a las tres de la mañana. Me da igual cuántos contratos tengamos que romper o qué leyes tengamos que doblar. Yo estoy aquí.

Las palabras cayeron sobre las defensas de Valeria con la fuerza de un martinete. No eran promesas vacías de un pretendiente de alta sociedad; eran el juramento de un hombre que acababa de pasar cinco horas con las rodillas en el suelo limpiando fiebre y sosteniendo a sus hijos sin pedir nada a cambio.

Una lágrima solitaria, pesada y cargada de seis años de soledad acumulada, resbaló por la comisura del ojo de Valeria.

Bastian la interceptó con el pulgar antes de que tocara su mandíbula.

El contacto fue el detonante.

Bastian se incorporó sobre el sofá con un movimiento fluido y felino, acortando la distancia hasta que su sombra cubrió por completo a Valeria. Apoyó una mano en el respaldo, inclinándose sobre ella hasta que el calor abrasador de su cuerpo la envolvió por completo. Olía a menta, a piel tibia y a ese perfume de cedro que se había convertido en la droga personal de Valeria.

—Bastian... —susurró ella, y el nombre no fue una orden de alto, sino una súplica rota que murió contra los labios del magnate.

—Ni se te ocurra pedirme que me vaya —gruñó él en un susurro gutural, con los ojos clavados en su boca entreabierta—. Llevo una semana entera aguantando las ganas de arrancarte esa armadura de hielo a mordiscos. Ya no puedo más, Valeria.

Bastian no esperó una respuesta. Bajó la cabeza y estrelló su boca contra la de ella.

El impacto fue un incendio instantáneo.

No fue un roce tímido ni una cortesía formal. Fue una colisión de dos fuegos que llevaban días alimentándose en la penumbra. Los labios de Bastian eran cálidos, firmes, ligeramente exigentes, devorando la boca de Valeria con una posesión salvaje que la dejó sin aire en una fracción de segundo.

Un jadeo sorprendido escapó de la garganta de Valeria, y Bastian aprovechó la apertura para profundizar el beso con una voracidad que le nubló el juicio. Su lengua trazó la curva de los labios de ella, adentrándose con una seguridad aplastante que hizo que la cabeza de Valeria diera vueltas.

Valeria intentó recordar por qué debía resistirse. Intentó recordar a su exprometido, la clínica en Suiza, el miedo a perder su autonomía, el control que tanto le había costado levantar.

Fue inútil. El cuerpo de Valeria claudicó ante la marea.

Sus manos, que habían permanecido inmóviles sobre el sofá, se levantaron por puro instinto y se hundieron en el cabello castaño y espeso de Bastian, tirando de él hacia abajo para apretarlo aún más contra ella. Los músculos de la espalda de Bastian se tensaron bajo sus dedos como placas de blindaje; eran anchos, duros, calientes bajo la tela de la camiseta.

Bastian dejó escapar un gruñido ronco y profundo en el fondo de su garganta al sentir la rendición de ella. Pasó su brazo libre alrededor de la cintura de Valeria, levantándola del cojín y pegando su cuerpo menudo contra su torso con una fuerza que le quitó el aliento.

El contacto de sus pechos comprimidos, el latido frenético de sus corazones chocando al unísono y la desesperación de sus bocas devorándose en medio del salón en penumbra borraron cualquier noción de tiempo y espacio. Bastian mordisqueó suavemente su labio inferior, absorbiéndolo con una sensualidad tan cruda que Valeria arqueó la espalda contra él, soltando un gemido ahogado que vibró directamente en la boca del magnate.

La mano de Bastian descendió por su cadera, quemando la tela del pantalón de yoga, apretando con una posesión que dejó muy claro que ningún contrato en la Tierra volvería a separarlos. Subió de nuevo por su costado, acariciando la piel que asomaba bajo la camiseta de tirantes con una lentitud que hacía arder cada nervio de su cuerpo.

El beso cambió de ritmo: de la furia incontenible pasó a una intimidad densa, líquida, casi dolorosa en su intensidad. Bastian saboreó cada rincón de su boca como si estuviera reclamando una tierra prometida que le había pertenecido desde el principio de los tiempos, rozando su mejilla con su respiración entrecortada y caliente.

Cuando finalmente se separaron apenas unos milímetros para tomar aire, sus frentes quedaron unidas.

Ambos jadeaban. El pecho de Bastian subía y bajaba con violencia contra el de Valeria; sus ojos grises, dilatados y oscuros por el deseo más primitivo, la miraban como si fuera la única criatura viva sobre la faz de la tierra.

Valeria tenía los labios hinchados, enrojecidos, y los ojos brillantes por una pasión que jamás en toda su vida había experimentado. Su corazón repiqueteaba en sus oídos como una batería de combate.

—Dime ahora que soy un extraño con un traje caro, Valeria —susurró Bastian contra su boca, rozando sus labios hinchados con cada palabra, con una voz tan cargada de deseo y victoria que hizo temblar hasta el último rincón del alma de ella—. Dímelo otra vez a los ojos.

Valeria cerró los párpados un segundo, buscando desesperadamente el control que acababa de derretirse en ese sofá. Pero cuando volvió a mirarlo, la reina de hielo había desaparecido. Solo quedaba la mujer, vulnerable, encendida y derrotada ante la fuerza de un destino que ya no podía esquivar.

—Eres un maldito desastre para mis planes, Thorne —susurró ella con un hilo de voz temblorosa.

Bastian sonrió, una sonrisa lenta, ardiente y absolutamente posesiva, antes de volver a reclamar sus labios con un beso corto pero fulminante que selló el pacto sin necesidad de papel.

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Inoelia Lantigua
Ósea que el ya lo sabe
Cliente anónimo
Muy hermosa y romántica esta historia 👏👏
Flor Perez
como me gustaría que ya viniera un bebito a bordo 🤭🤭🤭🤭
Flor Perez
simplemente maravillosa 🥰🥰🥰🥰
Keyla M Borrero
😂😂😂
Flor Perez
una enorme felicitación, por tan preciosa novela tan diferente a todas las que se leen y esperemos que sigan más novelas como esta 🥰🥰🥰🥰
Maria Laura Perez: Gracias 🥰
total 1 replies
Keyla M Borrero
🔥🔥
Cliente anónimo
Me encanta el trama🥰
Cliente anónimo
Que bien Valeria 💕
Cliente anónimo
Al fin Valeria estás cayendo en los brazos de Bastian
Cliente anónimo
Parece que Valeria va entrando en razón
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂😂
Cliente anónimo
Ya Valeria con sus inseguridades se la embarró, ahora que no se queje
Cliente anónimo
🥰que hermoso capítulo lleno de pasión, ternura y amor 👏👏👏te sobraste escritora te felicito
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂😂😂😂
Cliente anónimo
Ya casi está lista para aceptar que está enamorada 🥰
Flor Perez
me encanta como se va desarrollando la novela , deseo que siga asi
Cliente anónimo
La trama se vuelve más interesante en cada capítulo, felicitaciones 👏👏
Cliente anónimo
Excelente novela escritora 👏👏👏
Cliente anónimo
Al fin Valeria perdió el control🤣
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