Un amor del pasado. Un secreto doloroso. Y una voz que necesita ser escuchada.
Para el mundo criminal, Matteo Vitale es «El Lobo de Roma»: un capo despiadado, frío y sin corazón. Pero tras las puertas de su mansión, Matteo es solo un padre desesperado por proteger a Leo, su pequeño de siete años. Marcado por una traición desgarradora y traumatizado por los maltratos de su verdadera madre, el niño ha quedado sumido en un silencio absoluto y solo confía en Matteo.
Matteo juró no volver a abrir su corazón a nadie, hasta que Chiara Romano regresa a Italia tras diez años de ausencia.
Chiara ya no es la jovencita que él recordaba; ahora es una mujer independiente, experta en armamento, segura de sus curvas y con un espíritu vibrante que no se deja intimidar por la mafia. Sin lástima ni presiones, su calidez y su risa comienzan a derribar las defensas del pequeño Leo y a desafiar la armadura de hielo de Matteo.
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Capítulo 10: La grieta del muro
El murmullo de la vajilla de porcelana al chocar suavemente contra la mesa de madera tallada era el único sonido constante en el comedor. La comida marchaba con una calma que Matteo encontraba casi sofocante, aunque para el resto pareciere un almuerzo dominguero perfectamente normal.
Alonzo, con esa soltura natural que siempre había tenido para robarse la atención, soltó una carcajada fuerte tras decir algún chiste sin importancia, haciendo que Chiara soltara una risita ligera mientras se acomodaba el cabello detrás de la oreja.
—De verdad te lo digo, Chiara —interrumpió Stella, dejando su copa de vino sobre el mantel con suma elegancia. Tenía la mirada fija en ella, observándola con una mezcla de calidez y nostalgia—. Cuando te vi entrar hoy, casi no te reconozco. Te me hacías tan pequeña en los recuerdos… pero mírate ahora. Estás altísima, hermosa. Toda una mujer.
Chiara sintió un ligero calor subirle por las mejillas, pero no perdió esa frescura tan suya para responder, con esa mezcla de picardía y humildad que siempre desconcertaba a la familia.
—Tampoco exageres, tía, que el tacón alto hace la mitad del trabajo —sonrió, inclinándose un poco sobre la mesa—. Aunque acepto el cumplido, no voy a decir que no. La genética familiar tuvo piedad conmigo esta vez.
—Bastante piedad, diría yo —acotó Alonzo con burla, dándole un empujón suave con el codo—. Aunque por dentro sigues siendo la misma enana ruidosa que tiraba los floreros del pasillo.
—¡Cállate, Alonzo! Eso fue una sola vez y la culpa fue tuya por empujarme —contraatacó ella, arrugando la nariz mientras le devolvía el empujón, provocando la risa moderada de Stella.
Mientras las bromas iban y venían entre ellos, al otro extremo de la mesa la historia era completamente distinta. Matteo apenas tocaba la comida en su plato. Con el tenedor daba vueltas a una pieza de carne ya fría, con los hombros rígidos y la mandíbula apretada. Su presencia era como una sombra pesada que amenazaba con nublar la luz del salón.
Su teléfono, oculto en el bolsillo de su saco, no paraba de vibrar. Un zumbido sordo, rítmico, insistente.
No necesitaba sacarlo para saber de quién se trataba. Isabella.
Hacía apenas diez minutos le había llegado el último texto: «Sé que estás ahí con ella. Si no me dejas pasar, voy a entrar y armar un espectáculo que a tu madre no le va a gustar nada.»
En el límite de la propiedad, junto al portón principal de hierro forjado, la situación ya era tensa. Un sedán elegante color negro estaba estacionado justo al borde de la entrada de adoquines. Isabella, con un vestido entallado que no encajaba en absoluto con la atmósfera privada de la villa, mantenía los brazos cruzados, exigiendo entrar con la barbilla en alto.
Pero frente a ella, bloqueando el paso con la solidez de una columna de concreto, estaba Edans.
—Déjame pasar, Edans. No estoy para tus jueguitos —dijo ella, elevando la voz para sonar intimidante, aunque la frustración comenzaba a rajarle el tono—. Matteo sabe que estoy aquí. Me está esperando.
Edans ni siquiera parpadeó. Mantuvo las manos cruzadas por delante de su traje oscuro, con la mirada clavada en un punto fijo por encima del hombro de la mujer.
—Señorita Isabella, las órdenes de la casa son claras hoy. El señor Matteo dio instrucciones precisas de no recibir visitas sin previo aviso.
—¡Yo no soy una visita cualquiera! —chilló ella, dando un paso al frente que Edans cortó sin moverse, simplemente desviando su postura para cerrar el ángulo de la reja.
—Con todo respeto, le sugiero que regrese a su vehículo. No me obligue a llamar a la seguridad exterior para que escolten su auto fuera del camino privado.
Isabella apretó los dientes, soltando un bufido lleno de veneno. Miró la casa a lo lejos, sabiendo que la barrera era impenetrable mientras ese hombre estuviera en la puerta, dio media vuelta sobre sus tacones y cerró la puerta del auto con un portazo que retumbó en la calle.
Ajena a todo el veneno que se agitaba afuera, la familia se trasladó al patio tras finalizar la comida. La brisa de la tarde traía el olor a hierba fresca y flores. Stella y Alonzo se quedaron cerca de la mesa del porche conversando en voz baja, mientras Chiara prefería la libertad del jardín.
Se sentó en una de las sillas de mimbre bajo la sombra a medias de un enorme árbol, dejando que el sol de la tarde le rozara las piernas. Cerró los ojos un segundo, disfrutando del silencio.
Unos pasos torpes y diminutos sobre el césped la hicieron abrir los ojos.
Era Leo.
El pequeño caminaba despacio, arrastrando los pies con esa timidez pesada que siempre lo rodeaba. En sus manitas apretaba con fuerza su juguete favorito: un perrito de madera desgastado, con las orejas despintadas por el uso.
Chiara no dijo nada. No se apresuró a hablarle ni a estirar los brazos para no asustarlo. Solo le ofreció una sonrisa pausada, dulce, manteniendo el cuerpo relajado.
El niño se detuvo a dos pasos de ella. La miró con sus ojos grandes y curiosos, dudando un instante. Luego, como si hubiera tomado una decisión crucial, se acercó hasta la silla. Se dejó caer sin ruido sobre el césped, justo al lado de las piernas de Chiara.
Estiró sus bracitos y le tendió el juguete de madera, ofreciéndoselo en un gesto mudo.
—¿Es para mí? —susurró Chiara, bajando la voz al mínimo para no romper el encanto.
El pequeño no respondió con palabras, pero hizo un leve gesto con la cabeza. Chiara se inclinó despacio, tomó el perrito de madera con delicadeza y empezó a moverlo sobre la hierba, haciendo un pequeño sonido divertido. Leo dejó escapar una risita ahogada, un sonido tan limpio y extraño en esa casa que pareció detener el tiempo.
Entonces, el niño buscó más cercanía. Apoyó suavemente su cabecita contra el muslo de Chiara, buscándole el calor, cerrando los ojos mientras ella, de forma instintiva y natural, comenzaba a acariciarle el cabello con los dedos, tarareando una melodía suave sin darse cuenta.
Desde la sombra del porche, recostado contra el marco de la puerta de madera, Matteo lo estaba viendo todo.
Tenía un cigarrillo apagado entre los dedos, pero no lo encendía. Sus ojos no podían despegarse de la escena.
Ver a su hijo —ese niño al que le costaba tanto conectar con el mundo, el que siempre vivía encerrado en su propio silencio asustado— tan extrañamente tranquilo, recostado contra ella como si la conociera de toda la vida... era un golpe directo al centro del pecho.
Matteo sintió cómo el aire se le atascaba en la garganta.
Durante meses, el odio, la desconfianza y el miedo a volver a ser traicionado habían sido su único escudo. Se había construido un muro de piedra alrededor para que nadie pudiera volver a tocarlo ni a lastimarlo. Había estado convencido de que Chiara no era más que otra amenaza, otra pieza en un juego peligroso.
Pero al ver la ternura absoluta con la que ella miraba a Leo, la forma cuidadosa en que sus dedos le apartaban los rizos de la frente al pequeño... el muro crujió.
Una grieta profunda se abrió en la coraza de Matteo. El odio no podía sostenerse contra esa imagen. La desconfianza empezó a desmoronarse, dejando al descubierto algo mucho peor, algo infinitamente más peligroso: un deseo oscuro, una tensión romántica y caliente que le aceleró el pulso de golpe.
Chiara levantó la mirada en ese momento, como si hubiera sentido el peso de los ojos de él sobre ella.
Sus miradas se cruzaron a través de la distancia del jardín. Ella no apartó los ojos, pero su respiración se volvió un poco más agitada bajo la intensidad con la que Matteo la observaba. Él no se movió, sosteniéndole la mirada desde la sombra, con la mandíbula apretada y los ojos oscurecidos por una mezcla de posesión, confusión y un peligro imminente.
El muro se había roto, y lo que quedaba de ambos lados no era paz, sino un incendio a punto de comenzar.
Edans te soltó la bomba 💣💣💣 Vanessa sin filtro ahora veremos que le dirás 🤔🤔🤔❓❓❓
Ahora sí viene la fiesta de compromiso de Chiara y Matteo por fin.
Matteo ahora después de esa confesión te liberaste porque Chiara no se asustó sino que te respaldó por lo que hiciste.