Él la rechazó. Ella decidió hacerlo caer de rodillas.
Cillian Voss es el Alfa de Luna Roja: multimillonario, controlador y roto por dentro. Hace más de dos décadas enterró a la mujer que amaba y, con ella, cualquier intento de volver a sentir. Su manada lo respeta. Sus enemigos lo temen. Pero nadie conoce al hombre herido que se esconde tras esa mirada helada.
Aurora Hale, futura Alfa de Estrella de la Mañana, nunca fue de las que bajan la cabeza. Inteligente, provocadora y peligrosamente decidida, creció aprendiendo a moverse entre el poder, el orgullo y la manipulación.
Durante la celebración de la Luna Azul, un vínculo imposible despierta entre los dos.
¿El problema? Cillian se niega a aceptarlo.
Para él, el destino es una maldición cruel. Para Aurora, el rechazo es apenas el comienzo del juego.
Mientras el deseo crece de forma obsesiva y sus lobos se resisten a la separación, ella toma una decisión: no será la mujer que le ruega al Alfa de Luna Roja. Hará algo mucho más peligroso.
Lo hará perder el control.
Porque hay lazos que no se pueden romper. Y hay Alfas que terminan de rodillas antes siquiera de darse cuenta de que están enamorados.
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Capítulo 5
Siempre me había imaginado cómo sería percibir el olor de mi destinado. Algunas hembras lo describían como un perfume suave; otras, como algo tan intenso que llegaba a doler.
Mi abuela decía que era como «olor a hogar». Mi padre, cuando se lo preguntaba, solo sonreía con aire distante y respondía que hay cosas que no se pueden explicar, solo vivir.
Yo creía estar preparada. Descubrí que no lo estaba… en el segundo exacto en que su olor me golpeó.
Almizcle. Cedro. Algo cálido, salvaje y limpio a la vez, como si alguien hubiera destilado el olor mismo del bosque después de la lluvia y lo hubiera mezclado con piel de hombre y pecado.
Irys levantó la cabeza dentro de mí, alerta, como si la hubiera enganchado un garfio invisible.
—Él.
Su susurro vibró en mi alma, demasiado cierto para discutirlo. Mi piel reaccionó antes de que mi mente comprendiera. Un escalofrío me subió de los tobillos a la nuca, como si gotas frías de lluvia me resbalaran despacio por todo el cuerpo.
No llovía, pero el aire se había vuelto cargado, húmedo, denso… y yo estaba en medio de su tormenta particular.
Algo me calentó el pecho de una forma extraña, acogedora, como si me hubiera acercado demasiado a una fogata en una noche fría. Los músculos que siempre mantenía en tensión, lista para discutir, reaccionar, atacar, liderar, se aflojaron sin pedir permiso. Los hombros cedieron un poco, la respiración se hizo más profunda, el cuerpo entero pareció suspirar.
Luego llegó el resto. En el fondo de la nariz se me fijó ese olor intenso a almizcle y cedro, marcando, llenando, firmando. No era solo agradable, era posesivo. Tenía sabor de palabra escrita en la punta de la lengua: mío.
Es esto, pensé. Así es como una Luna lo sabe.
No era una pregunta. Era certeza. Era el tipo de olor que hacía que una hembra cerrara los ojos y pensara:
Aquí descanso. Aquí me devoran y me reconstruyen.
Ya había oído frases parecidas, susurradas en conversaciones entre mujeres, acompañadas de risas apenadas y miradas demasiado brillantes. Ahora entendía.
Porque, por un instante, ahí, en medio de cientos de lobos, me sentí exactamente así… en casa. Expuesta. Y completamente entregada a algo que ni siquiera conocía todavía.
Cuando me acerqué a mi padre, lo percibí antes de verlo. El aire se volvió pesado, el olor más denso, más cercano, más real. Y, aun antes de que mis ojos se encontraran con los suyos, lo sentí en la piel. Era como estar bajo una lluvia fina que solo yo notaba, cada gota un escalofrío, cada gota un aviso:
Es él.
Cuando por fin lo vi, de pie junto a mi padre, enorme, duro, con una expresión demasiado tensa para una noche de fiesta, Irys prácticamente se arrodilló por dentro.
—Lobo hermoso…
Puse los ojos en blanco por dentro.
—No empieces.
Pero yo misma no podía dejar de mirar. De cerca, Cillian Voss era aún más intimidante. Mucho más alto de lo que lo recordaba, de lejos, en el funeral de Elliot; hombros anchos, postura erguida, una mirada verde que parecía cortar todo lo que se atreviera a acercarse demasiado. Sin esforzarse, dominaba el espacio.
Mi espacio. El nuestro.
Cuando otro Alfa llamó a mi padre y nos dejó solos, todo dentro de mí se acomodó, como si hubiera esperado ese momento exacto durante toda mi vida.
El claro a nuestro alrededor se desdibujó un poco, los sonidos se alejaron, y por unos segundos solo existieron su olor, su calor y ese tirón firme que unía mi alma a la suya.
Sonreí. No porque estuviera tranquila, sino porque estaba lista.
—Tú… lo sentiste, ¿verdad?
No era una pregunta inocente. Era una constatación provocadora. Sus ojos estaban oscuros, entornados, como si luchara con algo dentro de su propia cabeza.
La mandíbula apretada, el pecho subiendo y bajando más rápido de lo que él habría querido. No lo negó. No de verdad. Y eso me bastó.
Por unos segundos, creí que ese momento sería exactamente como lo había imaginado de niña… encuentro, reconocimiento, aceptación. El tipo de cosa que hace sonreír con orgullo a la Diosa de la Luna.
Pero la Diosa tenía un humor cruel esa noche. Para resumirlo, él dijo:
—Esto no cambia nada. —Su voz salió grave, baja, cortante—. Quiero que te mantengas bien lejos de mí. No acepto este vínculo.
Las palabras cayeron entre nosotros como una piedra. No era «no te quiero». No era «te rechazo como mi Luna». Era más frío, más racional, más… cobarde.
Rechazaba el vínculo. La conexión. El destino. A mí no. Irys gruñó dentro de mí, dolida, irritada.
—Es nuestro. Solo que no sabe manejarlo.
Respiré hondo y dejé que la primera punzada de dolor se acomodara en mi pecho sin dominarme. Un pedazo del momento perfecto se agrietó, cierto, pero no se rompió por completo. Había una rendija. Y si había una rendija, había una entrada.
Lo miré con calma, analizando cada señal. Su cuerpo seguía cerca del mío, firme, como si algo lo retuviera. Tenía los dedos cerrados en un puño, la mandíbula tensa, la vista clavada en cualquier lugar menos en mi boca. Su lobo rugía por dentro, aunque las palabras salieran frías.
Podía decir lo que quisiera. Pero no era capaz de irse. Me crucé de brazos despacio, dejando claro que yo no sería la primera en retroceder.
—¿No te vas a ir? —pregunté, ladeando un poco la cabeza—. Normalmente, cuando alguien no quiere estar cerca, es lo que hace.
Apartó la cara, como si yo fuera demasiada molestia para sostenerme la mirada.
—Yo llegué primero. —Su voz salió áspera—. No tengo por qué irme por tu culpa.
Una sonrisa me tiró de la comisura de la boca.
—Ya veo. —Asentí, fingiendo estar de acuerdo—. Entonces eres solo un gigante terco que ocupa espacio cerca de una hembra que debería evitar.
Sus ojos volvieron a mí despacio. El verde que había en ellos ardía, aunque él intentara ocultarlo.
—Te crees demasiado.
—Y tú no te vas porque no quieres alejarte de mí.
Esta vez su mirada bajó de verdad, como si por fin reparara en mi estatura frente a la suya. Era ridículo, en cierto modo. Yo, con un metro sesenta. Él, con dos metros cinco. Si le diera un puñetazo, probablemente me dolería más a mí. Aun así, no retrocedí.
—Pequeña. —La palabra salió casi como una provocación—. Y atrevida. Y muy creída. Yo no estoy aquí por ti. Si te incomoda, vete tú.
Por dentro, Irys se retorcía de risa.
—Está atrapado, Aurora. Amarrado. Mira cómo no puede irse.
Mantuve la expresión tranquila, pero mis ojos chispeaban.
—Muy bien, Alfa de Luna Roja. —Hice una pequeña reverencia teatral, solo para irritarlo más—. No suelo insistir donde no soy bienvenida.
Le di la espalda y empecé a caminar, dejando su olor atrás con cada paso.