Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 7
Adrián tenía las dos manos en el volante y no las movía, como si soltarlas fuera a delatarlo.
Renata esperó. El motor apagado dejaba oír todo: la respiración de él, un poco más pesada de lo normal, el tic del metal enfriándose bajo el capó, su propio pulso golpeándole en el cuello. Lo miró de perfil, la mandíbula tensa, y por un segundo pensó que de verdad iba a decirlo, fuera lo que fuera.
—Adrián.
—Los papeles del divorcio. —Él soltó el volante de golpe y se giró hacia ella, y la voz le salió distinta, más rápida, como quien cambia de carril en el último momento para no estrellarse—. El abogado ya los tiene listos. Quería decírtelo antes de que llegara Ximena y armara escándalo, porque va a querer meterse en cada coma.
Renata parpadeó.
—¿Eso era?
—Eso era.
No era eso. Ella lo supo con la misma certeza con que sabía su propio nombre. Lo supo por la forma en que él bajó los ojos al decirlo, por cómo apretó los labios después, por ese medio segundo en que la frase se le quedó atravesada antes de reemplazarla por otra. Pero Adrián ya estaba abriendo la puerta del carro, ya salía al aire de la noche, y a Renata no le quedó más que tragarse la pregunta.
Se bajó ella también, y por encima del techo del carro se miraron un instante, cada uno de un lado, antes de que él desviara la vista hacia la casa.
—Ximena debe estar por llegar —dijo Adrián—. Entra, hace frío.
—
Adentro, Renata subió directo al cuarto de huéspedes y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
Se sentó en el borde de la cama y se quedó ahí, con las manos apretadas entre las rodillas, odiándose.
Porque lo había deseado. Esa era la verdad fea, la que no le cabía en el pecho. Cuando Adrián soltó el volante y se giró hacia ella, una parte de Renata, una parte que ella creía muerta y enterrada bajo tres años de matrimonio helado, se había inclinado hacia adelante esperando otra cosa. Esperando que él dijera algo que no tenía ningún derecho a querer oír.
Se pasó las manos por la cara.
Tiene veintiocho años, Renata. Veintiocho. Cuando tú cumpliste los treinta él estaba en un salón de clases aprendiendo quebrados. Es el hermano de Ximena. Es el niño al que le dabas la mano para cruzar la calle. Y tú, a los cuarenta y tres, recién salida de una cama que todavía huele a la traición de otro, estás aquí sentada como una quinceañera reprimida porque un hombre soltó un volante.
El estómago se le revolvió, mitad vergüenza, mitad algo peor, algo que no quería nombrar porque nombrarlo lo volvía real.
Lo peor no era desearlo. Lo peor era que, por un segundo, se había permitido creer que ella podía ser deseada de vuelta. Y esa era la mentira más ridícula de todas, porque Renata llevaba cuarenta y tres años aprendiendo que a ella el cariño había que arrancárselo a la fuerza, que nadie lo daba gratis, que su propio padre había necesitado que naciera otra hija para saber lo que era querer a una de verdad.
Un hombre como Adrián no miraba a una mujer como ella. No de esa forma. Y si por un milagro absurdo lo hiciera, ella no tenía ningún derecho a dejarse mirar.
Se levantó, se lavó la cara con agua fría y se prometió, frente al espejo, que iba a comportarse. Que iba a ser la amiga de la familia, la mujer sensata, la que a todos les convenía. Que iba a firmar su divorcio, rehacer su vida y no volver a cerrar los ojos en el asiento de ningún carro.
Se lo prometió mirándose a los ojos, y no se creyó ni una palabra.
—
Abajo, Adrián estaba de pie junto a la ventana con un vaso de agua que no había tocado.
Se maldecía en silencio. Lo había tenido ahí, en la punta de la lengua, quince años de silencio a punto de romperse, y en el último segundo se había acobardado como un niño. Los papeles del divorcio. De todas las cosas estúpidas que pudo haber dicho, esa. La mujer acababa de encontrar a su marido con la hermana, apenas empezaba a levantar cabeza, ¿y él qué iba a hacer, echarle encima quince años de algo que ella nunca pidió?
No. Bien hecho, se dijo. Bien hecho en callarte. Ella no necesita esto ahora. No necesita que el hermanito menor de su mejor amiga le complique todavía más la vida.
Pero se acordó de cómo ella se había inclinado hacia adelante en el carro, apenas, casi nada, y algo en el pecho se le apretó con una esperanza que no se permitió terminar de sentir.
El timbre lo sacó del pensamiento.
Adrián abrió, esperando a Ximena, y en cambio se encontró con un hombre de traje gris y maletín, cara de pocas horas de sueño, que él conocía bien.
—Doctor Salcedo. —Adrián se hizo a un lado—. No lo esperaba tan tarde.
—No podía esperar a mañana. —El abogado entró sin quitarse el abrigo—. ¿Está la señora Renata? Esto le concierne a ella directamente.
—
Renata bajó al oír voces, y encontró a Adrián y a un desconocido de traje en la sala. El hombre se puso de pie apenas la vio.
—Señora Renata. Soy Salcedo, el abogado. —Le tendió la mano—. Perdone la hora.
—¿Pasó algo con el divorcio? —Renata sintió que se le tensaba la espalda—. Yo pensé que era trámite. Tengo las pruebas, tengo las fotos, él ni siquiera lo va a pelear.
Salcedo y Adrián cruzaron una mirada que a Renata no le gustó nada.
—Ese era el escenario esta mañana. —El abogado abrió el maletín sobre la mesa y sacó una carpeta—. Pero su esposo movió ficha esta tarde. Metió una solicitud para frenar el proceso.
—¿Frenar? —Renata soltó una risa incrédula—. ¿Con qué cara? Lo encontré en mi cama con mi hermana, hay fotos, hay—
—No lo está peleando por ahí. —Salcedo sacó una hoja y la giró hacia ella—. Ni siquiera menciona la infidelidad. Alegó otra cosa. Algo que, si prospera, no solo detiene el divorcio, sino que la deja a usted en una posición muy delicada.
Renata bajó la vista a la hoja. Leyó el encabezado. Leyó la primera línea, y sintió que la sangre se le iba de la cara.
—Esto es mentira. —Le tembló la voz—. Esto es completamente mentira.
Adrián se acercó un paso.
—¿Qué dice, Renata?
Ella levantó la cara, y por primera vez en toda la noche no fue vergüenza lo que le cerró la garganta, sino miedo.
—Dice que yo lo engañé para casarme con él. —Apretó la hoja entre los dedos—. Y que tiene cómo probarlo.