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El Asistente Del Valle Del Fuego

El Asistente Del Valle Del Fuego

Status: Terminada
Genre:Viaje En El Tiempo / Doctor / Aventura / Completas
Popularitas:207
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.

En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.

Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent

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CAPÍTULO 15: VIENEN POR EL RÍO

El día sesenta y seis amaneció rojo.

No el rojo suave de los atardeceres bonitos, ni el naranja cálido de las mañanas de caza. Era un rojo oscuro, espeso, como si todo el cielo estuviera teñido con la sangre de lo que venía. El aire estaba quieto, sin viento, cargado de un olor metálico que no era de hierba ni de río, sino de algo que olía a muerte esperando. Yo me desperté antes que nadie, con la piel de gallina en todo el cuerpo, el mismo presentimiento frío en la nuca que había sentido la tarde que el lobo salió de entre los arbustos por Nia. Me puse la túnica de lobo gris que Mara me había cosido, apreté el cuchillo de Kael al cinturón, revisé que el lagarto de madera de Nia siguiera seguro en el bolsillo interior, que los tres colgantes de Turi estuvieran contra mi pecho, que el llavero de tigre siguiera cerca del corazón, que el frasco del dolor de Gorn estuviera a mano. Luego salí fuera.

Todos estaban ya despiertos. Nadie había dormido casi nada en toda la noche. Rian subió al roble alto de la vigilancia de un salto, ágil como un gato, con su lanza favorita en la mano y los ojos fijos en el bosque norte. Kael se paró en el centro del claro, detrás de la abertura principal del muro, con su lanza más grande clavada en la tierra a su lado, la espalda derecha, la cara de piedra, sin mostrar ni un ápice de miedo. Mara llevó a Nia hasta la grieta estrecha de las rocas detrás de la cueva, el escondite que habíamos preparado para ella, le dio un cuenco de agua y le acarició el pelo una vez, muy despacio, sin decir nada. La niña lo entendió todo sin que su madre hablara. No lloró. No pidió quedarse. Solo agarró fuerte su lagarto de madera —el que yo le había devuelto por la mañana, cumpliendo mi promesa por ahora— y asintió con la cabeza, metiéndose despacio en la oscuridad de la grieta. Turi trepó a una rama baja del roble, con una bolsa llena de piedras afiladas y flechas cortas que había hecho él mismo, listo para tirar desde arriba. Gorn se sentó en una piedra alta cerca de la entrada, con su bastón entre las manos, el único ojo bueno clavado en el sendero que bajaba del río. Lira estaba a mi lado, con la bolsa de hierbas atada al cinturón, su cuchillo pequeño en la mano derecha, y la izquierda entrelazada con la mía, apretando con fuerza para que yo supiera que estaba ahí.

Pasó una hora. Dos. El sol subió más, tiñendo todo el valle de ese rojo enfermizo. No se oía ni un pájaro. Ni un grillo. Ni el ruido habitual del agua del río. Todo el valle estaba conteniendo la respiración con nosotros.

Yo estaba en lo más alto del muro de estacas, mirando hacia el norte, cuando lo escuché.

Primero fue un murmullo lejano, como el viento que empieza a soplar fuerte entre los árboles. Luego pasos. Muchos pasos. Cientos de pasos que golpeaban la tierra al mismo tiempo, sincronizados, pesados, haciendo vibrar las piedras bajo mis pies. Y entonces se escuchó el grito.

—¡AHÍ VIENEN! ¡BAJAN POR EL RÍO!

Era Rian, desde la copa del roble, gritando con todas sus fuerzas, la voz rota por la urgencia, la misma frase que yo había visto en sueños, la misma que abría el recuerdo lejano del futuro que me esperaba. Se cumplía. Todo empezaba exactamente como lo había sabido desde el primer día.

En menos de un segundo todo el clan se movió como una sola persona. Kael levantó la lanza y dio la señal con un grito corto. Turi encendió las tres hogueras de ramas verdes: tres columnas de humo negro subieron rectas al cielo rojo, marcando que eran muchos, que estaban cerca, que ya era hora. Yo bajé del muro de un salto, me puse al lado de Kael en la abertura central, con la lanza nueva que Rian me había tallado en la mano derecha, y apreté la de Lira una última vez antes de soltarla.

—Quédate cerca de la entrada —le dije, rápido, mirándola a los ojos—. Si alguien se acerca, grita. No te alejes. No te arriesgues. Te prometo que vuelvo.

Ella asintió, con los ojos brillantes pero secos, sin miedo.

—Cuídate —fue lo único que dijo.

Y entonces salieron de entre los árboles.

Los Huesos Rojos.

Treinta hombres, tal vez más, todos altos, fuertes, cubiertos de pieles oscuras y cicatrices, el torso desnudo tatuado de rojo con fémures y cuchillos, las lanzas más grandes que las nuestras, las puntas de piedra negra afiladas como agujas. Al frente de todos, caminando despacio, sin prisa, como si el valle ya fuera suyo, iba Drak. Era enorme, más alto incluso que Kael, los hombros anchos como dos troncos de roble, la cabeza rapada, un tatuaje de calavera roja que le cubría toda la cara desde la frente hasta la barbilla. Llevaba un hacha de piedra doble en una mano, tan grande que yo apenas la habría levantado con las dos, y en la otra llevaba la cabeza cortada de un ciervo gigante, como trofeo. A su lado, cojeando un poco del muslo derecho, iba Vor, el mensajero que yo había curado diez días atrás, señalándonos con el dedo, riendo con esa sonrisa despreciativa que recordaba demasiado bien.

Caminaron hasta la orilla del río, a veinte metros de nuestro muro, y se detuvieron todos al mismo tiempo, en silencio. Drak lanzó la cabeza del ciervo al suelo con un golpe seco, escupió al agua, y luego levantó la mirada hacia nosotros. Su voz era como rocas que se rompen entre sí, profunda, ronca, que llegaba hasta donde estábamos sin necesidad de gritar.

—¡SOY DRAK, JEFE DE LOS HUESOS ROJOS! —rugió, y su eco rebotó en las montañas de alrededor—. ESTE VALLE ES NUESTRO. EL RÍO ES NUESTRO. LA PIEDRA DE LA MONTAÑA ES NUESTRA. OS DOY UNA ÚLTIMA OPORTUNIDAD: SALID AHORA MISMO, SIN ARMAS, Y OS DEJAREMOS VIVIR. OS DEJAREMOS IR HACIA EL SUR, SIN COMIDA, SIN ABRIGO, Y VEREMOS SI LOS ESPÍRITUS OS PERDONAN. SI NO SALÍS EN TRES CUENTAS… MATAMOS A TODOS. AL VIEJO PRIMERO. LUEGO AL JEFE. LUEGO AL CHICO RARO QUE CURA HERIDAS. A LAS MUJERES NOS LAS LLEVAMOS. A LA NIÑA LA CRIAREMOS COMO UNA DE NOSOTROS. NO DEJAREMOS NI UNA PIEDRA SOBRE OTRA DE VUESTRA CUEVA.

Hizo una pausa, levantó tres dedos grandes y sucios.

—UNO…

Mara apretó los dientes con tanta fuerza que vi cómo se le marcaban los músculos de la mandíbula. Rian gritó desde el árbol que se fuera al diablo, que fuéramos a por ellos ya. Turi ya tenía una piedra afilada lista en la mano, esperando la señal. Kael no se movió ni un milímetro. Solo levantó la mano lentamente, pidiendo silencio a los nuestros, y luego respondió con su voz grave, clara, que no temblaba ni un poco:

—ESTE VALLE ES NUESTRO. SIEMPRE LO HA SIDO. SI LO QUERÉIS… VENID A QUITÁRNOSLO. PERO SABED UNA COSA: EL PRIMERO QUE CRUCE ESE RÍO PISA TIERRA SUYA POR ÚLTIMA VEZ. NO HABRÁ PERDÓN. NO HABRÁ PIEDAD.

Drak soltó una carcajada tan fuerte que hizo temblar las hojas de los árboles cercanos. Bajó el último dedo.

—TRES.

Y entonces rugieron.

Los treinta a la vez, un grito de guerra que heló la sangre en mis venas, y echaron a correr hacia nosotros, cruzando el río con el agua hasta las rodillas, las lanzas en alto, el hacha de Drak brillando con la luz del sol rojo. Vinieron todos juntos, como una marea oscura de músculo y odio, directos hacia la abertura central del muro, creyendo que era el punto débil, que podrían romperlo de un solo empujón.

Era justo lo que queríamos.

Kael bajó la mano de un golpe.

—¡AHORA! —gritó.

Tiramos.

Las primeras lanzas de fuego salieron volando de detrás del muro, envueltas en llamas vivas de resina de pino que no se apagaba con el agua. Cayeron justo en medio de los primeros que habían cruzado el río. Tres de ellos cayeron gritando, con la ropa ardiendo, desordenando a los que venían detrás. Luego fue el turno de las trincheras. Los cinco primeros que llegaron corriendo a toda velocidad no tuvieron tiempo de frenar. Pisaron la tierra camuflada, se desplomaron en el agujero profundo, y los gritos se cortaron de golpe cuando las estacas afiladas del fondo les atravesaron piernas, espaldas, pechos. Dos más intentaron saltar, cayeron a medias, quedaron enganchados, pataleando sin poder salir.

Luego los lazos grandes.

Turi tiró de la cuerda desde el árbol. Tres nudos se cerraron de golpe alrededor de tres tobillos de los que iban por el flanco izquierdo. Los levantó del suelo de un tirón, boca abajo, colgados de las ramas, gritando de rabia e impotencia, sin poder alcanzar sus armas. Rian saltó de la copa de un salto, cayó detrás de ellos de rodillas, y antes de que pudieran reaccionar les cortó las cuerdas que los ataban… no para soltarlos, sino para que cayeran de cabeza contra las rocas del suelo. Se quedaron quietos. No se movieron más.

Yo estaba en la abertura, junto a Kael, clavando mi lanza nueva en el pecho del primero que consiguió llegar hasta las estacas, un hombre enorme con un tatuaje de lobo en el cuello. La punta de cuarzo entró suave, como si fuera mantequilla, tal como yo le había enseñado a afilar a Rian. El hombre abrió los ojos sorprendido, soltó su lanza, y cayó hacia atrás sin un grito. Kael me dio un golpe rápido en el hombro, una señal de bien hecho, antes de clavar la suya en otro que intentaba saltar por encima del muro por la izquierda.

Mara estaba en el flanco derecho, con dos cuchillos en las manos, peleando como una loba. Un hombre se acercó demasiado a la entrada de la cueva, donde estaba Lira preparando vendajes para los primeros heridos. Mara lo alcanzó de un salto por la espalda, le clavó un cuchillo en el cuello por delante y el otro en la espalda por detrás, al mismo tiempo. El hombre cayó muerto antes de entender qué le pasaba. Ella ni siquiera se limpió la sangre de las manos. Solo miró alrededor, buscando al siguiente, con los ojos negros brillantes de una furia controlada, fría, terrible.

Gorn no peleaba cuerpo a cuerpo, pero era nuestro mejor arma. Estaba en su piedra alta, gritando órdenes cortas y claras, viendo todo el campo de batalla desde arriba: ¡TRES POR LA IZQUIERDA! ¡TRINCHERA DOS LISTA! ¡CIERREN LA ABERTURA UN MINUTO! ¡FUEGO AL CENTRO! Cada grito suyo nos salvaba la vida a todos. Él veía lo que nosotros no veíamos en medio del ruido, la sangre y el pánico.

Lira no peleaba, pero estaba en todas partes. En cuanto alguien caía herido —un rasguño profundo en el brazo de Rian, un golpe en la espalda de Turi, un corte en la pierna de Kael— ella estaba ahí en dos segundos, limpiando, cosiendo, vendando, dándoles la infusión del dolor, obligándolos a levantarse y seguir. No tenía miedo. Se movía entre las lanzas y la sangre como si estuviera recogiendo hierbas en la montaña, tranquila, rápida, segura. Más de una vez un enemigo se acercó demasiado a ella, y yo estaba a punto de correr, pero siempre llegaba antes Mara, o Kael, o una piedra certera de Turi desde el árbol que derribaba al hombre antes de que pudiera tocarla.

En diez minutos había ocho de ellos muertos o inútiles en el suelo. Tres más heridos que no podían seguir. Nosotros… nosotros no teníamos ni un solo muerto. Solo rasguños, moretones, pequeños cortes que Lira curaba en segundos. El plan funcionaba. Las defensas eran perfectas. Estábamos ganando.

Pero entonces Drak se movió.

Había estado parado en la orilla del río todo ese tiempo, mirando, sin pelear, dejando morir a los suyos para ver cómo funcionaban nuestras trampas. Ahora sabía dónde estaban las trincheras. Sabía dónde estaban los lazos. Sabía que la abertura central era fuerte. Sonrió, esa sonrisa terrible de tatuaje rojo en la cara, y levantó el hacha doble por encima de la cabeza.

—¡POR LOS FLANCOS! ¡RODÉENLOS! —rugió, y su voz se oyó por encima de todos los gritos.

Los Huesos Rojos que quedaban, unos veinte todavía fuertes, se separaron de golpe. Ya no venían todos juntos al centro. Se dividieron en dos grupos, corriendo por los lados del claro, por donde habíamos puesto menos estacas, por donde creíamos que el terreno era demasiado rocoso y difícil para pasar rápido. Se habían dado cuenta de nuestro punto débil.

Vi cómo se acercaban a toda velocidad por la derecha y por la izquierda, saltando las rocas, evadiendo las pocas trampas que habíamos puesto ahí. El corazón se me paró un segundo. No teníamos suficientes hombres para cubrir los tres lados a la vez. Kael gritó a Rian que fuera a la izquierda con Turi, a Mara que se fuera a la derecha con Lira, y se quedó conmigo en el centro, esperando a Drak, que ya cruzaba el río caminando despacio, el hacha en la mano, viniendo directo hacia nosotros.

—Mantente firme —me dijo Kael, sin apartar la vista del jefe enemigo que se acercaba—. No te alejes de mí. Él viene por los dos. Por mí… y por la piedra.

Apreté la lanza con ambas manos, hasta que los nudillos se me pusieron blancos. A mi lado, Kael respiró hondo, listo para el golpe más fuerte de su vida. Detrás de nosotros, escuché a Lira gritar mi nombre una vez, corto, asustada. Escuché a Rian rugir de furia mientras chocaban las lanzas en el flanco izquierdo. Escuché a Mara maldecir en el derecho. Escuché a Gorn gritar que venían más, que aguantáramos.

La primera parte había salido mejor de lo que soñamos. Habíamos detenido la primera oleada. Habíamos matado a ocho de ellos sin perder a ninguno de los nuestros. Pero ahora empezaba lo de verdad. Ahora Drak venía personalmente. Ahora ya no había trampas, ni muros, ni planes.

Solo quedaba fuerza. Solo quedaba sangre. Solo quedaba pelear.

Drak llegó a diez metros de la abertura. Paró. Escupió al suelo a nuestros pies. Levantó el hacha doble, brillando roja con la luz del sol que ya subía más alto. Sonrió.

—Ahora —dijo, muy bajo, pero lo oímos perfectamente los dos—. Ahora morís.

Y echó a correr hacia nosotros.

El suelo temblaba bajo sus pasos. Yo apreté los dientes, levanté la lanza nueva de Rian, y miré a Kael a un lado. Él me devolvió la mirada una sola vez. Asintió. Estábamos listos.

Lo que pasara en los minutos siguientes decidiría todo. Si vivíamos. Si moríamos. Si el valle seguía siendo nuestro. Si la promesa que le había hecho a Lira se cumpliría al atardecer.

Respiré hondo.

Y cuando Drak estaba a tres pasos, los dos nos lanzamos al mismo tiempo.

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