Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.
Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.
Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun
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CAPÍTULO 1: El brazalete de hilo rojo
El sol de la tarde teñía de dorado los tejados del Liceo de Gangnam. La campana acababa de sonar, y los pasillos se llenaron de ruido: risas, gritos, el sonido de las mochilas golpeando las paredes. Pero en el rincón más tranquilo del patio, todo era silencio… y un pequeño desastre.
Choi Min‑jun estaba sentado en un banco de madera, con la tableta apoyada en las rodillas y el cabello cayéndole sobre los ojos. Intentaba dibujar, pero se le había caído el lápiz tres veces en cinco minutos, había derramado medio vaso de jugo sin darse cuenta y ahora miraba fijamente la pantalla como si no entendiera ni lo que él mismo había esbozado. A sus dieciséis años, todos lo conocían así: el chico despistado, distraído, un poco torpe y lento para reaccionar, que se perdía en sus propios pensamientos y solía olvidar hasta su propia mochila. No buscaba llamar la atención; de hecho, parecía que casi ni se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor.
—¿Sigues aquí luchando contra tu propia tableta?
Min‑jun dio un salto tan grande que casi se cae del banco.
—¡Ah! ¡S-sí! —balbuceó, poniéndose rojo como un tomate—. No sé qué pasa… se me borró todo otra vez, y no entiendo por qué…
Levantó la vista y se encontró con la sonrisa cálida de Park Seo‑jun. Seo‑jun era alto, con el uniforme bien puesto, el cabello despeinado por el entrenamiento y esa energía que iluminaba todo. Era el capitán del equipo de baloncesto, admirado por todos… y hacía apenas unas semanas, se había convertido en su novio. Min‑jun aún no entendía bien por qué alguien tan genial se había fijado en él, que siempre se equivocaba en todo. Lo que sí sabía era que había cosas importantes que jamás podría contarle. Nadie sabría su secreto. Jamás.
Seo‑jun se sentó a su lado, le pasó un cartón de leche de plátano fría y le apartó suavemente un mechón de pelo de la frente.
—Te ves cansado. ¿Dormiste bien anoche? Te fuiste corriendo antes de que pudiéramos caminar juntos a casa.
El corazón de Min‑jun dio un vuelco. Se había ido rápido porque el brazalete de hilo rojo que llevaba oculto en la muñeca había vibrado, llamándolo al santuario del Monte Namsan.
—Tuve que ayudar a mi abuela con unas cosas y me retrasé —inventó, bajando la mirada—. Perdón por irme así.
—No tienes que pedir perdón —le dijo Seo‑jun con ternura—. Solo cuídate, ¿vale? Si te pasa algo, me preocupo mucho.
Se quedaron un rato más en silencio. Cuando el sol empezó a esconderse, el brazalete volvió a vibrar con más fuerza. Min‑jun se levantó de golpe, tropezando casi con sus propios pies.
—Tengo que irme ya, ¡se me hace tarde! Mañana te veo en clase, ¡adiós!
Salió corriendo sin mirar atrás. Al llegar al bosque del Monte Namsan, se aseguró de que nadie lo viera y entró hasta el pequeño santuario de piedra. Allí lo esperaba Yeo‑wol.
—Llegas justo a tiempo. El Tejedor de Han ha despertado una sombra en el mercado de Namdaemun; está descontrolada y destruye todo a su paso.
En ese instante, al tocar la piedra con el dedo, la actitud de Min‑jun cambió por completo. La torpeza y la confusión desaparecieron de golpe. Sus ojos se iluminaron con una claridad asombrosa, su postura se enderezó y habló con una lógica y una calma que nadie reconocería en él de día:
—Ya entiendo el mecanismo. No es un monstruo que ataca por maldad: responde a la agresión. Si intentamos golpearla, su rencor se alimenta y se hace más fuerte. La solución no es pelear, sino interrumpir el ciclo de violencia.
Yeo‑wol asintió, impresionada como siempre por su mente:
—Recuerda: tu identidad debe permanecer oculta bajo cualquier circunstancia. Nadie debe saber quién eres. Ni siquiera él.
—Lo sé —respondió con voz firme—. Lo prometo.
Pronunció las palabras de activación:
—¡Luz de Arirang, despierta!
Una luz blanca lo envolvió. El uniforme escolar desapareció, reemplazado por un traje elegante de tonos blancos y verde jade, con detalles bordados de estilo tradicional coreano. Un antifaz fino y elegante cubría la parte superior de su rostro. Ya no era el chico despistado del liceo: ahora era **Jade Blanco**, el estratega lógico, el que siempre encontraba la solución donde nadie más veía salida.
Llegó al mercado y vio el caos. Entonces, desde lo alto de un techo, saltó otra figura: vestida de negro y dorado, con antifaz afilado y una fuerza imponente. Era **Ámbar Negro**, su compañero de batalla.
—Llegas tarde —dijo con voz grave—. Ya intenté detenerla, pero cada golpe que le doy la hace crecer más. No sé qué más hacer.
Jade Blanco observó la escena unos segundos, calculando distancias y reacciones con rapidez:
—No es que lo hagas mal, es que usaste la estrategia equivocada. Esta sombra se alimenta de la resistencia. Si la enfrentas directamente, ganará ella. Escucha bien: tú creas una barrera de fuerza para proteger a la gente y limitar su movimiento sin atacarla. Yo buscaré el punto donde está anclado su dolor y lo purificaré con luz. Es la única vía lógica para detenerla sin causar más daño. ¿Estás de acuerdo?
Ámbar Negro se quedó un instante sorprendido por la claridad y la inteligencia de su compañero, y asintió sin dudar:
—Entendido. Es el plan que tiene más sentido. Cuento contigo.
Se pusieron en marcha. Ninguno de los dos tenía ni la más mínima idea de quién estaba detrás del antifaz: Jade Blanco no sabía que su fuerte compañero era Seo‑jun; y Ámbar Negro no imaginaba que ese joven brillante y calculador era Min‑jun, el chico que se tropezaba con todo en el colegio.
La noche apenas comenzaba. Min‑jun ya tenía todo planeado: al amanecer volvería a ser el chico distraído que todos conocían, pero mientras llevara el sello de jade, siempre tendría la respuesta correcta para proteger la ciudad… y el secreto que unía sus dos vidas.
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**FIN DEL CAPÍTULO 1