Una joven inocente a muerto, pero, lo inimaginable ha sucedido; un alma proveniente de otra época, ha reencarnado en su cuerpo, Victoria fue una reina tirana, que gobernó con firmeza y conquisto reinos sin titubear, ahora, para sobrevivir, tendrá que convertirse en la reina de la mafia.
Pero, en su camino se cruzara con Alexey, un líder mafioso a quien no se verá como un digno rival, si no que también, podrías ser su aliado más poderoso.
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Capítulo 11: La Marca del Dominio
La luna alcanzó su punto culminante sobre el tragaluz del almacén, iluminando los restos de maderas rotas y sacos destrozados que servían de lecho improvisado para los dos líderes del inframundo.
El silencio de la nave industrial solo era interrumpido por sus respiraciones agitadas. Alexey yacía de espaldas sobre la tierra, con el torso desnudo surcado por rasguños frescos que sangraban levemente, y su rostro manchado de hollín y carmín. Victoria descansaba sobre su pecho, con el vestido de seda roja deshecho en la cintura y el cabello oscuro desparramado sobre el hombro del gigante.
La ferocidad del encuentro físico había dejado marcas en ambos: mordiscos en el cuello, moretones en los brazos y el dolor de una batalla que había derivado en una entrega total y salvaje. Sin embargo, ninguno de los dos mostraba arrepentimiento o debilidad.
Alexey pasó su mano enorme por la espalda desnuda de Victoria, sintiendo la suavidad de su piel y la firmeza de la musculatura que se escondía bajo la apariencia delicada de la joven.
—El cargamento de armas se queda en el muelle —murmuró Alexey con la voz enronquecida por la fatiga y el placer—. Te pagaré el diez por ciento del arancel... solo porque me ha gustado la forma en que negociaste esta noche.
Victoria dejó escapar una risa corta y helada, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos. Apoyó el mentón en sus puños sobre el pecho de Alexey.
—El quince por ciento, bárbaro —corrigió ella, dándole un pequeño mordisco en la barbilla—. Y la próxima vez que intentes inmovilizarme usando tu peso, te juro que te amputo el brazo con una aguja de sangre.
—Inténtalo cuando quieras, reina —replicó él, sonriendo con esa arrogancia salvaje que a Victoria le resultaba tan irritante como fascinante—. Pero admitelo: te encanta que sea el único hombre en esta metrópoli que no se arrodilla ante tus ojos dorados.
Victoria no respondió de inmediato. Pasó los dedos por la cicatriz del pómulo de Alexey, contemplando la fuerza y la lealtad bruta que emanaban de ese hombre. En su vida pasada, gobernaba mediante el terror absoluto; sus súbditos la adoraban por miedo y sus generales la obedecían por terror a la ejecución. Alexey era diferente: la desafiaba, la hacía sangrar, la buscaba en el terreno del combate y la deseaba con una pasión que no podía ser comprada ni manipulada.
—No me encanta tu insolencia, Alexey —dijo ella en voz baja, con una sinceridad inusual que hizo que el capo dejara de sonreír—. Me resulta... tolerable. Es la primera vez en siglos que encuentro a alguien que no se rompe al primer contacto con mi voluntad.
Alexey la sujetó del mentón, obligándola a mirarlo fijamente a los ojos grises que brillaban con una intensidad sagrada.
—No me voy a romper nunca, Victoria.—aseguró él con una gravedad que resonó en el almacén vacío—. Y no me voy a ir a ninguna parte. Vas a tener que aguantarme a tu lado hasta que este imperio que estás construyendo se caiga a pedazos o nos lleve a los dos al infierno.
Victoria lo miró en silencio durante un segundo largo, sintiendo un calor desconocido en el centro de su pecho que nada tenía que ver con la magia antigua. Inclinó la cabeza y le dio un beso suave, casi tierno, en la comisura de los labios, una concesión rara que sorprendió al propio capo.
—Entonces asegúrate de comprar un traje nuevo para la recepción de mañana, Jefe —concluyó ella, incorporándose con una elegancia impecable mientras se arreglaba la seda roja—. La alta sociedad de esta ciudad va a conocer formalmente a sus nuevos dueños, y no quiero que mi socio parezca un mercenario de poca monta.
Alexey la observó ponerse de pie, sintiendo que cada gota de sangre derramada esa noche había valido la pena. La conquista del inframundo continuaba, pero la batalla más peligrosa se libraba entre sus propios corazones.