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Una noche equivocada: el magnate se volvió adicto a mí

Una noche equivocada: el magnate se volvió adicto a mí

Status: Terminada
Genre:CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Amor a primera vista / Elección equivocada / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Sofía Nieto reservó una habitación de hotel para entregarle su primera vez al novio con quien llevaba dos años.
Pero, en la oscuridad, terminó abrazando al hombre equivocado.
A la mañana siguiente despertó desnuda junto a Damián Godoy: un magnate diez años mayor que ella, dueño de un imperio empresarial y conocido en toda Ciudad Aurora como el Verdugo. Frío, dominante y peligrosamente poderoso, Damián estaba acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba.
Y desde aquella noche, empezó a desearla a ella.
Sofía quiso olvidarlo y volver con su novio. Sin embargo, descubrió que él la había traicionado y acababa de casarse con la mujer que provocó el error del hotel. Como si eso no bastara, un accidente dejó a su padre al borde de la muerte y a su familia con una deuda de medio millón de pesos.
Damián pagó la deuda.
Pero no pensaba dejarla desaparecer después.
—Me debes medio millón, nena. Y pienso cobrarlo.
Sofía entra así en el mundo del hombre más temido de la ciudad: su empresa, su casa y una relación que debía terminar en cuanto la deuda quedara saldada.
Para Damián, ella solo sería un antojo pasajero.
Hasta que comenzó a ponerse celoso de cualquier hombre que la mirara.
Hasta que fue incapaz de dormir sin tenerla entre sus brazos.
Hasta que estuvo dispuesto a enfrentar a su familia, a sus enemigos y al mundo entero con tal de protegerla.
Pero Sofía no quiere cambiar una deuda por una jaula. Mientras lucha por construir una carrera, comprar su propia casa y dejar de vivir para los demás, deberá descubrir si Damián realmente la ama… o si solo desea poseerla.
Él creyó que terminaría cansándose de ella.
No sabía que aquella muchacha que entró por error en su cama acabaría convirtiéndose en su única debilidad.
En su antojo.
En su adicción más dulce.

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Capítulo 12

Capítulo 12: La cena de la ruptura

Kevin firmó con Brenda a la mañana siguiente.

Me enteré después de cómo pasó. Esa madrugada, con el anillo mío todavía en el dedo, Kevin destapó por fin el patrón entero de Brenda, hilando años de daño.

—Ya me acordé de Mimí —le dijo—. En primer año de la prepa. Mi primera novia. ¿Te acuerdas? Tú la emborrachaste en una fiesta, tú misma, y la dejaste dormida junto a Beto, arreglaste todo para que yo llegara y pensara lo que pensé. Y yo, tonto, la juzgué, le grité, la dejé sin dejarla explicarse. —Se le quebró la voz—. Meses después me enseñó los mensajes de esa noche, los que probaban que estaba inocente, que la habían usado. Y ya era demasiado tarde. Ya andaba con otro. La perdí. Por ti.

—Kevin, éramos unos chamacos, yo no…

—Y hace unas semanas hiciste lo mismo con Sofía. La misma jugada, quince años después. —Kevin apretó los dientes—. La foto que le mandaste. El cuarto de hotel. Todo. Crees que no me di cuenta. Crees que soy tan tonto como en primer año. Pues no. Esta vez sí me di cuenta. Tarde, como siempre, pero me di cuenta.

Brenda no lo negó. No podía. Quince años de la misma maña quedaban al descubierto sobre la mesa de esa sala, y no había disfraz de amiga leal que la tapara.

—Escoge —le dijo Kevin, frío como nunca lo había visto nadie—. Te casas conmigo hoy mismo, y rompemos toda relación entre nuestras familias para siempre. O desapareces de mi vida. Ahora.

Fue un pulso de orgullo. Un reto envenenado. Y Brenda, que no sabía perder, que prefería ganar la batalla aunque perdiera la guerra, levantó la barbilla y aceptó.

Esa misma mañana firmaron el acta.

¿Por qué lo hizo Kevin? Me lo confesó él mismo, después, con lágrimas. Razonaba así, con esa nobleza rota que siempre tuvo: Con Sofía nada más me tomé de la mano y la besé; ella sigue intacta, entera, puede rehacer su vida sin cargar nada mío. Con Brenda pasó lo que pasó —lo del hotel—, y un hombre de bien responde por eso. Me caso con ella porque es lo correcto.

Se casó con la que lo engañó por creer que le debía algo. Y me dejó a mí, a la que quería, por creer que a mí no me debía nada.

Así de torcida es a veces la decencia de los hombres buenos. Se sacrifican por lo que les hicieron mal, y en el sacrificio arrastran a los que no tenían culpa de nada. Kevin creyó que estaba siendo un caballero. Y en realidad estaba premiando a su verdugo y castigando a su novia. Pero eso él no lo iba a ver nunca. Los hombres como Kevin confunden la nobleza con la rendición.

Yo, mientras tanto, ni enterada. Yo seguía con el anillo puesto, planeando en la cabeza una boda que solo existía ya en mi imaginación.

—————

Esa noche, sin yo saber que ya estaba casado, me llevó a cenar.

Al restaurante más caro de Ciudad Aurora. Kevin, que jamás se vestía formal, llegó de traje impecable, planchado, con el pelo peinado. Pidió lo mejor de la carta para mí. Y no probó bocado. Solo me miraba comer, con una ternura triste, con los ojos brillosos, mientras yo, sin entender, le preguntaba qué le pasaba.

Al final, cuando ya no aguantó, me tomó las manos sobre el mantel y me lo dijo. Todo. Que se había casado con Brenda esa mañana. Que lo del hotel había pasado. Que no merecía perdón. Que por eso me soltaba.

Se me cayó el tenedor.

—Kevin… —No me salía la voz.

—No tires el anillo, Sofi. —Se quitó el suyo y lo dejó sobre la mesa, temblando—. Guárdalo. Para no quedarnos con pendientes. Para que un día te acuerdes de que sí te quise. Que fui un cobarde, pero te quise.

—¿Por qué, Kevin? —Fue lo único que me salió, en un hilo de voz—. ¿Por qué a ella y no a mí?

—Porque a ti todavía te puedo dejar entera. —Se le rodó una lágrima—. Contigo nada más nos tomamos de la mano, nos besamos, te respeté siempre. Tú puedes rehacer tu vida sin cargar nada mío. Con ella… con ella ya no. Ya pasó lo que pasó. Y un hombre responde. Perdóname. Perdóname por ser así.

Se levantó. Me dio un beso en la frente, largo, de despedida, y con los labios pegados a mi piel me susurró "te quise, Sofi, de verdad te quise". Y se fue con paso firme, sin voltear ni una vez, hacia la puerta del restaurante, mientras yo me quedaba ahí, sola en la mesa más cara de Ciudad Aurora, con dos anillos, dos platos servidos y ningún novio, viendo cómo el amor de dos años se iba caminando entre las mesas de manteles blancos.

El segundo hombre de mi vida salía de escena, arruinado por su propia bondad mal usada. Y yo no sabía todavía que el primero, el de la noche equivocada, el que me debía todo y no me debía nada, ya venía caminando hacia mí desde el otro lado del salón.

—————

Me quedé sentada no sé cuánto tiempo. Un mesero se acercó a preguntar si todo estaba bien; le dije que sí con la cabeza, incapaz de hablar. Miré los dos platos servidos, el vino sin tocar, el anillo de Kevin sobre el mantel blanco, brillando bajo la luz tibia. Dos años. Dos años que se resumían en un anillo abandonado sobre una mesa cara.

Pensé en llamar a Alondra. Pensé en irme al baño a llorar. Pensé en tantas cosas y no hice ninguna, porque el cuerpo no me respondía.

Y entonces empezó a sonar una música.

Una vieja balada de desamor, de esas que ponen para acompañar a los tristes en las cantinas, de esas que mi abuela cantaba lavando trastes. Solo que no era la música del restaurante, que tenía otro ambiente, más fino.

Era un tono de llamada. El tono de llamada de alguien que se acercaba.

Levanté la cabeza, mareada, con la vista nublada de lágrimas, buscando de dónde venía. Y ahí, avanzando entre las mesas hacia mí, con el celular sonando en el bolsillo y esa presencia que hacía callar a un salón entero, venía Damián Godoy.

Se me doblaron las piernas. Todo el día contenido —el traje de Kevin, la confesión, el anillo sobre el mantel, los dos años que se iban caminando— se me vino encima de golpe. El mundo se me fue de lado, las luces del restaurante se volvieron borrosas, y alcancé a pensar me voy a desmayar aquí, en el suelo, delante de todos justo cuando dos brazos firmes me atraparon en el aire, antes de que tocara el piso.

Reconocí el olor antes que la cara. Ese olor a él que ya me sabía de memoria.

Damián me sostuvo contra su pecho, me acomodó la cabeza en su hombro como si yo no pesara nada, y con el pulgar me fue limpiando las lágrimas de la cara, una por una, con una delicadeza que no le cuadraba a esa fama de hielo, mientras el restaurante entero volteaba a ver la escena.

Y entonces vi que no venía solo.

A unos pasos, con un vestido caro y la cara descompuesta de rabia, estaba una mujer que yo no conocía: Roxana Belmonte. Miraba a Damián. Miraba cómo me sostenía. Y en sus ojos había un veneno que yo, en mi tristeza, ni alcancé a medir.

Damián no le devolvió la mirada. Me sostuvo más fuerte contra su cuerpo, levantó la barbilla, y ante el restaurante entero, ante Roxana, dijo, con esa voz grave que no repite las cosas:

—Es mi novia.

Hizo una pausa. Y bajando la voz, solo para él, para mí, para el aire, agregó lo que de verdad quería decir:

—Es mía.

1
Ely Mercado
Kevin quiso otra torta ya mordida🙄
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