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OLVIDÓ DE AMOR

OLVIDÓ DE AMOR

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / CEO / Romance
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Ottavia Silvestri lleva diez años de matrimonio con Nereo Lombardi. A pesar de que su relación ha atravesado momentos difíciles, Ottavia siempre ha creído que cada discusión, cada crisis y cada reconciliación fueron necesarias para construir el matrimonio que tiene hoy.

Madre de tres hijos adultos —Marco, Dario y Elena—, cada uno con su propia empresa y una vida establecida, Ottavia siente que lo tiene todo: una familia de la que está orgullosa, un esposo al que ama y una vida que no cambiaría por nada.
Hasta que una noche, durante el quinto aniversario de la empresa de su hijo menor, Dario, descubre la verdad que destroza todo lo que creía conocer.

Nereo la engaña. Y no con cualquier mujer.

Su amante es Beatrice Sorrentino, la mejor amiga de su hija Elena… una mujer mucho más joven que Ottavia.

Con el corazón hecho pedazos y una humillación que no piensa olvidar, Ottavia decide no enfrentarse a su esposo. En lugar de eso, prepara su venganza en silencio.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 15

La puerta se cerró tras ella con un sonido suave y definitivo. Ottavia se quedó un instante en el recibidor, respirando hondo, apretando las manos contra su falda como si quisiera asegurarse de que todo lo que había vivido era real y no un sueño del que acababa de despertar. Al mirarse al espejo del pasillo, apenas reconoció a la mujer que la devolvía la mirada: los ojos le brillaban con una luz que llevaba años apagada, la postura era erguida, firme, como si hubiera recuperado un peso que había perdido sin darse cuenta. Pero por dentro todo era un torbellino de sentimientos: alivio, culpa, miedo, esperanza… luchando todos a la vez en su pecho.

—¿Ottavia? —la voz de Nereo llegó desde la sala, tranquila y rutinaria, como si apenas hubiera notado su ausencia—. ¿Llegaste temprano hoy? Pensé que estarías con Elena.

Ella se giró despacio hacia él. Estaba sentado en el sillón, con el periódico en una mano y una taza de café en la otra, exactamente igual que siempre. Ni siquiera levantó la vista del papel hasta que ella estuvo a su lado.

—Sí, regresé antes —respondió ella, con voz serena, y se sorprendió de lo fácil que le salía mantener la calma—. No estaba en casa, así que decidí volver.

Nereo asintió distraído, pasó la página y por fin la miró un instante, una mirada rápida, superficial, que no la recorrió ni un segundo más de lo necesario. —Bien. ¿Algo pasó? Te ves… igual que siempre.

Esas palabras cayeron sobre ella como agua helada, y al mismo tiempo le dieron una fuerza que no esperaba sentir. Igual que siempre. Después de todo lo que había descubierto, después de las mentiras, de los besos con otra, después de haber estado con Lorenzo… él no veía absolutamente nada diferente en ella. No notaba el cambio, no notaba que la mujer que tenía enfrente ya no era la misma.

—¿Igual que siempre? —repitió ella con una media sonrisa, acercándose un poco más—. ¿Estás seguro? No me ves distinta?

Él la miró de nuevo, frunció levemente el ceño y luego se encogió de hombros, volviendo al periódico. —¿Cómo ibas a estar distinta? Eres tú. Siempre la misma. Tranquila, ordenada… mi esposa. ¿Qué iba a cambiar?

—Todo —susurró ella tan bajito que él no pudo oírlo—. Todo cambió hace mucho tiempo. Solo que tú dejaste de mirarme lo suficiente para darte cuenta.

—¿Dices algo? —preguntó él sin levantar la vista.

—Que tienes razón —respondió ella con firmeza—. Soy la misma. La misma que ha estado aquí todos estos años, esperando que alguien la viera de verdad. Y tú nunca lo hiciste.

Nereo soltó una risa suave, sin entender el peso de sus palabras, y le hizo un gesto con la mano como pidiéndole que se acercara. —No digas tonterías. Ven aquí. Sabes que te quiero. Eres la base de esta casa.

Ottavia se quedó inmóvil. Esas palabras, que antes la habrían conmovido, ahora le sonaban vacías, huecas, dichas por costumbre más que por convicción. —¿La base? —repitió ella—. ¿Como un mueble que siempre está ahí, sin necesidad de preguntarle cómo se siente, qué piensa, o si está feliz?

Él bajó el periódico por completo y la miró con cierta confusión, como si ella estuviera hablando un idioma que no entendía. —¿Por qué hablas así? ¿Pasa algo? ¿Te sientes mal?

—No me siento mal —dijo ella, y su voz era clara, segura, sin rastro de la inseguridad de antes—. Me siento bien. Más viva que en mucho tiempo. Y me doy cuenta de algo: si tú no eres capaz de ver el cambio en mí, es porque nunca me viste realmente. Solo viste lo que querías ver: la esposa que te cuidaba, que te esperaba, que no hacía preguntas. Pero yo también tengo vida, Nereo. Yo también tengo corazón. Y tú lo olvidaste.

Nereo se puso de pie, frunciendo el ceño, acercándose a ella con esa actitud de quien intenta arreglar algo que no entiende. —No sé de dónde sacas todo esto. Te respeto, te cuido, te doy todo lo que una mujer puede desear. ¿Qué más quieres?

—Quiero que me veas —dijo ella, clavándole la mirada a los ojos—. No como tu esposa, no como la madre de tus hijos, sino como Ottavia. La mujer que soy. Y hace diez años dejaste de hacerlo. No te culpo, pero tampoco te voy a pedir que lo hagas ahora. Ya es tarde.

Se apartó de él y caminó hacia la ventana, mirando hacia el jardín donde había pasado tantas horas pensando que era feliz. —Y lo curioso es que otro hombre, en apenas unos días, ha visto más de mí que tú en toda una vida. Ha visto mi dolor, mi fuerza, mi soledad… y aun así se ha quedado. Mientras tú vivías a mi lado sin saber quién era.

Nereo se tensó de golpe, y la voz se le volvió seca y desconfiada: —¿De quién hablas? ¿De Salvetti? ¿Qué tiene que ver él?

Ottavia giró la cabeza y lo miró con calma, sin miedo, sin ocultar nada. —No importa quién sea. Lo que importa es que él me vio. Y tú no. Y esa diferencia… es la que ahora me da fuerzas para seguir adelante, sea cual sea el camino que decida tomar.

—Ottavia, no digas locuras —dijo él, intentando recuperar el control—. No sabes lo que dices. Ese hombre no te conoce. Solo quiere lastimarme a través de ti.

—Tal vez —respondió ella con serenidad—. Pero al menos él me habla a la cara. Al menos me mira a los ojos. Al menos no me trata como si fuera invisible. Y eso, Nereo, es algo que tú ya no sabes darme.

Se acercó a él y le puso una mano en el brazo, con una ternura que ya no era de amor, sino de despedida. —No te culpo por no saber verme. Pero tampoco voy a esperar más a que aprendas. Tengo derecho a ser vista. Y si no es contigo, será conmigo misma. O con quien sea capaz de hacerlo.

Nereo abrió la boca para responder, pero se quedó sin palabras. La miró allí de pie, con esa tranquilidad que lo desarmaba por completo, y comprendió con una punzada de inquietud que algo se había roto entre ellos para siempre. No por una pelea, ni por un grito, sino porque ella ya no necesitaba su aprobación para ser quien era.

—Voy a preparar la cena —dijo Ottavia, retirándose despacio—. Si quieres comer, aquí estaré. Pero no esperes que sea la misma de antes. Porque yo ya no lo soy.

Mientras se alejaba hacia la cocina, escuchó cómo él se dejaba caer de nuevo en el sillón, volviendo al periódico, como si con eso pudiera hacer desaparecer todo lo que ella le había dicho. Y esa indiferencia, esa incapacidad para verla realmente, fue lo que más le confirmó que había tomado la decisión correcta.

—No volveré a ser invisible —se prometió a sí misma en voz baja, mientras encendía la estufa—. No importa si él lo entiende o no. Yo ya me encontré a mí misma. Y eso basta.

—¿Te sientes bien? —preguntó Nereo, notando algo distinto en su forma de mirarlo sin saber explicar qué—. Pareces… diferente. Más segura.

Ottavia lo miró de frente, sin bajar la vista ni un instante. —Porque por fin lo soy. No necesito que nadie me diga quién soy para saberlo. Y tú no te diste cuenta de que yo era así todo este tiempo. Simplemente dejaste de mirarme.

—No es cierto —murmuró él, aunque sin convicción—. Te conozco de memoria.

—Entonces recuérdame bien —respondió ella con calma pero firmeza—. Porque esta soy yo. La que ya no se calla. La que ya no se conforma. Y si no te gusta… ya no tienes que quedarte. Yo sí me quedo conmigo misma.

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Mirna Vargas olortegui
Ya cansa con lo mismo que se dicen y hacen.
Monica Raquel Martin
es muy gracioso ella le reclama la traición pero ella no se queda atrás,
Leonela Soledad Trejo
como que recién se conocen y avanzaron como 20 pasos
Rossy Bta
Hola , estoy confusa como que 10 años de matrimonio y tiene hijos adultos algo no cuadra
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