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Querida Prima Y Estúpido Heredero... Está Señorita Se Vengara

Querida Prima Y Estúpido Heredero... Está Señorita Se Vengara

Status: Terminada
Genre:Venganza / Reencarnación / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LO QUE LAS CASAS GUARDAN

La mansión Sterling en el Upper East Side no era una casa. Era una declaración.

Cuatro pisos de piedra caliza blanca, con ventanas altas y estrechas como ojos que observaban la calle sin parpadear. Verjas de hierro forjado. Un jardín delantero que parecía más un escenario que un espacio vivo. Todo en ese lugar gritaba *dinero antiguo*, ese tipo de dinero que no necesita presumir porque lleva cien años siendo obvio.

Llegué a las siete en punto. Llovía. Un aguacero fino de octubre que convertía las farolas en halos borrosos y hacía brillar el pavimento como obsidiana.

Patrick abrió la puerta personalmente.

No llevaba traje. Llevaba un suéter de cuello alto color carbón y pantalones oscuros. El cabello ligeramente desordenado, como si hubiera estado pasándose las manos por él durante horas. Y en sus ojos, esa intensidad gris que ya me resultaba peligrosa.

—Ha venido —dijo. No era una pregunta.

—Dije que lo intentaría.

—Pase.

El vestíbulo era un museo privado. Suelos de mármol blanco. Una escalera curva que subía hacia la oscuridad. Cuadros que reconocí de catálogos de subastas: un Sargent, un Whistler, un Rothko que colgaba solo, ocupando una pared entera, como un grito contenido.

—¿Quiere beber algo? —preguntó Patrick, cerrando la puerta.

—Agua.

Me sirvió él mismo. Un vaso de cristal grueso. Sin hielo. Me lo entregó y sus dedos rozaron los míos. El contacto fue breve. Eléctrico.

—Siéntese —dijo, indicando un sofá de cuero frente a la chimenea apagada.

Me senté. Él se quedó de pie, junto a la ventana, mirando la lluvia.

—Mi madre —dijo sin preámbulo— sabe lo del aborto.

El agua en mi vaso tembló.

—¿Cómo?

—Porque Silvia se lo confesó. —Patrick se giró, y su expresión era una máscara de furia fría—. Ayer tarde. En esta misma habitación. De rodillas, llorando, confesándolo todo. El aborto. El padre. Los ejecutivos de Goldman. El dinero que les ha estado pagando para que callen.

Dejé el vaso sobre la mesa. Con cuidado.

—¿Y su madre la perdonó?

Patrick soltó una risa corta. Amarga.

—Mi madre no perdona, Elena. Mi madre *calcula*. —Se pasó una mano por el cabello—. Y lo que ha calculado es que Silvia, con su secreto, es ahora la mujer más controlable del mundo.

Entendí.

Entendí perfectamente.

—Victoria tiene a Silvia atada. —Mi voz sonó más fría de lo que pretendía—. Si Silvia intenta irse, si intenta hablar, si intenta respirar fuera de línea, Victoria expone el secreto. La destruye.

—Exacto. —Patrick se acercó al sofá. Se detuvo a dos metros de mí—. Silvia no es la prometida de Victoria. Es su rehén.

—¿Y usted? ¿Qué papel juega en esto?

Patrick se sentó entonces. No en la silla frente a mí. En el mismo sofá. A un palmo de distancia.

—Yo —dijo, mirándome a los ojos— soy el idiota que no se dio cuenta.

—No es un idiota.

—Lo soy. —Su voz se quebró una fracción. Solo una fracción—. Porque he pasado seis semanas investigando a Silvia, buscando pruebas, preparando el golpe, y nunca se me ocurrió que mi propia madre podría estar usándola contra mí.

—¿Contra usted?

Patrick me miró. Y en sus ojos vi algo que me heló la sangre.

—Mi madre quiere que me case con Silvia. —Una pausa—. Y quiere que usted desaparezca del mapa.

El aire se escapó de la habitación.

—¿Por qué?

—Porque usted es una amenaza. —Patrick se inclinó hacia mí, y su perfume —madera, cuero, algo más— me envolvió—. Porque usted es brillante. Porque usted no se deja comprar. Porque usted me mira como si me viera de verdad, y mi madre ha pasado treinta años asegurándose de que yo nunca mire a nadie de verdad.

—Patrick...

—Y porque —continuó, bajando la voz—, desde que usted entró en mi oficina, yo no he podido dejar de pensar en usted.

El corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho.

—No debería decirme esto.

—Lo sé.

—Soy su consultora. Su prometida está en juego. Su madre...

—Lo sé. —Se acercó más. Su rodilla rozó la mía. El contacto fue un relámpago—. Pero llevo toda la vida haciendo lo que debería. Y no me ha servido de nada.

Cerré los ojos.

Porque en la oscuridad de mis párpados, vi otra cosa.

Vi otra habitación. Otra casa. Otro Patrick, treinta años mayor, sentado en un sillón de cuero, mirándome con esos mismos ojos grises, diciendo: *"Siempre fuiste tú, Elena. Siempre."*

Y luego vi cómo firmaba la orden de ejecución de mi familia.

Abrí los ojos de golpe.

—¿Qué pasa? —preguntó Patrick, alarmado.

—Nada. —Me puse de pie, brusca—. Tengo que irme.

—Elena, espere. —Él también se levantó. Me tomó del brazo—. ¿Qué he dicho? ¿Qué he hecho?

—Nada. —Intenté soltarme. No me soltó—. Usted no ha hecho nada. Soy yo. Soy yo la que no puede...

—¿Qué no puede?

Lo miré. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes.

Reconocimiento.

No el reconocimiento superficial de quien identifica a otro.

El reconocimiento profundo. El de alguien que ha visto la misma cara en otro lugar. En otro tiempo.

—Elena —dijo Patrick, con la voz baja, casi reverente—, ¿le ha pasado esto antes?

—¿El qué?

—Esto. —Movió la mano entre nosotros, trazando el aire que nos separaba—. Esta sensación. Como si la conociera. Como si hubiéramos tenido esta conversación en otro lugar. En otra vida.

El suelo pareció moverse bajo mis pies.

*Él sabe.*

*Él recuerda.*

*Él...*

—No —dije, con la voz quebrada—. No es posible.

—¿Qué no es posible?

—Nada. —Me solté de su agarre, esta vez con fuerza—. No es posible, Patrick. Porque yo no soy lo que usted cree. Yo no soy...

No terminé la frase.

Porque en ese momento, mi teléfono vibró.

Un mensaje.

De Clara.

Lo abrí.

Una sola línea.

*"Señorita Vasquez, tengo que verla. Es sobre Victoria Sterling. No es lo que usted cree. Por favor, llámeme. Es urgente."*

Levanté la vista. Patrick me observaba con una mezcla de confusión y dolor.

—Tengo que irme —dije, ya en la puerta.

—Elena, espere. —Me alcanzó. Me tomó del rostro con ambas manos, obligándome a mirarlo—. Dígame qué pasa. Dígame qué soy para usted.

Cerré los ojos.

Y por primera vez en dos vidas, casi le digo la verdad.

Casi.

—Usted —susurré— es la variable que no calculé.

Me solté. Bajé las escaleras. Salí a la lluvia.

Y mientras el coche me esperaba en la acera, con el teléfono aún vibrando en mi mano, supe tres cosas con absoluta certeza.

Primero: Patrick Sterling recordaba. De alguna forma imposible, él también había vivido la otra vida.

Segundo: Victoria Sterling no era una aliada de Silvia. Era su carcelera.

Y tercero: Clara acababa de descubrir algo que la ponía en peligro.

Marqué su número mientras subía al coche.

Sonó una vez. Dos. Tres.

Cuatro.

Cinco.

Y entonces, una voz que no era la de Clara contestó.

—Señorita Vasquez —dijo Victoria Sterling, con esa voz helada que conocía tan bien—. Creo que es hora de que hablemos. Usted y yo. Sin testigos. Sin abogados. Sin hombres que nos distraigan.

—¿Dónde está Clara? —pregunté, con el pulso desbocado.

—Clara está a salvo. —Una pausa—. Por ahora. Pero eso depende de usted.

La línea se cortó.

Y mientras Manhattan pasaba por la ventana, borrosa por la lluvia y mis propias lágrimas no derramadas, supe que el juego había cambiado otra vez.

Porque ya no estaba jugando contra Silvia.

Estaba jugando contra Victoria Sterling.

Y Victoria, a diferencia de su nuera, no cometía errores.

1
EspirituCreativo
Dale Elena
Jesus Castro Montero
Elena eres muy inteligente apabullas a Silvia asi se hace destruye a aquel que destruyó lo tuyo
Jesus Castro Montero
Esta novela está buenísima que hará Silvia con todo lo que se le biene🤣🤭🥰😂☺️😭
Gloria Rodríguez
Mucho enredo se pierde el deseo de
Leee
EspirituCreativo
☺️ Me alegra querida lectora, gracias por tu apoyo 🥰
Mara
Me encantó!! 👏👏👏💐💐
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