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EL CONTRATO DEL ORGULLO. EN LOS BRAZOS DEL CEO.

EL CONTRATO DEL ORGULLO. EN LOS BRAZOS DEL CEO.

Status: Terminada
Genre:Sustituto/a / CEO / Romance / Completas
Popularitas:11k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Cinco años de luto familiar y silencio absoluto fue el precio que Leonor pagó por quedarse atrás mientras Héctor, su amigo de la infancia, triunfaba en el extranjero. Fiel a una promesa implícita, guardó su pureza en un santuario vacío... hasta que llegó el sobre dorado: la invitación de boda de Héctor con otra mujer. Atrapada por el orgullo y el pánico a dar lástima, Leonor miente asegurando que tiene una pareja estable. El destino mueve sus hilos cuando Adrián Valero, el imponente y frío CEO de su multinacional, se queda sin asistente para un viaje de negocios a la misma ciudad del enlace. Lo que empieza como un pacto de urgencia para salvar la dignidad de Leonor se convierte en una farsa de noche y oficina de día dentro de una suite compartida con una sola cama. Entre los celos viscerales del pasado y la protección feroz de un hombre inalcanzable, las amarras se rompen. ¿Podrá Leonor proteger su corazón cuando la farsa se convierta en la verdad más peligrosa de su vida?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 1. EL ECO DE LOS DIAS FELICES

Dicen que el tiempo tiene la extraña capacidad de borrar los bordes de los recuerdos, difuminando el dolor hasta convertirlo en una especie de neblina manejable. Sin embargo, si cierro los ojos en este mismo instante, todavía soy capaz de oler el aroma a café barato y a libros viejos que inundaba nuestro piso de estudiantes. Todavía puedo escuchar la risa escandalosa de Héctor rebotando contra las paredes desconchadas del pasillo, y el crujido de la tarima flotante cuando caminaba descalzo a altas horas de la madrugada porque no conseguía memorizar el último tema de derecho mercantil. Durante años, mi mundo tuvo un solo centro de gravedad, y ese centro llevaba su nombre.

Conocí a Héctor mi primer día de instituto. El recuerdo es tan nítido que a veces me asusta. El aula olía a pintura fresca y a los nervios propios de un grupo de adolescentes que no sabían muy bien dónde encajar. El destino, o quizás simplemente el orden alfabético de una lista colgada en el tablón de anuncios, decidió que nos sentáramos juntos en la tercera fila, justo al lado de una ventana que daba al patio trasero. Héctor se sentó a mi derecha con una mochila desgastada y una sonrisa torcida que parecía desafiar al mundo entero. No tardamos ni diez minutos en saltarnos las indicaciones del profesor para empezar a hablar por lo bajini, comentando los peinados de los compañeros y las caras de aburrimiento del personal.

Desde ese preciso instante, nos volvimos inseparables. Fue una de esas conexiones fulminantes que no necesitan explicaciones ni periodos de adaptación. Nos convertimos en carne y uña, en un solo ser dividido en dos cuerpos que avanzaba por la vida con una complicidad absoluta. Héctor era mi confidente para todo lo imaginable. Sabía cuándo estaba triste antes de que yo misma me diera cuenta, conocía mis peores defectos y los aceptaba sin juzgarme. Él era mi acompañante para cualquier plan: desde ir de compras por el centro comercial y aguantar mis horas de indecisión en los probadores, hasta salir de fiesta los fines de semana y acabar sentados en un bordillo de la acera a las cuatro de la mañana, comiendo porciones de pizza fría mientras arreglábamos el mundo. La verdad era que solo nos separábamos para ir a nuestras respectivas casas a dormir, y a veces, ni siquiera eso resultaba suficiente.

Por eso, cuando llegó el momento de dar el salto a la universidad, la decisión no requirió debate. Fuimos juntos a la misma facultad, nos matriculamos en la misma carrera y, para coronar nuestra burbuja de complicidad, alquilamos un pequeño apartamento a medias. Si ser amigos ya era genial en el instituto, compartir un piso de estudiantes superó todas las expectativas. Aquellas paredes se convirtieron en nuestro refugio particular. Vivíamos bajo nuestras propias reglas: cenábamos cereales a medianoche si no nos apetecía cocinar, llenábamos el salón de apuntes y tazas de té a medio terminar durante las épocas de exámenes, y hacíamos maratones de películas de terror los domingos por la tarde, tapados con la misma manta vieja que compramos en un mercadillo.

Durante todos esos años de juventud, ninguno de los dos tuvimos una sola pareja formal. A veces venían amigos de la facultad a casa y nos preguntaban, entre risas y cervezas, cómo podíamos aguantar tanto tiempo juntos sin que saltaran chispas o sin buscarnos novio y novia fuera de aquellas cuatro paredes. Nosotros nos limitábamos a encogernos de hombros y a reírnos del asunto. Francamente, no sentíamos que nos hiciera falta nadie más. Teníamos cubiertas todas las facetas posibles de la compañía humana: la lealtad inquebrantable, la diversión sin filtros, el apoyo en los momentos de estrés académico y el calor de un hogar. Teníamos todo lo bueno de ser amigos y ningún problema derivado de compartir una intimidad estrecha que pudiera romper el hechizo. Yo me sentía plena, protegida y ridículamente feliz, asumiendo de manera inconsciente que aquella maravillosa rutina duraría para siempre.

Hasta que llegó el día en que nuestros destinos se separaron de golpe.

La graduación universitaria fue un evento agridulce. Recuerdo el peso de la beca sobre los hombros y el orgullo en los ojos de mis padres, pero también recuerdo una punzada de ansiedad en el estómago que no supe descifrar en su momento. Pocas semanas después de recibir el diploma, la realidad del mundo adulto llamó a nuestra puerta con la fuerza de un huracán. El padre de Héctor, un hombre de negocios implacable y con una visión comercial agresiva, había estado expandiendo la empresa familiar y acababa de abrir una sucursal importante en el extranjero. No quería dejar un proyecto tan ambicioso en manos de un extraño, así que decidió que Héctor era el candidato perfecto para asumir la dirección general de la nueva sede. Era una oportunidad de oro, el sueño de cualquier recién graduado.

Cuando Héctor me lo contó en la cocina de nuestro piso, mi primer impulso fue alegrarme por él, aunque sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Sin embargo, la sorpresa vino inmediatamente después. Tanto Héctor como su padre se sentaron conmigo y pusieron sobre la mesa un contrato de trabajo. Querían que me fuera con él. Héctor me miró con aquellos ojos cargados de entusiasmo que siempre me convencían de cualquier locura.

—No puedo hacer esto sin ti, Leo —me dijo, usando el diminutivo que solo él empleaba—. Hemos hecho toda la carrera juntos, eres la persona más brillante que conozco y te necesito allí para levantar esto. Vámonos. Empecemos de cero en otro país.

Estaba superada por la emoción. La idea de cruzar el océano, trabajar codo con codo con mi mejor amigo y vivir una aventura internacional me parecía un sueño sacado de una película. Pasé varios días haciendo listas de lo que metería en las maletas, buscando apartamentos en la nueva ciudad a través de internet y planificando cada detalle del viaje. Estaba lista para comerme el mundo a su lado.

Pero el destino tiene una forma muy cruel de recordarnos que no tenemos el control de nada.

Apenas una semana antes de la fecha programada para el vuelo, sonó el teléfono en mitad de la noche. Era mi madre, con la voz rota y desfigurada por el pánico. Mi padre regresaba a casa de un viaje de trabajo por carretera cuando un camión perdió el control bajo la lluvia. El accidente fue instantáneo. Mi padre, el hombre que me había enseñado a andar en bicicleta, el que siempre me recibía con un abrazo cálido y palabras de aliento, falleció antes de que la ambulancia pudiera llegar al lugar.

El mundo que yo conocía se desmoronó en un segundo. El dolor de la pérdida me dejó sin aire, pero el verdadero golpe vino después, al ver las consecuencias en los que se quedaban. Mi madre, una mujer que siempre había sido el pilar emocional de nuestra casa, no pudo soportar el peso de la ausencia. La muerte de mi padre la sumió de inmediato en una depresión severa, una sombra gris y densa que la devoró por completo. Dejó de comer, apenas hablaba y pasaba las horas fija en un rincón del salón, con la mirada perdida en la nada, como si su alma se hubiera marchado también en aquella carretera.

Miré los billetes de avión sobre mi mesa de noche y luego miré a mi madre, indefensa y rota. Supe que no podía dejarla sola en ese estado. Sería un acto de egoísmo que jamás me perdonaría. Con el corazón hecho pedazos, llamé a Héctor y le di la noticia. Recuerdo perfectamente que lloró conmigo al teléfono, maldiciendo la mala suerte y prometiéndome que cambiaría lo que hiciera falta. Pero los negocios de su padre no esperaban a nadie; los contratos estaban firmados y la sucursal tenía que abrir sus puertas en la fecha prevista.

Al final, nuestras vidas se separaron en la terminal del aeropuerto, el lugar donde debíamos haber despegado juntos. Nos abrazamos durante lo que pareció una eternidad, impregnándome de su perfume por última vez.

—Serán solo unos meses, Leo —me susurró al oído, intentando sonar convencido—. En cuanto tu madre se estabilice un poco y las cosas se calmen, te vienes. Tu puesto va a estar esperándote siempre. Te lo prometo.

Asentí con la cabeza, tragándome las lágrimas para no transmitirle más tristeza. Nos despedimos con la firme convicción de que aquello era solo un bache temporal, una pausa forzada en nuestro camino compartido. Pero el tiempo es un maestro implacable. Aquellos meses que planeamos en el aeropuerto se convirtieron en estaciones, las estaciones en años, y al final, ya han pasado cinco largos años desde el día en que lo vi cruzar la puerta de embarque. Cinco años de distancia que transformaron nuestra indestructible fortaleza de amistad en un lejano y doloroso eco del pasado.

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Doris C Medina Rivero
que bello Adrián.🥰
Doris C Medina Rivero
que bello Adrián.🥰
Doris C Medina Rivero
guaoo.. 🥰🥰🥰
Doris C Medina Rivero
buenísimo, Héctor que te quede claro! 👏👏👏
Doris C Medina Rivero
esa bruja de Priscila 💣💣
Doris C Medina Rivero
que emoción 🥰🥰
Doris C Medina Rivero
Comienzo a leerte autora y me gusta tu escritura, está interesante.
Adiana Navas
genial me encanto muy terna y dulce
Maria Jose PAlma
me encanta 😍
Monica R Briseño
Excelente y maravillosa novela, una historia de amor donde él protege, defiende y ama tanto a ka mujer, muy bien narrada y escrita...
Muchas felicidades autora!!!!!
Nora Rivoir
Muy linda historia
Perla Arbos
Hermosa historia!!!. Felicitaciones!!!
EM
espectacular
EM
ed
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