Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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Lentejas, envidias y errores de cálculo espacial
En el ecosistema depredador del Bufete Galvis, existía una regla no escrita: los tiburones nadaban en los pisos superiores, los peces pequeños luchaban en los cubículos, y Valeria Montes merodeaba cerca de la cafetera del tercer piso.
Valeria era una abogada junior de segundo año. Tenía un corte de pelo angular que cortaba el aire, un guardarropa compuesto enteramente por tonos neutros y caros, y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Llevaba meses intentando atraer la atención de Julián García. Le llevaba café (que él no bebía), se reía de sus chistes (que él no hacía) y se inclinaba estratégicamente sobre su escritorio para mostrar su escote (que él ignoraba cortésmente, mirando fijamente su monitor).
El problema era que, desde que Sandra Bautista llegó, Julián solo tenía ojos para la abogada junior que usaba blazers de talla grande, hacía chistes sobre la jurisprudencia y traía su propio café en un termo abollado. Y Valeria, en su infinita y amarga sabiduría, había llegado a una conclusión equivocada: no era que Julián prefería a Sandra; era que Sandra le estaba haciendo "brujería corporativa".
El martes por la mañana, Sandra estaba en la cafetería, intentando que la máquina le dispensara algo que no fuera líquido de radiador.
—Qué valiente eres, Sandra —dijo una voz gélida a su espalda.
Sandra se giró. Valeria estaba ahí, sosteniendo una taza de porcelana fina que probablemente había traído de su casa para evitar tocar las tazas del bufete.
—¿Disculpa? —preguntó Sandra, parpadeando.
—Tu... confianza —dijo Valeria, escaneando a Sandra de arriba abajo con una mirada que pretendía ser analítica, pero que era puramente venenosa—. Usar ese estampado de flores en la oficina. Yo nunca me atrevería a usar algo que me hace ver tan... voluminosa. Pero admiro que no te importe la imagen corporativa. Es muy... liberador.
Sandra miró su blusa. Era un estampado floral sobre fondo azul marino que le quedaba espectacular y que Diego le había ayudado a elegir en una tienda local. Luego miró a Valeria, cuya cara estaba tan estirada que parecía que había tenido un lifting facial con agujas de tejer.
*Pobre Valeria*\, pensó Sandra. *Seguro tiene un déficit de serotonina o le dolió la muela del juicio. La gente amargada siempre ataca los estampados.*
—Gracias, Valeria —respondió Sandra con una sonrisa genuina y radiante—. La verdad es que las flores me alegran el día. Y mi autoestima es tan robusta como mi metabolismo, así que no me quita el sueño la imagen corporativa. ¡Que tengas un gran día!
Valeria se quedó con la boca entreabierta, el veneno de su comentario rebotando en el escudo de felicidad de Sandra. Antes de que pudiera replicar, las puertas del ascensor se abrieron y salió Julián.
—Buenos días\, ladies —saludó Julián\, su voz grave resonando en el pasillo. Sus ojos color miel buscaron inmediatamente a Sandra y se iluminaron—. Sandra\, justo te buscaba. Traje unos *croissants* de la panadería de la esquina. Son de mantequilla y almendra\, y pensé que necesitarías combustible para revisar las cláusulas de indemnización.
Sandra sonrió\, tomando el *croissant*.
—Eres un ángel, Julián. Te debo una.
Valeria sintió que un músculo de su ojo izquierdo daba un espasmo violento.
—Julián, yo también estoy revisando las cláusulas de indemnización —intervino Valeria, dando un paso al frente y usando su tono más seductor—. Podríamos revisarlo juntos en la sala de juntas. Tengo algunas... ideas.
Julián ni siquiera la miró. Mantuvo la vista en Sandra.
—Qué bien\, Valeria. Habla con el licenciado Galvis; él está en su oficina. Sandra\, ¿tienes los expedientes de *Inversiones del Norte*? Vamos a mi cubículo.
—Claro, vamos —dijo Sandra, siguiendo a Julián.
Valeria se quedó sola en la cafetería\, apretando su taza de porcelana con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. *Se la va a pagar*\, pensó\, con la mente nublada por la rabia. *Me la va a pagar.*
El desastre ocurrió a la hora del almuerzo.
Sandra estaba en la cocina del bufete\, disfrutando de un *Tupperware* con lentejas estofadas que había preparado Diego la noche anterior. Diego era un dios del diseño gráfico\, sí\, pero también un dios de la cocina de autor. Las lentejas olían a laurel\, a pimentón y a hogar. Estaba feliz\, comiendo y leyendo un fallo judicial en su teléfono.
Valeria entró en la cocina. Llevaba una ensalada de lechuga y tres hojas de rúcula que parecía estar masticando con resentimiento. Se sentó en la mesa de al lado, suspirando ruidosamente.
—Dios, el olor a legumbres es tan... proletario —murmuró Valeria, lo suficientemente alto para que Sandra la escuchara—. Algunas personas no tienen ni idea de cómo se perciben en un entorno de alto nivel.
Sandra masticó sus lentejas lentamente, tragó y tomó un sorbo de agua.
—Valeria, si el olor a comida real te ofende, puedes comer en tu escritorio. O mejor aún, puedes comer en la calle. No te preocupes, tu rúcula no te va a dar la energía suficiente para pelear conmigo.
Valeria se puso de pie, furiosa. Caminó hacia la isla central donde Sandra tenía sus documentos impresos para la reunión de la tarde.
—Solo digo que deberías tener más consideración con los demás —dijo Valeria, acercándose demasiado a los papeles.
Y entonces\, ocurrió. O al menos\, eso fue lo que Valeria quiso que pareciera. El codo de Valeria "accidentalmente" golpeó el vaso de agua de cristal de Sandra. El vaso se volcó\, derramando medio litro de agua helada directamente sobre las trescientas páginas de la fusión de *Inversiones del Norte*.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Valeria, llevándose las manos a la boca en una actuación digna de un Óscar—. ¡Soy tan torpe! Lo siento muchísimo, Sandra. Supongo que algunas simplemente no estamos acostumbradas a manejar tanto... volumen de papel.
Sandra cerró los ojos. Respiró hondo. Contó hasta diez. *No la vas a estrangular. Estás en un bufete de lujo. Hay cámaras. Hay abogados caros.*
Abrió los ojos y miró a Valeria, que tenía una sonrisa de triunfo mal disimulada.
—Fue un accidente, Valeria. Pasa. Aunque, curiosamente, tu centro de gravedad parece fallar solo cuando estoy cerca. Pero no te preocupes, no tengo tiempo para analizar tu torpeza crónica. Tengo que reimprimir esto.
—Oh, qué lástima —dijo Valeria, recogiendo su triste ensalada—. Yo no puedo ayudarte, tengo una llamada con un cliente.
Valeria salió de la cocina con la cabeza en alto. Sandra se quedó mirando el charco de agua. Su día estaba arruinado.
Dos horas después, Sandra seguía en la oficina, secando páginas con toallas de papel y maldiciendo en voz baja.
—¿Alguien más va a necesitar un salvavidas o solo es mi imaginación? —preguntó una voz desde la puerta del cubículo.
Sandra levantó la vista. Julián estaba ahí, con el saco quitado y la corbata aflojada. Al ver el desastre, su sonrisa desapareció.
—¿Qué pasó aquí, Sandra?
—Valeria Montes tuvo un episodio de falta de coordinación motriz —explicó Sandra, suspirando y dejando caer la toalla de papel mojada—. Tiró agua sobre los expedientes de la fusión. Me está tomando tres horas volver a organizarlos.
Julián miró los papeles, luego miró a Sandra. Sus ojos color miel se oscurecieron, y su mandíbula se tensó con una dureza que Sandra nunca le había visto.
—¿Te tiró el agua... a propósito?
—Oh, no, para nada —se apresuró a decir Sandra, completamente ciega a la realidad—. Valeria está muy estresada. Seguro vio un reflejo en el vaso y se mareó. No te preocupes, ya casi termino.
Julián la miró con una mezcla de incredulidad y ternura. Era increíblemente inteligente en el tribunal, pero en la vida cotidiana, Sandra era un desastre de ingenuidad.
—Sandra, deja eso —dijo él, con un tono que no admitía discusión.
—Pero la reunión es mañana...
—Yo me encargo de imprimirlos y encuadernarlos en el centro de copias del sótano. Tú ve a casa —Julián revisó su reloj—. Son las siete. Llevas aquí desde las ocho de la mañana. Ve a casa, date un baño y olvida que Valeria Montes existe.
—Julián, no puedo dejarte haciendo mi trabajo...
—No es tu trabajo, es el trabajo del equipo. Y yo soy el supervisor. Vete, Sandra. Es una orden.
Sandra sonrió, rendida.
—Eres el mejor jefe del mundo, García. Mañana te traigo café de verdad.
Cuando Sandra se fue, Julián no fue al centro de copias de inmediato. Caminó directamente hacia el cubículo de Valeria, que estaba empacando su bolso, feliz de haber dejado el trabajo a medias. Julián se apoyó en la pared, cruzándose de brazos. Su presencia llenó el pequeño espacio, y por primera vez, Valeria pareció intimidada.
—Montes —dijo Julián, su voz baja y peligrosa—. Mañana a primera hora, quiero que vayas a la oficina del licenciado Galvis. Le vas a pedir que te reasigne a otro departamento.
Valeria palideció.
—Julián, yo... no entiendo...
—Entiendes perfectamente —la interrumpió él, sus ojos fríos como el hielo—. Si vuelvo a saber que le has hecho la vida imposible a Sandra Bautista, o que has hecho un comentario sobre su persona, no solo te voy a despedir yo mismo. Te voy a asegurar que ningún bufete en esta ciudad te contrate ni para sacar copias. ¿Quedó claro?
Valeria tragó saliva, asintiendo rápidamente, con los ojos llenos de lágrimas de rabia. Julián se dio la vuelta y caminó hacia el centro de copias, satisfecho.
Cuando Sandra llegó al departamento en la colonia Roma, estaba exhausta. Abrió la puerta y se quitó los tacones con un gemido de alivio. El departamento olía a té de manzanilla y a limón.
Diego estaba en la sala, sentado en el sofá con su laptop, pero cerró la pantalla en el momento en que la vio.
—Tienes cara de que quieres asesinar a alguien y esconder el cuerpo —dijo él, poniéndose de pie.
—Peor —gimió Sandra, dejándose caer en el sofá y hundiendo la cara en un cojín—. Valeria Montes tiró agua sobre mis expedientes a propósito. Tuve que quedarme hasta las siete reimprimiendo todo. Julián tuvo que terminar de imprimirlos para que yo me fuera.
Diego se sentó a su lado. Al escuchar el nombre de Julián, su mandíbula se tensó, pero al ver el estado de Sandra, su instinto de cuidado ganó la batalla.
—Esa mujer es una víbora —dijo Diego, comenzando a masajearle los hombros con sus manos grandes y cálidas—. Te lo dije. La gente que bebe café en tazas de porcelana fina en la oficina siempre es psicópata.
—Lo peor es que creo que me tiene envidia profesional —murmuró Sandra contra el cojín, completamente equivocada—. Soy muy buena analizando contratos y ella lo sabe.
Diego rodó los ojos\, aunque Sandra no podía verlo. *Envidia profesional*\, pensó él\, sintiendo una punzada de frustración. La mujer no se daba cuenta de que la "envidia" de Valeria era porque Julián García le llevaba *croissants* y la miraba como si fuera la única mujer en el mundo. Pero Diego no iba a ser quien se lo dijera. No podía verla tan cansada; le partía el corazón.
—Bueno, tu envidiosa no sabe con quién se metió —dijo Diego, levantándola suavemente del sofá—. Ven. Te preparé un baño de sales. Y hay pizza caliente en la mesa.
Sandra lo miró, con los ojos brillando de gratitud.
—Diego Sosa, si fueras una mujer, me casaría contigo ahora mismo.
Diego sintió que el corazón le daba un vuelco violento, pero soltó una carcajada para disimular.
—Lo sé, abogada. Soy un partido increíble. Pero por ahora, conformate con la pizza y el baño.
Mientras Sandra se iba hacia el baño, Diego se quedó en la sala. Escuchó el agua de la ducha abrirse al otro lado de la pared. Se dejó caer en el sofá, pasando una mano por su cabello.
Julián García podía salvarla de las víboras de la oficina\, pensó Diego con una mueca. Podía imprimir sus expedientes y darle *croissants*. Pero al final del día\, cuando el maquillaje se corría y los tacones lastimaban\, era él\, Diego\, quien estaba ahí para curarle las picaduras. Julián tenía el título de supervisor\, pero Diego tenía las llaves de su casa. Y mientras él siguiera preparándole baños de sales y guardándole el mejor trozo de pizza\, no había nada que temer.