Morí por trabajar demasiado y desperté como la villana de una novela. Mi esposo está en coma, mi hijo me odia y estamos a punto de quedarnos sin dinero. Conociendo el trágico futuro que nos espera, decidí cambiarlo todo. Esta vez cuidaré de mi familia, protegeré a mi esposo y le daré a mi hijo el amor que nunca recibió. Aunque... parece que ambos creen que me volví completamente loca. ✨💕📖
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algo empieza a florecer
Después de unos minutos, la mesa quedó completamente servida.
Había arroz recién hecho, sopa, carne salteada, verduras y varios acompañamientos que llenaban la casa con un aroma delicioso.
Lucas observaba todo con los ojos muy abiertos.
Parecía no creer lo que tenía delante.
—Mamá... —preguntó casi en un susurro—. ¿Todo esto... es para nosotros?
Valeria sonrió mientras le acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Claro que sí.
Le guiñó un ojo.
—Hoy mi hijo comerá hasta quedar lleno.
Lucas bajó la mirada.
Todavía le costaba creerlo.
Valeria tomó un poco de comida con los palillos y la acercó a su boca.
—Abre.
El niño obedeció.
Al probar el primer bocado, sus ojos comenzaron a brillar.
—¿Está rico?
Lucas asintió con entusiasmo.
—¡Muy rico, mami!
Aquella palabra hizo que el corazón de Valeria se estremeciera.
"Mami..."
No pudo contener la sonrisa.
—Ay... qué suerte tengo de poder ver esa sonrisa tan hermosa.
Lucas se sonrojó y siguió comiendo.
Por primera vez en muchos años, la mesa no estaba llena de silencio.
Había risas.
Había conversación.
Había una familia.
Desde la cama, Sebastián escuchaba todo en silencio.
De pronto...
Un pequeño murmullo escapó de sus labios.
—Mmm...
Valeria giró de inmediato.
—¿Sebastián?
Pero él volvió a quedarse completamente inmóvil.
Lucas también lo miró.
Después volvió la vista hacia su madre.
—Mami...
—¿Sí?
—¿Crees que papá despertará algún día?
Valeria sonrió con dulzura.
Miró a Sebastián durante unos segundos antes de responder.
—Claro que sí.
Volvió a mirar a Lucas.
—Y cuando despierte... volveremos a ser una familia completa.
El niño sonrió con ilusión.
—Me gustaría mucho...
Las horas pasaron tranquilamente.
Después de cenar, Lucas terminó viendo televisión en el sofá.
Poco a poco el sueño comenzó a vencerlo.
Su cabecita cayó hacia un lado.
Y terminó profundamente dormido.
Valeria soltó una pequeña risa.
—Ni siquiera alcanzó a terminar el programa.
Tomó una manta y lo cubrió con mucho cuidado.
Luego le dio un suave beso en la frente.
—Dulces sueños, mi campeón.
Después regresó junto a Sebastián.
Empujó lentamente la silla de ruedas hasta el jardín.
La brisa nocturna era fresca.
Las estrellas iluminaban el cielo.
Valeria se sentó sobre el césped.
Durante unos segundos ninguno habló.
Solo contemplaban la inmensidad del cielo.
Entonces Sebastián rompió el silencio.
"¿Por qué me trajiste hasta aquí?"
Ella entrelazó sus dedos con los de él.
—No quería mirar las estrellas sola.
"Sigues siendo una mujer muy rara."
Valeria soltó una pequeña risa.
—Tal vez.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Esta vez fue ella quien habló.
—Sebastián...
"¿Qué ocurre?"
Su voz sonó mucho más baja.
—¿Crees que podremos salir adelante?
Él permaneció en silencio.
"¿Por qué preguntas eso?"
Valeria bajó la mirada.
—Porque tengo miedo...
Apretó suavemente la mano de Sebastián.
—Cuando despiertes...
Su voz tembló.
—Tal vez quieras irte.
El corazón de Sebastián dio un vuelco.
"¿Irme?"
Ella asintió lentamente.
—Lo entendería.
Sonrió con tristeza.
—Después de todo... la antigua Valeria nunca te quiso.
Respiró profundamente.
—Pero yo...
Levantó lentamente la mirada.
Sus ojos brillaban bajo la luz de la luna.
—No quiero perderte.
Aquellas palabras atravesaron el corazón de Sebastián.
Durante siete años había escuchado su voz todos los días.
Había escuchado sus bromas.
Sus discusiones.
Sus tonterías.
Pero nunca...
Nunca algo tan sincero.
El silencio volvió a envolverlos.
Y entonces...
Sus párpados comenzaron a temblar.
Lentamente...
Muy lentamente...
Sus ojos se abrieron.
Lo primero que vio fue el cielo.
Después las estrellas.
Y finalmente...
A Valeria.
Ella seguía mirando el firmamento, sin darse cuenta.
Sebastián no podía apartar la vista de ella.
Era la primera vez en siete años que volvía a verla.
Pero sentía que estaba frente a una mujer completamente diferente.
Levantó lentamente una mano.
Con delicadeza...
La colocó detrás de la cabeza de Valeria.
Ella sintió el contacto y giró sorprendida.
Sus miradas se encontraron.
Los ojos marrones de Sebastián estaban abiertos.
Llenos de vida.
—¿...Sebastián?
Las lágrimas comenzaron a llenar los ojos de Valeria.
—Despertaste...
Él no respondió.
Solo sonrió muy ligeramente.
Después la acercó un poco más.
Las respiraciones de ambos comenzaron a mezclarse.
Valeria estaba completamente inmóvil.
Podía escuchar los latidos acelerados de su propio corazón.
—S-Sebastián...
Sin decir una sola palabra...
Él unió lentamente sus labios con los de ella.
Fue un beso corto.
Suave.
Torpe.
Pero tan cálido que el tiempo pareció detenerse.
Cuando se separaron...
Valeria seguía completamente roja.
Llevó una mano hasta sus labios.
—¿M-Me besaste...?
Sebastián sonrió apenas.
Como si toda la fuerza que le quedaba se hubiera ido en ese pequeño gesto.
Sus ojos comenzaron a cerrarse otra vez.
—No...
Murmuró Valeria.
—No... espera...
El cuerpo de Sebastián perdió nuevamente la fuerza.
Y volvió a quedar profundamente dormido.
Valeria lo sostuvo con rapidez.
—¡No, no, no! ¡No vuelvas a entrar en coma!
No obtuvo respuesta.
Él había vuelto a caer en un profundo sueño.
Valeria permaneció varios segundos completamente inmóvil.
Después tocó sus labios otra vez.
Y una enorme sonrisa apareció en su rostro.
—...Mi esposo me besó.
Sus mejillas se pusieron completamente rojas.
—¡Ay, Dios mío!
Escondió el rostro entre las manos.
Se quedó sonriendo como una adolescente enamorada bajo el cielo lleno de estrellas.
Toda la semana transcurrió igual o al menos, para Valeria.
Porque desde aquella noche...Vivía completamente distraída.
Cada vez que recordaba el beso, una sonrisa aparecía sola en su rostro.
Mientras regaba las verduras...
Sonreía.
Mientras cocinaba...
Sonreía.
Mientras barría la casa...
Volvía a sonreír.
Incluso cuando miraba a Sebastián dormido.
—Je...
Sus mejillas se teñían de rojo una y otra vez.
—Me besó...
Entonces escondía la cara entre las manos.
—¡Ay, qué vergüenza!
Sebastián, por supuesto, seguía profundamente dormido.
Como si nada hubiera ocurrido.
Aquella mañana...
Lucas entró corriendo a la cocina.
—¡Mami!
Valeria no respondió.
Seguía removiendo una olla, pero tenía la mirada perdida.
Una sonrisa tonta adornaba su rostro.
—Mami...
Nada.
—¡MAMÁ!
—¡¿Eh?!
Valeria dio un pequeño salto.
Miró a Lucas completamente avergonzada.
—Perdón, cielo.
Se rascó la nuca.
—Tu mamá estaba... pensando.
Lucas entrecerró los ojos.
—¿En papá?
Ella tosió para disimular.
—¿Q-Qué te hace pensar eso?
El niño cruzó los brazos.
—Desde hace una semana sonríes sola.
Valeria sintió que el rostro le ardía.
—No sonrío sola.
—Sí, sí sonríes.
—No.
—Sí.
—No.
Lucas soltó un largo suspiro.
—Papá te hizo algo.
Valeria tragó saliva.
—¿Qué... qué podría haberme hecho?
El niño la observó fijamente.
Después respondió con toda la inocencia del mundo.
—Seguro te besó.
Valeria abrió los ojos como platos.
—¡¿CÓMO SABES ESO?!
Lucas parpadeó.
—¿Sí te besó?
Valeria comprendió demasiado tarde que había caído en la trampa.
Se llevó ambas manos al rostro.
—¡Ay, no!
Lucas comenzó a reír.
Era una risa limpia.
Inocente.
Valeria lo señaló con un dedo.
—Pequeño tramposo...
Él siguió riendo.
—Mami está enamorada.
—¡No digas esas cosas!
Lucas ladeó la cabeza.
—Entonces... ¿no te gustó?
Valeria permaneció completamente roja.
Después sonrió bajito.
—...Sí me gustó.
Lucas hizo una mueca.
—Qué asco.
Ella soltó una carcajada.
Se acercó y le revolvió el cabello.
—Cuando seas grande lo entenderás.
—Prefiero no entenderlo.
Un rato después...
Lucas permanecía de pie frente a su madre.
Jugaba nerviosamente con los dedos.
—Mami...
—¿Sí, cielo?
—¿Podrías... comprarme ropa nueva?
Valeria sonrió de inmediato.
—Claro.
El niño bajó la mirada.
—Es que...
Miró la ropa que llevaba puesta.
La tela estaba desgastada.
Los pantalones ya le quedaban cortos.
Y la camisa tenía varios remiendos.
—Creo que ya me queda pequeña...
Valeria sintió un pinchazo en el corazón.
¿Cómo no lo había notado antes?
Tomó la mano del pequeño.
—Vamos.
Subieron juntos a la habitación.
Valeria abrió lentamente el viejo armario de Lucas.
Al verlo...
Se quedó completamente inmóvil.
Solo había unas cuantas prendas.
Todas viejas.
Descoloridas.
Algunas incluso tenían agujeros.
Los zapatos estaban tan gastados que apenas conservaban la forma.
Valeria llevó una mano hasta su boca.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—No puede ser...
Lucas agachó la cabeza.
—Mamá...
Ella sacó una pequeña camiseta.
Era tan corta que apenas llegaría al pecho del niño.
Después tomó un pantalón.
También le quedaba pequeño.
Revisó una caja de juguetes.
La mayoría estaban rotos.
Faltaban piezas.
Las ruedas de un carrito ya no existían.
Un oso de peluche tenía un brazo descosido.
Valeria sintió que el corazón se le hacía pedazos.
Se giró hacia Lucas.
Él sonreía con timidez.
—No te preocupes...
—Estoy bien.
Valeria negó con la cabeza.
Se arrodilló frente a él.
Tomó sus pequeñas manos entre las suyas.
—Escúchame muy bien.
Lucas levantó la vista.
—Tú eres mi hijo.
Le acarició la mejilla.
—Y mereces lo mejor.
Los ojos del pequeño comenzaron a llenarse de lágrimas.
—No necesito tanto...
Ella sonrió con ternura.
—Sí lo necesitas.
Lo abrazó con fuerza.
—Mi príncipe merece ropa bonita.
—Merece juguetes.
—Merece una cama cómoda.
—Y merece una mamá que nunca vuelva a hacerlo sentir menos.
Lucas escondió el rostro en su hombro.
Poco a poco...
Correspondió el abrazo.
Por primera vez.
Fue él quien abrazó a Valeria por iniciativa propia.
Y ella sintió que aquel pequeño gesto valía mucho más que todo el dinero que habían ganado con la cosecha.
Mientras tanto...
Desde la cama...
Sebastián seguía profundamente dormido.
Pero, en el fondo de su corazón...
Algo cálido comenzaba a florecer.