Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.
NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La Ruptura del Juramento de Oro
La niebla que subía del río del Destino cubría el bastión de las Mazmorras del Cenit como una mortaja de vapor frío. Eran las tres de la madrugada, la hora en que el sol diurno se hallaba en su punto más distante bajo el horizonte y el flujo de la magia solar de los guardias se reducía a su nivel más bajo de la jornada.
Vespera von Haze caminaba por las galerías inferiores de piedra negra. Llevaba su armadura reglamentaria completa, pero debajo de la coraza de oro no palpitaba el orgullo del imperio, sino una tensión agónica que amenazaba con hacer estallar sus arterias. En su mano derecha sostenía un salvoconducto con el sello de cera negra del tribunal de emergencia; un documento que ella misma había falsificado en sus aposentos dos horas antes.
A su paso, los antorcheros de cuarzo emitían un chispazo ahogado. Los centinelas de la guardia baja se cuadran al verla pasar, pero Vespera notaba una rigidez inusual en sus posturas. La paranoia alimentada por el Inquisidor Arcadius había echado raíces en la fortaleza.
Al llegar a la reja de la Celda del Silencio, donde yacían los tres rebeldes de Oakhaven, se detuvo.
—Abran la reja —ordenó Vespera con voz grave, manteniendo la barbilla alzada y los ojos clavados en el sargento de guardia.
El sargento, un hombre veterano de barba encanecida y coraza muescada, titubeó. Llevó la mano al manojo de llaves de hierro frío.
—Lady Vespera... el Gran Inquisidor Arcadius dio instrucciones estrictas de no trasladar a los reos de Oakhaven hasta el amanecer, cuando se reúna el tribunal extraordinario.
—Arcadius me concedió cuarenta y ocho horas para la extracción de información, sargento —interrumpió Vespera con un tono helado que hizo retroceder al hombre un paso—. El interrogatorio se trasladará a la sala de tormento psiónico de la torre norte de forma inmediata. Si prefiere discutir con el Gran Inquisidor sobre la jerarquía de mando antes de que ejecute la orden, lo invito a acompañarme al estrado ahora mismo.
El sargento tragó saliva, intimidad por la reputación legendaria de la Inquisidora Suprema. Sin pronunciar una palabra más, introdujo la llave de tres dientes en la cerradura. El mecanismo metálico resonó en la galería como un disparo.
La pesada reja de hierro se abrió. En el interior de la celda de piedra húmeda, los tres jóvenes campesinos alzaron los ojos, cegados por la luz del farol de Vespera. Estaban encadenados por las muñecas a anillos fijados en la pared.
Vespera entró a la celda. Desenvainó una daga corta de su cinturón y, antes de que el sargento pudiera reaccionar, cortó las cadenas de hierro frío utilizando una rápida ráfaga de luz solar concentrada en el filo. Los eslabones cayeron al suelo con un tintineo sordo.
—¿Qué... qué hace, mi Señora? —exclamó el sargento, echando la mano al pomo de su espada.
Vespera se giró con la velocidad de una sombra. En lugar de atravesar al hombre con su estoque, le propinó un golpe seco con el pomo de la daga directamente en la yugular. El sargento soltó un ahogado jadeo y cayó al suelo, inconsciente.
Los tres rebeldes miraron a la Inquisidora Suprema con absoluto pavor, esperando ser ejecutados allí mismo.
—Si quieren vivir, cállense y síganme —susurró Vespera, entregando al más alto de los tres la espada del guardia desmayado—. Klen los espera en el canal de desagüe del sector oeste.
Los hombres abrieron los ojos de par en par al escuchar el nombre de su líder. Asintieron en silencio, frotándose las muñecas amoratadas.
Sin embargo, cuando el grupo salió de la celda y avanzó hacia la galería principal, las antorchas de cuarzo del pasillo se apagaron de golpe, sumiendo el corredor en una penumbra roja producida únicamente por las runas de alarma del techo.
Al final de la galería, recortado contra la luz distante de la escalera central, el Gran Inquisidor Arcadius aguardaba. Detrás de él, dos docenas de ejecutores de élite con capas negras y lanzas de plasma solar bloqueaban la salida.
—Un espectáculo lamentable, Vespera —dijo Arcadius. Su voz anciana y rasposa resonó con un eco siniestro en la bóveda de piedra—. La Gran Inquisidora Suprema, la espada de luz del Emperador, reducida a una vulgar rata traidora por el amor de un paria sin magia.
Vespera colocó a los tres rebeldes detrás de su espalda y desenvainó su estoque alquímico. La hoja se encendió de inmediato con un brillo blanco tan intenso que iluminó los rostros fanatizados de los ejecutores.
—Sabías que vendría —murmuró Vespera, apretando las mandíbulas.
—Llevo días observándote, muchacha —respondió Arcadius, alzando un cetro de oro coronado por un cristal solar puro—. Desde que regresaste de Oakhaven hueles a la ceniza de los rebeldes. Pensaste que podías engañar al tribunal con falsos tecnicismos procesales, pero la luz del Sol no admite sombras en su templo. Tu destino termina en esta galería.
—¡Atrás! —ordenó Vespera a los tres campesinos—. Cuando la barrera caiga, corran hacia la puerta del canal. No se detengan por nada.
—¿Y usted, Lady Vespera? —preguntó uno de los jóvenes.
—Yo ya no soy Lady Vespera —respondió ella.
En un estallido de velocidad y poder, Vespera se abalanzó contra la línea de ejecutores. Su estoque cortó el aire como un látigo de fuego blanco. El primer lanzador cayó con la coraza atravesada por una estocada precisa que destruyó el núcleo de su magia sin matarlo. La Inquisidora renegada se movía con la gracia letal de quien había sido entrenada durante quince años para ser el instrumento definitivo de la corona, pero ahora usaba cada estocada para romper las cadenas que la ataban a esa misma corona.
—¡Fuego solar concentrado! ¡No dejen que se acerque! —gritó Arcadius, alzando su cetro.
Una lluvia de proyectiles de plasma brillante voló hacia Vespera. La mujer alzó su mano izquierda y creó un escudo de luz solidificada, curvado y denso, que absorbió el impacto de los disparos en un espectáculo de chispas y estruendos térmicos. El calor dentro de la galería se volvió insoportable, pero Vespera no cedió un solo metro.
Aprovechando la brecha en la formación de los guardias creada por el choque mágico, los tres campesinos corrieron hacia el pasaje lateral que conducía al canal de desagüe. Uno de los ejecutores intentó ensartar a uno de los prisioneros con su lanza, pero Vespera lanzó su daga de combate con una precisión milimétrica, clavándose en la articulación del hombro del guardia y desviando el ataque.
—¡Maldita seas, traidora! —rugió Arcadius, canalizando una onda de calor directo desde su cetro que impactó en el escudo de Vespera.
El escudo se resquebrajó con un sonido similar al cristal al romperse. Vespera fue arrojada de espaldas contra la muralla de piedra, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones. La tela de su túnica carmesí estaba chamuscada en las hombreras y la coraza de oro presentaba grietas incandescentes.
Arcadius avanzó despacio, con una sonrisa despiadada en sus labios secos.
—Entrega tu arma, Vespera. Quizás el Emperador sea piadoso y te conceda una decapitación limpia en lugar de la pira pública.
Vespera se puso de pie con lentitud, apoyándose en la pared. Se limpió un hilo de sangre que corría por la comisura de sus labios con el dorso de la mano. Miró la insignia de la Inquisición en su pecho: el sol naciente forjado en platino.
Llevó sus dedos a la cadena del distintivo, la arrancó de un tirón seco y la arrojó a los pies del anciano inquisidor.
—Dile a Solarius IV que se quede con su imperio de cenizas —dijo Vespera con una serenidad estremecedora.
En ese instante, una explosión ensordecedora sacudió la muralla oeste de la galería. Rocas de dos toneladas salieron despedidas hacia el interior mientras una densa cortina de humo y hollín cubría el lugar. De la brecha en la pared irrumpió una figura gigantesca armando una guadaña de hierro reforzado que cortó el aire con la fuerza de un alud.
Klen.
El líder rebelde no llevaba armadura ni magias deslumbrantes; solo la fuerza bruta de un hombre de la tierra y la furia de defender a la mujer que amaba. Con un solo barrido de su guadaña, desarmó a tres ejecutores a la vez, arrojándolos contra el suelo con la chapa de sus petos abollada.
—¡Llegas tarde! —gritó Vespera, esquivando un proyectil de plasma y corriendo hacia él.
—El canal de desagüe tenía más cerrojos de los que prometieron tus mapas —respondió Klen con una sonrisa de medio lado, extendiéndole la mano.
Vespera sujetó la mano grande y sólida del campesino. Klen la atrajo hacia sí y, lanzando una bomba de humo negro mezclado con polvo de azufre alquímico, bloqueó la visión de los guardias supervivientes y de un Arcadius que tosía de forma incontrolable mientras lanzaba estocadas ciegas de fuego al aire.
Cuando el humo se disipó diez minutos más tarde, la galería estaba vacía. En el suelo, junto a las piedras rotas, solo quedaba el collar de la Inquisidora Suprema pisoteado en el barro.