Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.
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T3 Capítulo 15 - Visiones y secretos
Adam contempló el contenido del maletín y negó con la cabeza, abrumado por la magnitud del obsequio.
—Abuela, no puedo aceptar esto —dijo, cerrando la tapa con firmeza—. Es demasiado para nosotros. Te lo agradezco, pero tengo que devolvértelo.
Clara dio un paso atrás, cruzando los brazos con una sonrisa severa.
—¿Por qué no habrías de aceptarlo? Es mi regalo de bodas para ustedes.
—Porque es una fortuna, abuela. No es correcto.
—No voy a recibir ese maletín de vuelta, Adam —sentenció la anciana, con un tono que no admitía réplicas—. No seas terco, hijo. Vas a necesitar ese dinero, sobre todo para darle la vida que se merece tu esposa humana... aunque dentro de unos meses deje de serlo.
Adam se quedó helado. Las últimas palabras de su abuela resonaron en la cabaña como un eco fantasmal. La miró fijamente, con los ojos abiertos por la sorpresa.
—¿Viste eso en una de tus visiones? —preguntó, con la voz un tanto quebrada.
—Sí —asentió Clara, con un deje de preocupación en la mirada—. Y por favor, no me preguntes cómo se transformará, porque todavía no lo sé. Estoy tratando de descifrarlo.
La angustia comenzó a apoderarse de Adam. Dio un paso hacia ella, buscando respuestas desesperadamente.
—¿Cómo fue exactamente? ¿Qué fue lo que viste de Bibi?
—La vi corriendo a una velocidad sobrehumana por el bosque —relató Clara, perdida en el recuerdo de sus propias imágenes mentales—. Su belleza resaltaba aún más bajo las sombras de los árboles. De un momento a otro, se detuvo en seco y...
—¿Y qué más, abuela? —la presionó él, con el corazón acelerado.
—Ahí terminó la visión. No pude ver nada más.
Adam desvió la mirada, pasando una mano por su cabello, abrumado por el peso del destino.
—Ojalá que eso nunca ocurra. Yo no quiero convertirla.
—Eso va a ocurrir, te guste o no, Adam —sentenció la anciana con suavidad, tocándole el hombro—. El destino ya está en marcha. Pero volviendo al tema principal: acepta ese dinero y vete de aquí con tu esposa de una vez.
Al darse cuenta de que no ganaría esa discusión, Adam suspiró y tomó el maletín.
—Está bien, abuela. Lo voy a aceptar. Gracias por este regalo y por protegernos —dijo, envolviéndola en un cálido y sincero abrazo.
—De nada, mi vida —susurró ella, correspondiendo el gesto con ternura.
—Me tengo que ir, Bibi me espera —anunció Adam, separándose.
—¡Espera, hijo! Casi lo olvido —lo detuvo Clara, apresurándose a tomar los frascos de vidrio de la mesa—. No olvides llevarte las fórmulas para ocultarte del sol. Las vas a necesitar en Finlandia.
—Es verdad, lo estaba olvidando —admitió él con una media sonrisa, guardando los frascos con cuidado—. Gracias de nuevo, abuela. Adiós.
—Adiós, hijo. Cuídate mucho.
En un parpadeo, Adam utilizó su velocidad sobrenatural y desapareció de la cabaña, convirtiéndose en una ráfaga que se perdió en la nieve de Alaska.
Clara se quedó contemplando la puerta abierta por unos segundos. De repente, una expresión de ligera culpa cruzó por su rostro anciano y suspiró para sí misma.
—Olvidé decirle que esas fórmulas no solo lo ocultan del sol... también reviven algunas partes de su cuerpo por unas horas —murmuró en la soledad de la cabaña, mirando hacia el horizonte.
La imponente sala de la Mansión Soler se sentía más fría que de costumbre, pero el ambiente se encendió en cuanto las palabras salieron de la boca del patriarca. Estela se llevó una mano al pecho, con los ojos brillando por una emoción contenida.
—¿De verdad permitiste que nuestro hijo se fuera con su esposa sin obligarlo a convertirla? —preguntó, queriendo creer que el corazón de su esposo se había ablandado por una vez.
Marcelo la miró desde su sillón, manteniendo una postura rígida e imperturbable. Soltó un suspiro seco.
—Sí... pero no te emociones tanto, Estela.
La sonrisa de la mujer se desvaneció de inmediato, reemplazada por una sombra de duda.
—¿Por qué lo dices?
—Porque le di un plazo estricto de seis meses para que la convierta —reveló Marcelo, clavando su mirada gélida en ella—. Y sí tu hijo no cumple con su parte del trato en ese tiempo... me voy a desquitar con toda la familia humana de esa muchacha. No tendré piedad.
Estela retrocedió un paso, horrorizada por la crueldad de sus palabras. Su expresión cambió por completo, y una ira profunda encendió su mirada mientras lo confrontaba.
—No puedo creerlo, Marcelo... —susurró, con la voz temblando de indignación—. Siempre tienes que llevar todo al extremo.
—No me mires así —replicó él, levantándose con lentitud, imponiendo su presencia en la habitación—. Solo quiero que él cumpla con las reglas vampíricas como nos corresponde a todos. Además, considero que le di un plazo bastante largo. Solo espero que de ahora en adelante haga las cosas bien y no me obligue a actuar
En la planta alta de la mansión, Bibiana caminaba de un lado a otro en su habitación, mirando el equipaje listo junto a la puerta con evidente impaciencia.
—Ya está todo listo... —murmuró para sí misma, mirando hacia la ventana—. ¿Por qué se estará tardando tanto Adam?
—Ya estoy aquí, Bibi —anunció una voz suave a sus espaldas.
Bibiana se giró de golpe y una enorme sonrisa iluminó su rostro al verlo. Se acercó rápidamente y rodeó su cuello con los brazos, dándole un tierno beso de bienvenida.
—Mi amor, ¿por qué tardaste tanto? Me tenías preocupada.
—Me estaba despidiendo de mi abuela en su cabaña —explicó Adam, acariciándole la mejilla con ternura mientras dejaba el maletín de cuero en el suelo—. ¿Ya tienes todo listo para irnos?
—Sí, completamente —asintió ella, contagiada por su entusiasmo—. ¿Y tú?
—Yo también, mi vida. Es hora de dejar este lugar —respondió él con la mirada encendida de esperanza.
Sin perder un segundo más, Adam tomó las maletas con una mano y sujetó con fuerza la mano de Bibiana con la otra. Juntos cruzaron el umbral, bajaron las escaleras a toda prisa y salieron de la imponente Mansión Soler, dejando atrás el aire asfixiante que casi destruye su amor.
Mientras tanto, en el despacho principal, uno de los hombres de confianza de la familia observaba la huida a través del gran ventanal antes de girarse hacia su líder.
—Señor, su hijo se acaba de marchar de la propiedad junto a su esposa. Llevaban maletas con ellos —informó el vampiro, esperando órdenes—. ¿Quiere que los sigamos y mantengamos la vigilancia sobre ellos en Finlandia?
Marcelo, con la mirada fija en el tablero de ajedrez de su escritorio, guardó silencio unos segundos antes de responder con una voz extrañamente tranquila.
—Esta vez no. Voy a darle un voto de confianza a mi hijo... Ojalá no lo eche a perder, porque las consecuencias serán fatales.