Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.
Hasta que choca con él.
Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.
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Un encuentro en la calle gris
La tarde se había teñido de un gris plomizo que pesaba sobre la ciudad como un manto de lana vieja. Las nubes, bajas y espesas, parecían descansar sobre los tejados, difuminando los contornos de los edificios y envolviendo todo en una luz tenue y melancólica. Lucy apresuraba el paso, con los libros de la universidad apretados contra el pecho y el cuello del abrigo subido hasta las orejas para protegerse del viento frío que empezaba a soplar, arrastrando consigo el olor a tierra mojada y hojas secas. Era el mismo camino de todos los días, la misma rutina que recorría desde hacía tres años: la avenida principal, con sus escaparates que ya conocía de memoria; el cruce con la librería antigua, donde siempre se detenía un instante a mirar los volúmenes en el escaparate aunque nunca entrara; y al final, la calle de los árboles que ya perdían sus hojas de otoño, dejando desnudas sus ramas contra el cielo opaco. Todo era igual siempre. Nada fuera de lo común, nada que hiciera prever que ese día todo cambiaría.
Iba distraída, pensando en el examen que tenía a la semana siguiente, repasando mentalmente fechas y nombres que se le mezclaban entre sí, cuando una figura apareció de la nada frente a ella, como si hubiera brotado de la niebla misma. No tuvo tiempo de frenar, ni de dar un paso hacia un lado, ni siquiera de abrir la boca para advertirle. Chocaron con fuerza, y sus libros salieron volando por el aire, girando en la lluvia como pájaros asustados, para caer esparcidos por la acera mojada que acababa de empezar a oscurecerse.
—¡Lo siento! —exclamó Lucy al mismo tiempo que una voz profunda y suave decía lo mismo en un tono que le provocó un escalofrío extraño, no de frío, sino de algo que no pudo identificar: una mezcla de calma absoluta y una inquietud que le llegó hasta los huesos.
Se agacharon ambos al mismo tiempo, casi en sincronía, para recoger los libros empapados. Y fue cuando sus manos se rozaron al alcanzar el mismo ejemplar —el más grueso, con la cubierta azul oscuro ya manchada por el agua— que Lucy lo miró de verdad, dejando de ver solo un bulto oscuro en su camino.
El chico tenía unos ojos de un color oscuro e intenso, casi negros, pero con destellos dorados que parecían guardar secretos de siglos, como si en su interior brillaran luces de ciudades que ya no existían. Su cabello era negro como la noche, peinado de manera que un mechón le caía sobre la frente, ocultando parcialmente una mirada que parecía ver más allá de lo evidente, como si pudiera leer no solo sus pensamientos, sino también su pasado y su futuro en el espacio de un parpadeo. Vestía un abrigo largo de color carbón, impecable, de una tela gruesa y suave que no se arrugaba ni con el movimiento, que contrastaba con la sencillez de la calle y la ropa desgastada de los transeúntes. Y en su mano izquierda, sostenido con firmeza pero sin apretarlo, llevaba un libro antiguo de cuero marrón, desgastado en las esquinas por el uso, cerrado con un cierre de latón que brillaba tenuemente a pesar de la penumbra, como si el metal tuviera luz propia.
—Está bien, yo también iba distraída —dijo Lucy, sintiendo que sus mejillas se calentaban bajo su mirada penetrante, a pesar del frío que le mordía las mejillas. No había nada hostil en él, ni en su postura ni en su expresión, pero sí una distancia, una reserva que lo hacía parecer un personaje salido de otra época, de otro mundo, alguien que no pertenecía a esa calle ruidosa ni a esa tarde cualquiera.
Él le entregó los libros uno por uno, con una lentitud deliberada que hizo que el corazón de Lucy se acelerara, y al dárselos esbozó una sonrisa apenas perceptible, una curva en los labios que no llegó en absoluto a sus ojos, esos ojos que seguían observándola como si estuviera descifrándola. Sus dedos eran largos y delgados, fríos al tacto cuando sus manos se volvieron a rozar al tomar ella la última pila de libros, y Lucy sintió esa frialdad no como algo desagradable, sino como algo puro, antiguo, inalterable.
—Wonho —dijo simplemente, como si su nombre fuera todo lo que ella necesitaba saber, y al mismo tiempo nada de lo que realmente importaba. Lo pronunció despacio, dejando que las sílabas flotaran en el aire húmedo, y a Lucy le pareció que el nombre le quedaba perfecto: suave pero firme, como él.
—Lucy —respondió ella, y el sonido de su propio nombre en sus oídos le pareció extraño, como si él ya lo supiera de antemano, como si lo hubiera estado esperando durante mucho tiempo. No hubo duda en su voz, ni pregunta, ni sorpresa. Solo la confirmación de algo que ya estaba escrito.
Por un instante que pudo ser un segundo o una eternidad, el ruido de la calle desapareció por completo. Los coches que pasaban, las voces de los transeúntes que se apresuraban a refugiarse, el viento entre los árboles… todo se apagó, convirtiéndose en un murmullo lejano, dejando solo la presencia de él frente a ella: un enigma de carne y hueso que había aparecido de la nada como si el destino lo hubiera empujado hacia su camino, para quedarse allí, quieto, mirándola, como si no quisiera marcharse pero supiera que aún no era el momento.
Wonho asintió con la cabeza, un gesto breve y contenido, y luego se giró para seguir caminando sin añadir una palabra más. Lucy se quedó de pie en la acera, los libros apretados de nuevo contra el pecho como si fueran un escudo, mirando cómo su figura se alejaba entre la gente, alta y elegante, perdiéndose poco a poco en la niebla que empezaba a cubrir la calle, borrando sus contornos hasta que se convirtió en una sombra más entre las sombras. Y aun así, tuvo la sensación de que él no se había ido del todo: que su presencia seguía ahí, suspendida en el aire frío, envolviéndola mucho después de que dejara de verlo.
Continuó su camino hacia casa despacio, sin prisa, con la mente dando vueltas a cada detalle de esos pocos minutos: el color de sus ojos, la calidez de su voz, la forma en que había pronunciado su nombre. Fue al llegar a su portal, al sacar las llaves del bolso y sentir que algo se deslizaba entre las páginas de uno de sus libros, cuando notó algo extraño. Algo que no estaba ahí antes del choque. Algo que no le pertenecía.
Subió las escaleras con el corazón golpeándole las costillas, entró en su habitación y dejó los libros sobre la cama con cuidado. Los separó uno por uno, y en el quinto, entre las páginas de un libro de historia que jamás había abierto en todo el semestre, apareció: una hoja de papel antiguo, grueso, de bordes irregulares y tono amarillento por el paso de los años, que no estaba allí cuando salió de casa esa mañana.
La sacó con manos temblorosas, como si temiera que se desvaneciera al tocarla. En ella, escrita con una caligrafía elegante y antigua, de trazos firmes y tinta oscura que parecía no haber perdido intensidad con el tiempo, había solo una frase:
"Algunos encuentros no son casualidad. Son el comienzo de una historia que ya estaba escrita".
Lucy miró hacia la ventana, hacia la calle donde se habían cruzado, aunque ya no podía verla desde allí. Pero en su mente lo veía con claridad: la figura de Wonho alejándose, la niebla cerrándose a su paso, y esa certeza profunda y misteriosa que le apretaba el pecho: su vida nunca volvería a ser la misma. Wonho había entrado en su mundo como un susurro en la noche, dejando más preguntas que respuestas, y la certeza absoluta de que volverían a encontrarse. No era una duda. Era una convicción.
Guardó el papel en la mesa de noche, bajo la almohada, y se quedó mirando el techo mucho después de que la ciudad se sumiera en el silencio. Algo había cambiado en ella también. Algo que no podía explicar, pero que desde ese instante sabía: ya no caminaría sola.